El control de los medios de comunicación (1)

El control de los medios de comunicación

por Noam Chomsky*

El papel de los medios de comunicación en
la política contemporánea nos obliga a preguntar por el tipo de mundo y de
sociedad en los que queremos vivir, y qué modelo de democracia queremos para esta
sociedad. Permítaseme empezar contraponiendo dos conceptos distintos de
democracia. Uno es el que nos lleva a afirmar que en una sociedad democrática,
por un lado, la gente tiene a su alcance los recursos para participar de manera
significativa en la gestión de sus asuntos particulares, y, por otro, los
medios de información son libres e imparciales.

http://www.voltairenet.org/article145977.html

Nota de opinión

El control de los medios de comunicación

por Noam Chomsky*

El papel de los medios de comunicación en
la política contemporánea nos obliga a preguntar por el tipo de mundo y de
sociedad en los que queremos vivir, y qué modelo de democracia queremos para
esta sociedad. Permítaseme empezar contraponiendo dos conceptos distintos de
democracia. Uno es el que nos lleva a afirmar que en una sociedad democrática,
por un lado, la gente tiene a su alcance los recursos para participar de manera
significativa en la gestión de sus asuntos particulares, y, por otro, los
medios de información son libres e imparciales.

Si se busca la palabra democracia en el
diccionario se encuentra una definición bastante parecida a lo que acabo de
formular.

Una idea alternativa de democracia es la
de que no debe permitirse que la gente se haga cargo de sus propios asuntos, a
la vez que los medios de información deben estar fuerte y rígidamente
controlados. Quizás esto suene
como una concepción anticuada de democracia, pero es importante
entender que, en todo caso, es la idea predominante. De hecho lo ha sido
durante mucho tiempo, no sólo en la práctica sino incluso en el
plano teórico.
No olvidemos además que tenemos una larga historia, que se remonta a las
revoluciones democráticas modernas de la Inglaterra del siglo XVII, que en su
mayor parte expresa este punto de vista. En cualquier caso voy a ceñirme
simplemente al período moderno y acerca de la forma en que se desarrolla la
noción de democracia, y sobre el modo y el porqué el problema de los medios de
comunicación y la desinformación se ubican en este contexto.

Primeros apuntes históricos de la
propaganda

Empecemos con la primera operación
moderna de propaganda llevada a cabo por un gobierno. Ocurrió bajo el mandato
de Woodrow
Wilson. Este fue elegido presidente en 1916 como líder de la plataforma
electoral Paz sin victoria, cuando se cruzaba el ecuador de la Primera Guerra
Mundial. La población era muy pacifista y no veía ninguna razón para
involucrarse en una guerra europea; sin embargo, la administración
Wilson había
decidido que el país tomaría parte en el conflicto. Había por tanto que hacer
algo para inducir en la sociedad la idea de la obligación de participar en la
guerra. Y se creó una comisión de propaganda gubernamental, conocida con el
nombre de Comisión Creel, que, en seis meses, logró convertir una población
pacífica en otra histérica y belicista que quería ir a la guerra y destruir
todo lo que oliera a alemán, despedazar a todos los alemanes, y salvar así al
mundo. Se alcanzó un éxito extraordinario que conduciría a otro mayor todavía:
precisamente en aquella época y después de la guerra se utilizaron las mismas
técnicas para avivar lo que se conocía
como Miedo
rojo. Ello permitió la destrucción de sindicatos y la eliminación de problemas
tan peligrosos
como la libertad de prensa o de pensamiento político. El poder
financiero y empresarial y los medios de comunicación fomentaron y prestaron un
gran apoyo a esta operación, de la que, a su vez, obtuvieron todo tipo de
provechos.

