Rescatando la figura paterna

"Se puede ejercer el amor desde la crítica, y la crítica desde el amor"
 
Gonzalo Celorio, en entrevista con Miguel Angel Granados Chapa, para el programa Plaza Pública (23/05/2006) de Radio UNAM.
 
 
Este fin de semana me topé con la noticia de la súbita enfermedad de mi ex-suegro, que casi lo lleva a la tumba. Su relación ríspida con mi ex (Un mujerón, en toda la extensión de la palabra, sin lugar a dudas la mujer más influyente en mi vida hasta el día de hoy. A la que me costó 10 años descrifrar, y cuando lo logré, se me había escapado de las manos), su influencia en ella y por comparación la influencia de mi padre en mi mismo, es el motivo de mi siguiente blog.
 
Mi propia figura paterna. La otra cara de la luna. Alguna vez leí que las caricias son absolutamente necesarias para el desarrollo emocional de un infante. Si esto es cierto, doy gracias al cielo por la madre que me tocó. Empalagosa al extremo, no solo físicamente -tactile como llamarían por acá-, también sus halagos constantes moldearon lo que actualmente somos todos nosotros. Tanto nos dió, que en mi caso, mi auto estima es tan alta que a veces raya en la arrogancia, me lo ha dicho más de una persona francamente y sin tapujos.
 
Pero de quién se va a hablar aquí, y  pienso reivindicar es a mi papá. El otro 50% de mis genes. Sacarlo del ostracismo, del ninguneo, de la indeferencia, y definir su tremenda influencia en lo que hoy día soy.
 

Una tarde le pregunté a mi mamá porqué se había enamorado de mi papá. Alguna extraña fascinación debe haber ejercido un hombre maduro con 29 años encima en una inexperimentada jovencita de escasos 16 años de edad. Mi mamá es de esas personas con fijaciones difíciles de erradicar una vez que sientan sus reales en la cabeza. Por ello, cuando ella se decidió no había marcha atrás; era él, no había otra opción posible: No existía plan B. Mi abuelita Concha (Analfabeta, pero con el sentido común más aguzado que he visto en este mundo), percibió eso mismo, y entendió que el hombre que tenía enfrente podía "hacer feliz" a su hija. Claro, contaba también que las respectivas familias se conocían mutuamente. De hecho, mis tías paternas eran compañeras de juego de mi madre. Fué a mi abuelo Pedro al que no le agradó mucho la idea del casamiento, pienso que en algún momento se sintió traicionado. Pero ya Pancho, mi hermano, estaba en camino, y no había solución alternativa en esa época, había que apechugar con el enlace; comenzar a la brevedad los preparativos de la boda.

 

Para que esa unión se diera, una decisión contraria a la voluntad de mi padre fué hecha. Mi papá, como muchos de los provincianos en México en esa época, estudiaba en la Facultad de Medicina de la UNAM. Según he escuchado las cuestiones económicas en la casa paterna se complicaron, y mi abuelo Pancho le exigió que le ayudara con la manutención de la familia. Jamás pude realmente entender a mi abuelo paterno. Es del tipo de hombrecitos que pueden arriesgar la salud en camas ajenas, más demasiado prudente para mi gusto en la toma de decisiones vitales. Lo cierto es que esa "sugerencia" selló el destino de mi padre, y en cierta manera potenció mi propia existencia.

 

En su familia nuclear mi papá siempre ha sido relacionado con el papel tradicional del primogénito, y al parecer esa percepción no le molesta en absoluto, antes bien la disfruta. Muchas veces se ve involucrado por motu propio o contra su voluntad cumpliendo promesas imposibles o difíciles de realizar. He aquí una de mis primeras lecciones que he aprendido de él. Sí, sí puedo ayudar y en la mayoría de los casos soy yo el que toma la iniciativa ofreciendo mi ayuda. Inconscientemente comparto esta característica con mi padre. Pero, por otra parte, al verme envuelto tantas veces en situaciones en las que dejo promesas incumplidas, al final me ha hecho ser más cauteloso en comprometer mi palabra. Si se pudiera resumir lo anterior sería algo como: "Ayuda pero con límites".

