La voz de Maradona

 
EJE CENTRAL
 
Cristina Pacheco
La voz de Maradona
 
Sergio tiene poco más de 40 años. Le faltan dientes, lleva el escaso cabello pintado de rubio cenizo y viste pants. En una vecindad de Ferrocarril de Cintura renta un cuarto y además la accesoria junto al zaguán: una covacha de dos por dos. Los cables y las telarañas forman un raro tejido sobre las paredes tapizadas con fotografías de futbolistas: Maradona, Pelé, Hugo, Rafa, Cuauhtémoc, Osvaldo. La más reciente es un recorte donde aparece Ronaldinho besando un balón.
 
Sergio utiliza la accesoria como taller en que compone toda clase de aparatos eléctricos. Para anunciarse mandó pintar en los costados de su puerta una plancha, una licuadora y un televisor. El suyo es diminuto. Cuelga sobre la pared y está siempre sintonizado en el mismo canal. Más que ver, escucha la programación, excepto cuando se trasmiten un partido, un programa deportivo y, sobre todo, la Copa Mundial. Para Sergio, la del 86 ha sido la mejor, porque se jugó en México y vino Maradona. Su deslumbramiento por el pibe rebasó los terrenos del deporte cuando lo vio salir del infierno de las drogas mientras él seguía atado al alcohol.
 
II
Sergio empezó a beber guiado por el ejemplo de sus padres y después siguió para olvidarse de su abandono. Unos tíos se hicieron cargo de él. Lo enviaron a la escuela, pero no le daban dinero por temor a que siguiera embriagándose. Con el pretexto de una injusticia en su contra, abandonó los estudios. Tuvo su primer trabajo en una maderería. Se incorporó a un equipo integrado por sus compañeros. Desde el primer juego, a pesar de su corta estatura, se manifestó brillante en la portería. El entusiasmo de los espectadores le inspiró un sueño: convertirse en futbolista profesional. Por alcanzarlo renunció al alcohol.
 
Sus ilusiones se estrellaron contra la realidad: en un accidente de trabajo estuvo a punto de perder el brazo derecho. Lo salvó, pero recayó en el alcoholismo. Sus tíos le condicionaron la estancia en su casa: "O dejas de tomar o te vas". Sergio optó por lo segundo. La búsqueda de empleo lo llevó a Tlatilco, a la Industrial y después a la Morelos. Allí le dieron trabajo en unos baños públicos y alquiló un cuarto por 200 pesos.
 
Un sábado vio a un grupo de muchachos jugando futbol en el jardín Aguascalientes. Los deportistas formaban el equipo de Los Volátiles. Su capitán, un joven al que todos llamaban El Callado, le indicó que a la mañana siguiente iban a competir en un terreno próximo. Desde ese domingo Sergio no faltó a un solo partido. Seguía los movimientos con mirada implacable, desgañitándose, insultando sobre todo a los porteros. Harto del hostigamiento, El Callado levantó una piedra, lo amenazó y le dijo que él no era culpable de que Sergio tuviera los brazos disparejos.
 
Sergio abandonó Los Volátiles y conoció la horrible eternidad de los domingos solitarios sin las emociones del futbol. Buscó asilo en la ostionería Las Dos Conchitas. Sentado frente a un televisor grasiento tomaba cerveza y veía los partidos. Alicia era una de las asiduas al comedero. Enchamarrada, con pantalones a la cadera y sandalias altísimas, ponía sobre el mostrador un tuper verde y hacía que le sirvieran "lo más sabrosito" para llevárselo a la casa. Durante la espera Alicia comentaba acerca del juego en la televisión. Desde la primera vez que la escuchó, Sergio quedó cautivado.
 
Pasó la semana esperando el domingo. Para ese día se fijó una meta: conocer el nombre de la joven enchamarrada. Cuando lo supo, Sergio se impuso otro objetivo: seducir a quien veía como la compañera perfecta. Un domingo nublado y bochornoso le invitó una cerveza. Hablaron de futbol toda la tarde. A Sergio ya no le pesó que muy cerca de allí Los Volátiles estuvieran divirtiéndose.
 
Al siguiente domingo volvieron a compartir la mesa y se contaron fragmentos de su vida. Alicia se limitó a explicarle que le disgustaba que la vieran comer y por eso se llevaba los mariscos a su casa. El le preguntó si trabajaba y ella le respondió que sí: en la estética Virgo’s, ubicada en la Campestre Aragón. Animado por las cervezas, Sergio se refirió a su sueño: convertirse en futbolista profesional. No dijo que se lo impedía la deformidad de su brazo derecho, nada más lloró. Pasaron el resto de la tarde en la habitación de un hotel con jacuzzi, televisor y espejos en el techo. Eso los compensó de que la tina de masajes no hubiera funcionado.
 