Entre los que participaron activa y
entusiastamente en la guerra de Wilson estaban los intelectuales progresistas,
gente del círculo de John Dewey Estos se mostraban muy orgullosos, como se
deduce al leer sus escritos de la época, por haber demostrado que lo que ellos
llamaban los miembros más inteligentes de la comunidad, es decir, ellos mismos,
eran capaces de convencer a una población reticente de que había que ir a una
guerra mediante el sistema de aterrorizarla y suscitar en ella un fanatismo
patriotero. Los medios utilizados fueron muy amplios. Por ejemplo, se
fabricaron montones de atrocidades supuestamente cometidas por los alemanes, en
las que se incluían niños belgas con los miembros arrancados y todo tipo de
cosas horribles que todavía se pueden leer en los libros de historia, buena
parte de lo cual fue inventado por el Ministerio británico de propaganda, cuyo
auténtico propósito en aquel momento -tal como queda reflejado en sus
deliberaciones secretas- era el de dirigir el pensamiento de la mayor parte del
mundo. Pero la cuestión clave era la de controlar el pensamiento de los
miembros más inteligentes de la sociedad americana, quienes, a su vez,
diseminarían la propaganda que estaba siendo elaborada y llevarían al pacífico
país a la histeria propia de los tiempos de guerra. Y funcionó muy bien, al
tiempo que nos enseñaba algo importante: cuando la propaganda que dimana
del estado
recibe el apoyo de las clases de un nivel cultural elevado y no se permite
ninguna desviación en su contenido, el efecto puede ser enorme. Fue una lección
que ya había aprendido Hitler y muchos otros, y cuya influencia ha llegado a
nuestros días.

La democracia del espectador
Otro grupo que quedó directamente marcado por estos éxitos fue el formado por
teóricos liberales y figuras destacadas de los medios de comunicación,
como Walter
Lippmann, que era el decano de los periodistas americanos, un importante
analista político -tanto de asuntos domésticos
como
internacionales- así
como un extraordinario teórico de la democracia liberal. Si se echa un
vistazo a sus ensayos, se observará que están subtitulados con algo así
como: Una
teoría progresista sobre el pensamiento democrático liberal. Lippmann estuvo
vinculado a estas comisiones de propaganda y admitió los logros alcanzados, al
tiempo que sostenía que lo que él llamaba revolución en el arte de la
democracia podía utilizarse para fabricar consenso, es decir, para producir en
la población, mediante las nuevas técnicas de propaganda, la aceptación de algo
inicialmente no deseado. También pensaba que ello era no solo una buena idea
sino también necesaria, debido a que, tal como él mismo afirmó, los intereses
comunes esquivan totalmente a la opinión pública y solo una clase especializada
de hombres responsables lo bastante inteligentes puede comprenderlos y resolver
los problemas que de ellos se derivan. Esta teoría sostiene que solo una élite
reducida -la comunidad intelectual de que hablaban los seguidores de Dewey-
puede entender cuáles son aquellos intereses comunes, qué es lo que nos
conviene a todos, así
como el hecho de que estas cosas escapan a la gente en general. En
realidad, este enfoque se remonta a cientos de años atrás, es también un
planteamiento típicamente leninista, de modo que existe una gran semejanza con
la idea de que una vanguardia de intelectuales revolucionarios toma el poder
mediante revoluciones populares que les proporcionan la fuerza necesaria para
ello, para conducir después a las masas estúpidas a un futuro en el que estas
son demasiado ineptas e incompetentes para imaginar y prever nada por sí
mismas. Es así que la teoría democrática liberal y el marxismo-leninismo se
encuentran muy cerca en sus supuestos ideológicos. En mi opinión, esta es una
de las razones por las que los individuos, a lo largo
del tiempo,
han observado que era realmente fácil pasar de una posición a otra sin
experimentar ninguna sensación específica de cambio. Solo es cuestión de ver
dónde está el poder. Es posible que haya una revolución popular que nos lleve a
todos a asumir el poder del Estado; o quizás no la haya, en cuyo caso
simplemente apoyaremos a los que detentan el poder real: la comunidad de las
finanzas. Pero estaremos haciendo lo mismo: conducir a las masas estúpidas
hacia un mundo en el que van a ser incapaces de comprender nada por sí mismas.

