“… will blow up your fcukin’ minds”.

http://www.jornada.unam.mx/2006/12/24/sem-roberto.html

 

Nevermind en Cozumel, Miles

Roberto Garza Iturbide

 

Ilustración de Ricardo Peláez

 

El 28 de septiembre de 1991 es una fecha que llevo tatuada en la memoria. Ese día murió Miles Davis, escuché por primera vez el Nevermind de Nirvana y observé una tormenta eléctrica tan impresionante que de sólo recordarla se me eriza la piel.

 

Tenía diecinueve años, las pilas bien puestas y la conciencia en proceso de expansión. Desde enero me había instalado con tres amigos en Cozumel, irredenta isla caribeña y paraíso del buceo, a la que de broma llamábamos "Hotel California" por aquello de que "puedes registrarte cuando quieras, pero nunca te puedes ir", como dice la rola homónima de los Eagles.

 

A esa edad es posible combinar el trabajo con la fiesta sin que el cuerpo pague las consecuencias. De martes a domingo nos aventábamos jornadas de ocho horas como meseros en un restaurante llamado El Tapanco. Eran unas buenas chingas pero las propinas llegaban en billetes de color verde. Vivíamos en una casa prestada, buceábamos por lo menos tres veces a la semana y casi todas las noches salíamos a cotorrear a los bares de la costera.

 

Resulta que la noche del 28 de septiembre le caímos a la casa del Fish, un buzo local de unos cuarenta años y el más ferviente admirador de Miles Davis que he conocido en mi vida. El compa estaba bien sacado de onda por la muerte de Miles, pero también se le notaba feliz porque horas antes había llegado su chava, Erin Brazoni, una rubia de Seattle que se enamoró de él un par de meses antes cuando estuvo de vacaciones con su familia y que ahora había regresado sola para quedarse una temporada.

 

La tormenta eléctrica era inminente, así que por común acuerdo decidimos lanzarnos al faro de la punta norte de la isla. Pasamos la noche en la playa, bebiendo alrededor de una fogata, brindando por Miles y echando humo hasta por los oídos. Una hielera repleta de chelas, la grabadora, suficientes pilas, un montón de casetes y compactos, dos perros que adoran el mar y, como telón de fondo, la tormenta. "Jamaican sky en Cozumel, Miles", gritaba el Fish entre risas cada vez que una andanada de rayos pintaba el cielo de colores.

 

Fue en algún impasse entre rayos, truenos y trompetazos cuando Erin sacó de su mochila el Nevermind. Nos lo mostró con el brazo extendido y soltó una frase en inglés que se me quedó garbada: "Do you know Nirvana?… Well, this album will blow up your fcukin’ minds".

 

La imagen de la portada con el bebé flotando frente a un billete se me apareció tan poderosa que casi doy un brinco cuando el cielo tronó tras una descarga de rayos en secuencia. Erin jaló la grabadora, interrumpió un solo de Miles, metió el disco de Nirvana, subió el volumen al máximo y picó el botón de play.

 

"Smells Like Teen Spirit" exaltó los ánimos de la reunión. Erin hacía la guitarra de aire y sacudía la cabeza con furia. Sólo traía puesto el top del bikini y una falda larga que se transparentaba cuando separaba las piernas. La invitación a bailar era innegable. Unos segundos después, todos –menos el Fish– sacudíamos el cuerpo y la cabeza con ella. Poco a poco, la música se fue apoderando de nuestros sentidos.

 

El Nevermind se nos metió por los poros, directo al corazón y al cerebro, y explotó glorioso en nuestras mentes. Cada pieza nos llevó a un estado de ánimo distinto: con "Breed", por ejemplo, nos entró el acelere del slam; con "Come As You Are" Erin bailó cachondísima; con "Lithium" de plano enloquecimos y con "Polly" caímos rendidos en la arena.

 

Cuando la grabadora finalmente enmudeció, noté que Erin sonreía como toda una reina de la escena grunge y que en voz baja repetía el dilatado coro "something in the way, uu uu". La imaginé con su camisa de franela a cuadros, un gorro de leñador, jeans desgarrados y unas botas todoterreno. Le sonreí mirándola a los ojos y solté un estúpido "¡wow!" Ella volteó la cara hacia el buzo: "Did you like it?" Tumbado en la arena boca arriba, el Fish alzó el brazo derecho, extendió el pulgar y le respondió con una pregunta filosa: "¿Cómo dices que se llaman?" Erin soltó la carcajada. "Are you kidding?"

 

Al cabo de unas cervezas, el sol se impuso en el horizonte al suave ritmo de "So What" de Miles Davis. La tormenta eléctrica había pasado, la brisa soplaba fresca y el cielo se pintó de un azul tan claro como las notas del Kind Of Blue. Uno de los grandes músicos del siglo xx había muerto y lo despedimos con una fiesta en su honor.

 

Hacia el mediodía nos colocamos los equipos de buceo y bajamos a un grupo de turistas al arrecife de Palancar. Sumergido en las cálidas aguas del Caribe mexicano, como a unos siete metros de profundidad, empecé a divagar con el coral, con sus alucinantes formaciones y colores, con la luz caprichosa que refleja, con los millones de microseres que lo habitan.

 

Ahí estaba, inhalando dosis de aire comprimido, flotando en el agua teñida de azul como la solitaria criatura del Nevermind, ensimismado frente a una maravilla del mundo submarino, cuando en mi mente apareció Erin Brazoni sacudiendo el cuerpo con furia y cantando "Smells Like Teen Spirit".

 

Esa imagen, síntesis de lo experimentado la noche anterior, se instaló para siempre en mi memoria. Hoy evoco ese recuerdo con enorme gratitud y brindo por la trascendencia de Nirvana, por la inmortalidad de Kurt Cobain, por los poderes catárticos del Nevermind, por la ruda belleza de las reinas grunge y por la genialidad de Miles Davis.

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