III
Dos meses después Sergio buscó un cuarto donde vivir con Alicia. Lo encontró en Ferrocarril de Cintura. Lo decoraron con un gran cartel del Cruz Azul y una fotografía de Maradona. En el cumpleaños de Alicia viajaron a Toluca para ver un partido en la Bombonera. La experiencia revivió en Sergio su eterno sueño: ser una estrella del futbol.
Comprendió que era imposible, pero buscó la forma de acercarse otra vez a Los Volátiles.
 
El Callado fue el primero en darle la bienvenida. Para celebrar el rencuentro del equipo se apostó en el quicio de la miscelánea Nabor’s. Entre cervezas y tortas, El Callado le pidió perdón a Sergio y propuso que siguieran festejando en su casa, lejos de la mirada codiciosa y amenazante de los policías.
 
La celebración se prolongó hasta la medianoche del martes. En la madrugada Sergio encontró su casa vacía. La vergüenza de que sus vecinos se enteraran de su situación le impidió pedirles ayuda. El miércoles muy temprano se dirigió a la estética Virgo’s. Después de aplicar un tinte, Alicia lo arrastró a la calle: "Conmigo ni creas que vas a jugar: o las putas o yo".
 
Sergio le juró que se le habían ido las horas hablando sólo de futbol con sus amigos. Alicia no cedió: "Pues si tanto te importan, lárgate con ellos. Ya encontraré dónde vivir con mi hijo". La noticia de su próxima paternidad conmovió a Sergio y derrochó promesas: olvidarse de Los Volátiles y ganar más dinero.
 
IV
Esa misma mañana se presentó en los baños, pidió aumento de sueldo y habló de enmendar la injusticia que cometía la dueña con él pagándole mil pesos a la quincena. Todo fue inútil: en ausencia lo habían despedido. Volvió a sus rumbos y buscó trabajo entre sus conocidos. Pasaron meses antes de que el dueño de un taller eléctrico lo tomara como ayudante. El sueldo era inferior al que recibía en los baños, pero tuvo que aceptarlo. Los domingos, con el pretexto de ganar algún dinero extra como cargador en los tianguis, se rencontraba con Los Volátiles. El disgusto y la insatisfacción de Alicia siguieron creciendo como su vientre.
 
Tras ser rechazada de varios hospitales públicos, Alicia dio a luz a su hijo el 25 de diciembre de 1987. Sergio decidió llamarlo Armando, para que lo envolviera la magia de su ídolo y Maradona lo impulsara en ausencia a triunfar en el futbol. Alicia se consagró al cuidado de Armandito. Sergio buscó un trabajo complementario: lo encontró de velador en una bodega de ropa. Para mantenerse despierto y revivir sus sueños, convertía las prendas en balones y se pasaba la noche haciendo jugadas que, con el auxilio de la cerveza, creía reales y espectaculares.
 
Al amanecer regresaba a su casa abotagado y aturdido, sin fuerzas para presentarse en el taller. Un día su patrón lo despidió. Por miedo a los reproches de Alicia, inventó que había renunciado para instalar su propio negocio. Tuvo que seguir adelante con la mentira y logró que la conserje le rentara la accesoria por 400 pesos mensuales.
El taller no prosperaba y Alicia volvió a trabajar: primero en un expendio de pan frío, después en un Oxxo, más tarde en una lonchería y al fin regresó a la estética Virgo’s. Entre el sueldo y las propinas ganaba mucho más que Sergio. El sintió el progreso de su compañera como una ofensa y se hundió en el alcohol. En sus periodos de embriaguez se burlaba de Alicia y, cada vez con más frecuencia, la agredía físicamente.
 
V
Alicia se refugiaba en una casa para mujeres maltratadas. Sergio la encontró y amenazó con matarla si no volvía a su lado. Ella desapareció y él quedó solo con su hijo de diez años. Desatendido, Armandito iba a la escuela, y al regresar era uno más de los niños de la calle hasta que al fin se convirtió en otra de sus víctimas: murió arrollado por una combi cuando intentaba meter un gol.
 
La tragedia recrudeció el alcoholismo de Sergio. Trabajaba lo mínimo indispensable para que no le faltara la bebida, y con tanto descuido que en su taller hubo tres connatos de incendio. Una vecina caritativa le dijo que podía salvarse si escuchaba la palabra de Dios. Sergio permaneció indiferente hasta que una tarde hubo en la televisión un especial dedicado a Maradona.
 
Entre lágrimas, el pibe relató el tortuoso camino que lo llevó a salvarse de las adicciones. Gracias a la voz de Maradona, Sergio acudió a su vecina y le suplicó que lo condujera a la iglesia cristiana para escuchar la palabra de Dios. Desde entonces no ha vuelto a beber, pero sigue fiel a su otra religión: el futbol.
 
Algún día no muy lejano, aspiro a escribir tan magistralmente de cosas cotidianas, como este otro mujeron inalcanzable.
 
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