Lippmann respaldó todo esto con una
teoría bastante elaborada sobre la democracia progresiva, según la cual en una
democracia con un funcionamiento adecuado hay distintas clases de ciudadanos.
En primer lugar, los ciudadanos que asumen algún papel activo en cuestiones
generales relativas al gobierno y la administración. Es la clase especializada,
formada por personas que analizan, toman decisiones, ejecutan, controlan y
dirigen los procesos que se dan en los sistemas ideológicos, económicos y
políticos, y que constituyen, asimismo, un porcentaje pequeño de la población
total. Por supuesto, todo aquel que ponga en circulación las ideas citadas es
parte de este grupo selecto, en el cual se habla primordialmente acerca de qué
hacer con aquellos otros, quienes, fuera del grupo pequeño y siendo la mayoría
de la población, constituyen lo que Lippmann llamaba el rebaño desconcertado:
hemos de protegernos de este rebaño desconcertado cuando brama y pisotea. Así
pues, en una democracia se dan dos funciones: por un lado, la clase
especializada, los hombres responsables, ejercen la función ejecutiva, lo que
significa que piensan, entienden y planifican los intereses comunes; por otro,
el rebaño desconcertado también con una función en la democracia, que, según
Lippmann, consiste en ser espectadores en vez de miembros participantes de
forma activa. Pero, dado que estamos hablando de una democracia, estos últimos
llevan a término algo más que una función: de vez en cuando gozan del favor de
liberarse de ciertas cargas en la persona de algún miembro de la clase
especializada; en otras palabras, se les permite decir queremos que seas
nuestro líder, o, mejor, queremos que tú seas nuestro líder, y todo ello porque
estamos en una democracia y no en un estado totalitario. Pero una vez se han
liberado de su carga y traspasado esta a algún miembro de la clase
especializada, se espera de ellos que se apoltronen y se conviertan en
espectadores de la acción, no en participantes. Esto es lo que ocurre en una
democracia que funciona
como Dios manda.

Y la verdad es que hay una lógica detrás
de todo eso. Hay incluso un principio moral
del todo
convincente: la gente es simplemente demasiado estúpida para comprender las
cosas. Si los individuos trataran de participar en la gestión de los asuntos
que les afectan o interesan, lo único que harían sería solo provocar líos, por
lo que resultaría impropio e inmoral permitir que lo hicieran. Hay que
domesticar al rebaño desconcertado, y no dejarle que brame y pisotee y destruya
las cosas, lo cual viene a encerrar la misma lógica que dice que sería
incorrecto dejar que un niño de tres años cruzara solo la calle. No damos a los
niños de tres años este tipo de libertad porque partimos de la base de que no
saben cómo utilizarla. Por lo mismo, no se da ninguna facilidad para que los
individuos
del rebaño desconcertado participen en la acción; solo causarían
problemas.

Por ello, necesitamos algo que sirva para
domesticar al rebaño perplejo; algo que viene a ser la nueva revolución en el
arte de la democracia: la fabricación
del consenso.
Los medios de comunicación, las escuelas y la cultura popular tienen que estar
divididos. La clase política y los responsables de tomar decisiones tienen que
brindar algún sentido tolerable de realidad, aunque también tengan que inculcar
las opiniones adecuadas. Aquí la premisa no declarada de forma explícita -e
incluso los hombres responsables tienen que darse cuenta de esto ellos solos-
tiene que ver con la cuestión de cómo se llega a obtener la autoridad para
tomar decisiones. Por supuesto, la forma de obtenerla es sirviendo a la gente
que tiene el poder real, que no es otra que los dueños de la sociedad, es
decir, un grupo bastante reducido. Si los miembros de la clase especializada
pueden venir y decir: Puedo ser útil a sus intereses, entonces pasan a formar
parte
del grupo ejecutivo. Y hay que quedarse callado y portarse bien, lo
que significa que han de hacer lo posible para que penetren en ellos las
creencias y doctrinas que servirán a los intereses de los dueños de la
sociedad, de modo que, a menos que puedan ejercer con maestría esta
autoformación, no formarán parte de la clase especializada. Así, tenemos un
sistema educacional, de carácter privado, dirigido a los hombres responsables,
a la clase especializada, que han de ser adoctrinados en profundidad acerca de
los valores e intereses
del poder real, y del nexo corporativo que este mantiene con el Estado y lo que ello
representa. Si pueden conseguirlo, podrán pasar a formar parte de la clase
especializada. Al resto del rebaño desconcertado básicamente habrá que
distraerlo y hacer que dirija su atención a cualquier otra cosa. Que nadie se
meta en líos. Habrá que asegurarse que permanecen todos en su función de
espectadores de la acción, liberando su carga de vez en cuando en algún que
otro líder de entre los que tienen a su disposición para elegir.