 

Este altruismo extremista de mi papá, aún en el trabajo, le ha acarreado no pocos disgustos con mi mamá. La queja perenne de ella es que suele considerar a los desconocidos por encima de la familia. Esto es especialmente cierto ahora que han encontrado un nicho de trabajo en la frontera Tamaulipeca. Más de una vez ha sido acusado por varios de nosotros de mal administrador en el negocio con tal de complacer a extraños o supuestos amigos. Más después de mucho reflexionarlo he llegado a coincidir con mi mamá en lo siguiente: Con excepción tal vez de Yoyo, cada uno de nosotros se le ha colgado de la espalda con una pesada carga económica. Basta recordar el cuentón en el Hospital de Monterrey cuando Rodolfito el hijo de Pancho falleció; la ocasión en que yo mismo me embarqué en la compra de una casa en Cuernavaca, o todo el apoyo que Ricardo recibió cuando decidió casarse recién terminados sus estudios y aún estudiar su especialidad en pediatría.

 

Sí, si hemos de ser justos, entonces otra de las lecciones que me ha dejado mi papá es el compromiso absoluto como figura paterna dentro de la familia. Como si fuera ayer puedo recordar que con una sola llamada telefónica a su oficina resolvía mis apremios para comprar útiles escolares; ya en secundaria no se me puede borrar de la mente su figura tecleando mis trabajos a máquina mientras yo dictaba o haciéndome mis dibujos técnicos, algo en lo que por cierto soy muy malo. Lo que jamás pudo encontrar, creo yo, es un justo balance entre la familia y el entregarse a resover la vida de los "otros".

 

Las largas horas sentados juntos realizando tareas escolares, aunque no me nutrían de esa relación íntima como la que experimenté con mi mamá después de terminar la carrera profesional y mientras cursaba mi especialidad; sí forjaron mi percepción de lo que es responsabilidad, algo que a Cecia a veces le costaba trabajo entender. Para mi papá, como en muchas la de las familias clasemedieras, los logros sólo se alcanzaban después de arduas jornadas de trabajo. Una especie de "No Pain No Gain" a la Mexicana.

 

Con el sentido de la responsabilidad en tan alta estima, me es imposible concebir como Diego su patrón pudo osar mentarle la madre. Algo que, por supuesto, mi papá jamás iba a tolerar y prefirió ser liquidado de la agencia aduanal, este suceso coincidió con los años de pesadilla de las recurrentes crisis económicas de finales de los 80s, en una atmósfera de inflación galopante.

 

Sin embargo, con esta heróica actitud mi padré me brindó dos de las lecciones más importantes en esta vida.  La primera de ellas se resume como: "La dignidad es innegociable". Esto es, por más que alguien necesite un trabajo para mantener a una familia, el orgullo propio es, con mucho, más valioso que unos cuantos pesos. Y la segunda de ellas es: "No importa la edad, una vida puede ser reiniciada de la nada". Esto mismo lo platicaba recientemente con Judith, mi amiga la feminista. No importan las adversidades; estoy profundamente convencido de que me puedo levantar de la ruina moral y económica, simple y sencillamente recordando a mi padre renunciar sin titubear un segundo a un cómodo trabajo, con tal de no negociar su dignidad, y comenzar de nuevo a partir de cero, sin ser ya un jovencito. Al final, el tiempo le dió la razón.

 

Pero no sólo lecciones prácticas como responsabilidad, dignidad, puntualidad, etc., recibí de mi padre. Por sobre todo, recuerdo un corazón inmenso. No puedo de ninguna manera quejarme de la falta de amor, cariño o muestras afectusas de mi padre. Por supuesto, los hombres hemos sido castrados de la capacidad para demostrar abiertamente sentimientos. Las maneras de abordar las cuestiones amorosas son muy diferentes a la parte femenina de mi madre; pero en ninguna manera demeritan el resultado final: la gran estabilidad emocional que me transmitió.

