El intelectual no le teme al futbol

 
 

El futbol y la cultura

Josetxo Zaldúa

A patadas, y no podía ser de otro modo, el futbol ha borrado fronteras y derribado muros para ir acomodándose como un hecho cultural capaz de acercar clases sociales que encuentran en ese terreno un espacio para hablar de igual a igual.

De niño, en mi aldea, los partidos se veían en blanco y negro en el único bar -había cuatro- que pudo permitirse el lujo de comprar lo que para nosotros era signo de modernidad.

Pero nunca vi una mujer viendo un juego. Sí acudían al bar, siempre acompañadas de sus maridos, y tomaban a la par que ellos. En mi aldea pirenaica ver futbol era cosa de hombres y de clases. Los humildes no se atrevían a asomarse para ver, así fuera de lejos, la diminuta pantalla de tv.

Por aquellos ayeres, los futbolistas, los clubes, la sociedad, eran idealistas si los comparamos como son hoy.

Igual han cambiado otras cosas. La masificación del deporte de las patadas ha provocado que la pasión futbolera invada por igual calles, casas, oficinas gubernamentales y privadas, despachos gerenciales y ámbitos presidenciales. Hoy se puede ver un juego en la calle, parado como árbol frente a cualquier aparador comercial. Es más: se puede entrar en las tiendas departamentales con el único fin de ver un partido.

El loco y caprichoso balón es seguido por una grey cuyo crecimiento se antoja imparable. Ya quisiera para sí el Vaticano tal poder de convocatoria, de fidelidad.

Y ni hablar de los partidos políticos, cada vez más huérfanos de ideas y más ricos en ausencia de propuestas. También en ese ámbito los mercaderes de la política, la mayoría de ellos y de ellas auténticos estafadores, no tienen empacho, porque carecen de ética, en subirse al carro de las patadas.

Oportunismos políticos aparte, el perfil del futbolista se aleja poco a poco del viejo cliché que los presentaba como ágiles con las patas y torpes intelectualmente hablando: podían ser buenos, regulares o malos con las piernas, pero cuando abrían la boca el asunto se tornaba patético.

Hoy no sorprende tanto escuchar a muchos futbolistas hablar coherentemente, con intencionalidad. Igual sucede con algunos entrenadores. En México, para no ir más lejos, da gusto el discurso futbolístico del vasco Javier Aguirre, contratado recientemente por el Atlético de Madrid y reconocido hace apenas unos días, por la FIFA, como el técnico más relevante de la liga española.

El futbol es motivo de disputas familiares. Es pera en dulce para explotar crisis matrimoniales. Es una suerte de droga que cada quien la toma a su antojo, como todas. Es un modo de ver la vida. Es una cultura.

Tan es así que escribir sobre esas patadas ya no es motivo de vergüenza para un escritor, para un artista. Casi nadie en el mundo de la cultura, de la intelectualidad, se avergüenza hoy a la hora de confesar su pasión por el futbol.

Una de las referencias inevitables del periodismo, cuando menos para quien suscribe, Ryszard Kapuscinski, escribió un delicioso texto llamado La guerra del futbol en los estertores de los años 60, cuando Honduras y El Salvador protagonizaron un breve y áspero episodio bélico originado por, esa sí, una brutal batalla campal entre ambos equipos.

El recordado catalán Manuel Vázquez Montalbán era un descarado y descarnado militante futbolero, y el uruguayo Eduardo Galeano no tiene empacho en reconocerse como impenitente seguidor de las patadas. En México destacan los textos de Juan Villoro, empedernido y nada vergonzante fanático de un deporte que, pese a quien le pese, es parte de la cultura universal.

Los medios también han sido sacudidos por ese fenómeno cultural, si bien la prensa escrita lleva ventaja sideral, en términos de calidad, sobre los medios electrónicos. En Europa la estirpe de cronistas deportivos es asunto de diarios y revistas especializadas. En cuanto a la televisión -la radio se cuece aparte-, la sobriedad europea, rayana en el bostezo, contrasta con el ruido latinoamericano -a veces excesivo-, donde, en el caso mexicano, nos abruman además con el abuso de la tecnología y absurdas estadísticas.

Este viernes una gran parte de los terrícolas será hipnotizada por los ires y venires de los de calzón persiguiendo a un balón. Se inicia la gran carpa futbolística, un negocio que mueve ingentes cantidades de dinero, de voluntades, de intereses. Alemania será el eje del universo futbolero, vale decir, del centro del planeta. Tal vez a muchos les de algo más que rabia. De seguro no es para menos si nos atenemos a los grandes y muy graves problemas que el mundo enfrenta.

El futbol invita al desahogo siempre necesario. Es también catalizador de gestos bellos y actitudes rufianescas. En ese mundo hay cabida para todos; para ricos y pobres, hombres y mujeres, negros y blancos, amarillos, rojos. Para todo el inmenso y espectacular mosaico que es el planeta que habitamos, para quienes se consideran inteligentes y para quienes nos consideramos del montón. Para el balón, todos somos iguales.

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