Muchos otros han desarrollado este punto
de vista, que, de hecho, es bastante convencional. Por ejemplo, él destacado
teólogo y crítico de política internacional Reinold Niebuhr, conocido a veces
como el teólogo del sistema, gurú de George Kennan y de los intelectuales de
Kennedy, afirmaba que la racionalidad es una técnica, una habilidad, al alcance
de muy pocos: solo algunos la poseen, mientras que la mayoría de la gente se
guía por las emociones y los impulsos. Aquellos que poseen la capacidad lógica
tienen que crear ilusiones necesarias y simplificaciones acentuadas desde el
punto de vista emocional, con objeto de que los bobalicones ingenuos vayan más
o menos tirando. Este principio se ha convertido en un elemento sustancial de
la ciencia política contemporánea. En la década de los años veinte y principios
de la de los treinta, Harold Lasswell, fundador del moderno sector de las
comunicaciones y uno de los analistas políticos americanos más destacados,
explicaba que no deberíamos sucumbir a ciertos dogmatismos democráticos que
dicen que los hombres son los mejores jueces de sus intereses particulares.
Porque no lo son. Somos nosotros, decía, los mejores jueces de los intereses y
asuntos públicos, por lo que, precisamente a partir de la moralidad más común,
somos nosotros los que tenemos que asegurarnos que ellos no van a gozar de la
oportunidad de actuar basándose en sus juicios erróneos. En lo que hoy
conocemos como estado totalitario, o estado militar, lo anterior resulta fácil.
Es cuestión simplemente de blandir una porra sobre las cabezas de los
individuos, y, si se apartan
del camino trazado, golpearles sin piedad. Pero si la sociedad ha
acabado siendo más libre y democrática, se pierde aquella capacidad, por lo que
hay que dirigir la atención a las técnicas de propaganda. La lógica es clara y
sencilla: la propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al estado
totalitario. Ello resulta acertado y conveniente dado que, de nuevo, los
intereses públicos escapan a la capacidad de comprensión
del rebaño
desconcertado.

Relaciones públicas Los Estados Unidos
crearon los cimientos de la industria de las relaciones públicas. Tal
como decían sus
líderes, su compromiso consistía en controlar la opinión pública. Dado que
aprendieron mucho de los éxitos de la Comisión Creel y del miedo rojo, y de las
secuelas dejadas por ambos, las relaciones públicas experimentaron, a lo largo
de la década de 1920, una enorme expansión, obteniéndose grandes resultados a
la hora de conseguir una subordinación total de la gente a las directrices
procedentes del mundo empresarial a lo largo de la década de 1920. La situación
llegó a tal extremo que en la década siguiente los comités del Congreso empezaron
a investigar el fenómeno. De estas pesquisas proviene buena parte de la
información de que hoy día disponemos.

Las relaciones públicas constituyen una
industria inmensa que mueve, en la actualidad, cantidades que oscilan en torno
a un billón de dólares al año, y desde siempre su cometido ha sido el de
controlar la opinión pública, que es el mayor peligro al que se enfrentan las
corporaciones. Tal
como ocurrió durante la Primera Guerra Mundial, en la década de 1930
surgieron de nuevo grandes problemas: una gran depresión unida a una cada vez
más numerosa clase obrera en proceso de organización. En 1935, y gracias a la
Ley Wagner, los trabajadores consiguieron su primera gran victoria legislativa,
a saber, el derecho a organizarse de manera independiente, logro que planteaba
dos graves problemas. En primer lugar, la democracia estaba funcionando
bastante mal: el rebaño desconcertado estaba consiguiendo victorias en el
terreno legislativo, y no era ese el modo en que se suponía que tenían que ir
las cosas; el otro problema eran las posibilidades cada vez mayores
del pueblo
para organizarse. Los individuos tienen que estar atomizados, segregados y
solos; no puede ser que pretendan organizarse, porque en ese caso podrían
convertirse en algo más que simples espectadores pasivos.