 

Todavía puedo traer frescos a la memoria los recuerdos de la alegre espera del retorno de mi papá después del trabajo. Esto plantea una gran diferencia con el desasosiego que según Cecia experimentaba justo antes de que su papá volviera a casa. Es difícil olvidar montarme a sus zapatos y rogarle a gritos que se moviera como una especie de robot. Su estatura me parecía en esa época inmensa; igual cuando en toscos juegos nos lanzaba al aire para atraparnos justo antes de la caída.

 

Fue una gran suerte para toda nuestra familia que mi papá trabajara en servicios aduanales. Todavía mis sentidos perciben varios de los sabores que muy difícilmente mis propios parientes cercanos o amigos de la infancia pudieron experimentar; los salados pistaches recién tostados en comal, el salami italiano, los charales y un sin número de delicias que siempre procuró llevar a casa de los barcos que atracaban en el puerto. No sólo eso, en nuestra casa habían cosas realmente extrañas como reglas metálicas, sofisticados juegos alemanes de geometría, vinos europeos, entre otras rarezas.

 

Raros eran a veces también sus gustos. Con pretensiones suedo-burguesas mi papá siempre se preocupó por viajar, conocer lugares desconocidos.  Por lo menos una vez al año, mientras se pudo, viajábamos por el interior de la República Mexicana. De nuevo, compartiendo lo que teníamos con los demás. Así, mi prima Ana Melba viajó con nosotros a Acapulco, but of course, cuando para llegar allá se hacían 6 horas en carretera desde la ciudad de México. Doris nos acompañó a Chiapas y mi primo Pepe a Michoacán, por mencionar sólo algunas de nuestras travesías. Y cuando era posible con frecuencia hacíamos viajes cortos, a las cercanías de Tampico, especialmente la zona de San Luis Potosí como: las cascadas de Agua Buena, Tamasopo y más lejos a las aguas termales de Gogorrón. Esta ansia de conocer el mundo es la que probablemente a veces me impulsa a hacer recorridos largos, basteles saber que en septiembre-octubre de 2004 viajé por carretera con Cecia y César casi 14,000 km de Europa en dos semanas. Tony Powell con cara de asombro sólo me miró y dijó: You must be crazy. Yeah! Fair enough! You got it like that!

 

Mi papá nunca fué realmente cariñoso en el sentido físico, pero de los recuerdos más gratos que tengo es cuando el regresaba a casa a comer y compartir la comida (una costumbre que con la aceptación del horario anglosajón de 9 a 5 poco a poco se ha ido perdiendo) y después tomaba la siesta de media tarde. Con el torso desnudo y solo un pantaloncillo dado el calor tampiqueño (todavía Yoyo me comenta que se siente un chamaco, y anda en pleno invierno boreal en camisetas sin mangas) era una delicia para nosotros juguetear con su protuberante panza o dormir abrazados a él.

 

Sí, nunca fué especialmente cariñoso en ese sentido, pero jamás percibí un rechazo en modo alguno. Hasta ahora entiendo que su forma de demostrar amor era diferente. Aunque, como ya mencioné, el contacto físico no estuvo ausente, para mi padre siempre fué esencial demostrar que él era capaz de solucionar todo, y esperar después la gratitud y reconocimiento de parte de todos nosotros. Aunque muchas veces, su percepción de la vida era cercana a lo idealista, lo irreal, lo color de rosa; algo de lo que no pocas personas sacaron provecho en su momento.

 

Al final, de manera distinta, pero con los mismos resultados mi papá me llenó de inmenso amor, cariño incondicional, compromiso constante e ineludible, que hicieron que yo, hasta hoy, no ansíe más amor de una persona ajena, que el que su capacidad amorosa pueda permitirle. Lo que me brinda una estabilidad emocional suficiente para percibir la vida tal cual es, y sí es necesario reconocer los errores propios.

 

Muchas Gracias, Pá.

 

Te quiere, Tony.

 

Paris 20/05/2006

 

 

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