Efectivamente, si hubiera muchos
individuos de recursos limitados que se agruparan para intervenir en el ruedo
político, podrían, de hecho, pasar a asumir el papel de participantes activos,
lo cual sí sería una verdadera amenaza. Por ello, el poder empresarial tuvo una
reacción contundente para asegurarse de que esa había sido la última victoria
legislativa de las organizaciones obreras, y de que representaría también el
principio
del fin de esta desviación democrática de las organizaciones
populares. Y funcionó. Fue la última victoria de los trabajadores en el terreno
parlamentario, y, a partir de ese momento -aunque el número de afiliados a los
sindicatos se incrementó durante la Segunda Guerra Mundial, acabada la cual
empezó a bajar- la capacidad de actuar por la vía sindical fue cada vez menor.
Y no por casualidad, ya que estamos hablando de la comunidad empresarial, que
está gastando enormes sumas de dinero, a la vez que dedicando todo el tiempo y
esfuerzo necesarios, en cómo afrontar y resolver estos problemas a través de la
industria de las relaciones públicas y otras organizaciones, como la National
Association of Manufacturers (Asociación nacional de fabricantes), la Business
Roundtable (Mesa redonda de la actividad empresarial), etcétera. Y su principio
es reaccionar en todo momento de forma inmediata para encontrar el modo de
contrarrestar estas desviaciones democráticas.

La primera prueba se produjo un año más
tarde, en 1937, cuando hubo una importante huelga
del sector del acero en Johnstown, al
oeste de Pensilvania. Los empresarios pusieron a prueba una nueva técnica de
destrucción de las organizaciones obreras, que resultó ser muy eficaz. Y sin
matones a sueldo que sembraran el terror entre los trabajadores, algo que ya no
resultaba muy práctico, sino por medio de instrumentos más sutiles y eficientes
de propaganda. La cuestión estribaba en la idea de que había que enfrentar a la
gente contra los huelguistas, por los medios que fuera. Se presentó a estos
como destructivos y perjudiciales para el conjunto de la sociedad, y contrarios
a los intereses comunes, que eran los nuestros, los del empresario, el
trabajador o el ama de casa, es decir, todos nosotros. Queremos estar unidos y
tener cosas
como la armonía y el orgullo de ser americanos, y trabajar juntos.
Pero resulta que estos huelguistas malvados de ahí afuera son subversivos,
arman jaleo, rompen la armonía y atentan contra el orgullo de América, y hemos
de pararles los pies. El ejecutivo de una empresa y el
chico que limpia
los suelos tienen los mismos intereses. Hemos de trabajar todos juntos y
hacerlo por el país y en armonía, con simpatía y cariño los unos por los otros.
Este era, en esencia, el mensaje. Y se hizo un gran esfuerzo para hacerlo
público; después de todo, estamos hablando
del poder
financiero y empresarial, es decir, el que controla los medios de información y
dispone de recursos a gran escala, por lo cual funcionó, y de manera muy
eficaz. Más adelante este método se conoció
como la fórmula
Mohawk VaIley, aunque se le denominaba también: método científico para impedir
huelgas. Se aplicó una y otra vez para romper huelgas, y daba muy buenos
resultados cuando se trataba de movilizar a la opinión pública a favor de
conceptos vacíos de contenido,
como el orgullo de ser americano. ¿Quién puede estar en contra de
esto? O la armonía. ¿Quién puede estar en contra? O,
como en la
guerra
del golfo Pérsico, apoyad a nuestras tropas. ¿Quién podía estar en
contra? O los lacitos amarillos. ¿Hay alguien que esté en contra? Sólo alguien
completamente necio.

De hecho, ¿qué pasa si alguien le
pregunta si da usted su apoyo a la gente de
Iowa? Se puede
contestar diciendo Sí, le doy mi apoyo, o No, no la apoyo. Pero ni siquiera es
una pregunta: no significa nada. Esta es la cuestión. La clave de los eslóganes
de las relaciones públicas
como “Apoyad a nuestras tropas” es que no significan nada, o, como mucho, lo
mismo que apoyar a los habitantes de
Iowa. Pero,
por supuesto había una cuestión importante que se podía haber resuelto haciendo
la pregunta: ¿Apoya usted nuestra política? Pero, claro, no se trata de que la
gente se plantee cosas
como esta. Esto es lo único que importa en la buena propaganda. Se
trata de crear un eslogan que no pueda recibir ninguna oposición, bien al contrario,
que todo el mundo esté a favor. Nadie sabe lo que significa porque no significa
nada, y su importancia decisiva estriba en que distrae la atención de la gente
respecto de preguntas que sí significan algo: ¿Apoya usted nuestra política?
Pero sobre esto no se puede hablar. Así que tenemos a todo el mundo discutiendo
sobre el apoyo a las tropas: Desde luego, no dejaré de apoyarles. Por tanto,
ellos han ganado. Es
como lo del orgullo americano y la armonía. Estamos todos juntos, en torno a
eslóganes vacíos, tomemos parte en ellos y asegurémonos de que no habrá gente
mala en nuestro alrededor que destruya nuestra paz social con sus discursos
acerca de la lucha de clases, los derechos civiles y todo este tipo de cosas.

Todo es muy eficaz y hasta hoy ha funcionado
perfectamente. Desde luego consiste en algo razonado y elaborado con sumo
cuidado: la gente que se dedica a las relaciones públicas no está ahí para
divertirse; está haciendo un trabajo, es decir, intentando inculcar los valores
correctos. De hecho, tienen una idea de lo que debería ser la democracia: un
sistema en el que la clase especializada está entrenada para trabajar al
servicio de los amos, de los dueños de la sociedad, mientras que al resto de la
población se le priva de toda forma de organización para evitar así los
problemas que pudiera causar. La mayoría de los individuos tendrían que
sentarse frente al televisor y masticar religiosamente el mensaje, que no es
otro que el que dice que lo único que tiene valor en la vida es poder consumir cada
vez más y mejor y vivir igual que esta familia de clase media que aparece en la
pantalla y exhibir valores como la armonía y el orgullo americano. La vida
consiste en esto. Puede que usted piense que ha de haber algo más, pero en el
momento en que se da cuenta que está solo, viendo la televisión, da por sentado
que esto es todo lo que existe ahí afuera, y que es una locura pensar en que
haya otra cosa. Y desde el momento en que está prohibido organizarse, lo que es
totalmente decisivo, nunca se está en condiciones de averiguar si realmente
está uno loco o simplemente se da todo por bueno, que es lo más lógico que se
puede hacer.

Así pues, este es el ideal, para alcanzar
el cual se han desplegado grandes esfuerzos. Y es evidente que detrás de él hay
una cierta concepción: la de democracia, tal
como ya se ha
dicho. El rebaño desconcertado es un problema. Hay que evitar que brame y
pisotee, y para ello habrá que distraerlo. Será cuestión de conseguir que los
sujetos que lo forman se queden en casa viendo partidos de fútbol, culebrones o
películas violentas, aunque de vez en cuando se les saque
del sopor y se
les convoque a corear eslóganes sin sentido,
como Apoyad a.
nuestras tropas. Hay que hacer que conserven un miedo permanente, porque a
menos que estén debidamente atemorizados por todos los posibles males que
pueden destruirles, desde dentro o desde fuera, podrían empezar a pensar por sí
mismos, lo cual es muy peligroso ya que no tienen la capacidad de hacerlo. Por
ello es importante distraerles y marginarles.

Esta es una idea de democracia. De hecho,
si nos re montamos al pasado, la última victoria legal de los trabajadores fue
realmente en 1935, con la Ley Wagner. Después tras el inicio de la Primera
Guerra Mundial, los sindicatos entraron en un declive, al igual que lo hizo una
rica y fértil cultura obrera vinculada directamente con aquellos. Todo quedó
destruido y nos vimos trasladados a una sociedad dominada de manera singular
por los criterios empresariales. Era esta la única sociedad industrial, dentro
de un sistema capitalista de Estado, en la que ni siquiera se producía el pacto
social habitual que se podía dar en latitudes comparables. Era la única
sociedad industrial -aparte de Sudáfrica, supongo- que no tenía un servicio
nacional de asistencia sanitaria. No existía ningún compromiso para elevar los
estándares mínimos de supervivencia de los segmentos de la población que no
podían seguir las normas y directrices imperantes ni conseguir nada por sí
mismos en el
plano individual. Por otra parte, los sindicatos prácticamente no
existían, al igual que ocurría con otras formas de asociación en la esfera
popular. No había organizaciones políticas ni partidos: muy lejos se estaba,
por tanto,
del ideal, al menos en el plano
estructural. Los medios de información constituían un monopolio
corporativizado; todos expresaban los mismos puntos de vista. Los dos partidos
eran dos facciones
del partido del poder financiero y empresarial. Y así la mayor parte de la
población ni tan solo se molestaba en ir a votar ya que ello carecía totalmente
de sentido, quedando, por ello, debidamente marginada. Al menos este era el
objetivo. La verdad es que el personaje más destacado de la industria de las
relaciones públicas, Edward Bernays, procedía de la Comisión Creel. Formó parte
de ella, aprendió bien la lección y se puso manos a la obra a desarrollar lo
que él mismo llamó la ingeniería
del consenso,
que describió
como la esencia de la democracia.

Los individuos capaces de fabricar
consenso son los que tienen los recursos y el poder de hacerlo -la comunidad
financiera y empresarial- y para ellos trabajamos.

Fabricación de la opinión También es
necesario recabar el apoyo de la población a las aventuras exteriores.
Normalmente la gente es pacifista, tal
como sucedía
durante la Primera Guerra Mundial, ya que no ve razones que justifiquen la
actividad bélica, la muerte y la tortura. Por ello, para procurarse este apoyo
hay que aplicar ciertos estímulos; y para estimularles hay que asustarles. El
mismo Bernays tenía en su haber un importante logro a este respecto, ya que fue
el encargado de dirigir la campaña de relaciones públicas de la United Fruit
Company en 1954, cuando los Estados Unidos intervinieron militarmente para
derribar al gobierno democrático-capitalista de Guatemala e instalaron en su
lugar un régimen sanguinario de escuadrones de la muerte, que se ha mantenido
hasta nuestros días a base de repetidas infusiones de ayuda norteamericana que
tienen por objeto evitar algo más que desviaciones democráticas vacías de contenido.
En estos casos, es necesario hacer tragar por la fuerza una y otra vez
programas domésticos hacia los que la gente se muestra contraria, ya que no
tiene ningún sentido que el público esté a favor de programas que le son
perjudiciales. Y esto, también, exige una propaganda amplia y general, que
hemos tenido oportunidad de ver en muchas ocasiones durante los últimos diez
años. Los programas de la era Reagan eran abrumadoramente impopulares. Los
votantes de la victoria arrolladora de Reagan en 1984 esperaban, en una
proporción de tres a dos, que no se promulgaran las medidas legales anunciadas.
Si tomamos programas concretos,
como el gasto en armamento, o la reducción de recursos en materia de
gasto social, etc., prácticamente todos ellos recibían una oposición frontal
por parte de la gente. Pero en la medida en que se marginaba y apartaba a los
individuos de la cosa pública y estos no encontraban el modo de organizar y
articular sus sentimientos, o incluso de saber que había otros que compartían
dichos sentimientos, los que decían que preferían el gasto social al gasto
militar -y lo expresaban en los sondeos, tal como sucedía de manera
generalizada- daban por supuesto que eran los únicos con tales ideas
disparatadas en la cabeza. Nunca habían oído estas cosas de nadie más, ya que
había que suponer que nadie pensaba así; y si lo había, y era sincero en las
encuestas, era lógico pensar que se trataba de un bicho raro. Desde el momento
en que un individuo no encuentra la manera de unirse a otros que comparten o
refuerzan este parecer y que le pueden transmitir la ayuda necesaria para
articularlo, acaso llegue a sentir que es alguien excéntrico, una rareza en un
mar de normalidad. De modo que acaba permaneciendo al margen, sin prestar
atención a lo que ocurre, mirando hacia, otro lado,
como por
ejemplo la final de Copa.

Así pues, hasta cierto punto se alcanzó
el ideal, aunque nunca de forma completa, ya que hay instituciones que hasta
ahora ha sido imposible destruir: por ejemplo, las iglesias. Buena parte de la
actividad disidente de los Estados Unidos se producía en las iglesias por la
sencilla razón de que estas existían. Por ello, cuando había que dar una
conferencia de carácter político en un país europeo era muy probable que se
celebrara en los locales de algún sindicato, cosa harto difícil en América ya
que, en primer lugar, estos apenas existían o, en el mejor de los casos, no
eran organizaciones políticas. Pero las iglesias sí existían, de manera que las
charlas y conferencias se hacían con frecuencia en ellas: la solidaridad con
Centroamérica se originó en su mayor parte en las iglesias, sobre todo porque
existían.

El rebaño desconcertado nunca acaba de
estar debidamente domesticado: es una batalla permanente. En la década de 1930
surgió otra vez, pero se pudo sofocar el movimiento. En los años sesenta
apareció una nueva ola de disidencia, a la cual la clase especializada le puso
el nombre de crisis de la democracia. Se consideraba que la democracia estaba
entrando en una crisis porque amplios segmentos de la población se estaban
organizando de manera activa y estaban intentando participar en la arena
política. El conjunto de élites coincidían en que había que aplastar el
renacimiento democrático de los sesenta y poner en marcha un sistema social en
el que los recursos se canalizaran hacia las clases acaudaladas privilegiadas.
Y aquí hemos de volver a las dos concepciones de democracia que hemos
mencionado en párrafos anteriores. Según la definición
del
diccionario, lo anterior constituye un avance en democracia; según el criterio
predominante, es un problema, una crisis que ha de ser vencida. Había que
obligar a la población a que retrocediera y volviera a la apatía, la obediencia
y la pasividad, que conforman su estado natural, para lo cual se hicieron grandes
esfuerzos, si bien no funcionó. Afortunadamente, la crisis de la democracia
todavía está vivita y coleando, aunque no ha resultado muy eficaz a la hora de
conseguir un cambio político. Pero, contrariamente a lo que mucha gente cree,
sí ha dado resultados en lo que se refiere al cambio de la opinión pública.

Después de la década de 1960 se hizo todo
lo posible para que la enfermedad diera marcha atrás. La verdad es que uno de
los aspectos centrales de dicho mal tenía un nombre técnico: el síndrome de
Vietnam, término que surgió en torno a 1970 y que de vez en cuando
encuentra nuevas definiciones. El intelectual reaganista Norman Podhoretz habló
de él
como las inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar.
Pero resulta que era la mayoría de la gente la que experimentaba dichas
inhibiciones contra la violencia, ya que simplemente no entendía por qué había
que ir por el mundo torturando, matando o lanzando bombardeos intensivos.
Como ya supo
Goebbels en su día, es muy peligroso que la población se rinda ante estas
inhibiciones enfermizas, ya que en ese caso habría un límite a las veleidades
aventureras de un país fuera de sus fronteras. Tal
como decía con
orgullo el Washington Post durante la histeria colectiva que se produjo durante
la guerra
del golfo Pérsico, es necesario infundir en la gente respeto por los
valores marciales. Y eso sí es importante. Si se quiere tener una sociedad
violenta que avale la utilización de la fuerza en todo el mundo para alcanzar
los fines de su propia élite doméstica, es necesario valorar debidamente las
virtudes guerreras y no esas inhibiciones achacosas acerca del uso de la
violencia. Esto es el síndrome de
Vietnam: hay que vencerlo.

La representación como realidad
También es preciso falsificar totalmente la historia. Ello constituye otra
manera de vencer esas inhibiciones enfermizas, para simular que cuando atacamos
y destruimos a alguien lo que estamos haciendo en realidad es proteger y
defendernos a nosotros mismos de los peores monstruos y agresores, y cosas por
el estilo. Desde la guerra del Vietnam se ha realizado un enorme esfuerzo por
reconstruir la historia. Demasiada gente, incluidos gran número de soldados y
muchos jóvenes que estuvieron involucrados en movimientos por
la paz o
antibelicistas, comprendía lo que estaba pasando. Y eso no era bueno. De nuevo
había que poner orden en aquellos malos pensamientos y recuperar alguna forma
de cordura, es decir, la aceptación de que sea lo que fuere lo que hagamos,
ello es noble y correcto. Si bombardeábamos Vietnam del Sur, se debía a que
estábamos defendiendo el país de alguien, esto es, de los sudvietnamitas, ya
que allí no había nadie más. Es lo que los intelectuales kenedianos denominaban
defensa contra la agresión interna en Vietnam del Sur, expresión acuñada por
Adiai Stevenson, entre otros. Así pues, era necesario que esta fuera la imagen
oficial e inequívoca; y ha funcionado muy bien, ya que si se tiene el control
absoluto de los medios de comunicación y el sistema educativo y la
intelectualidad son conformistas, puede surtir efecto cualquier política. Un
indicio de ello se puso de manifiesto en un estudio llevado a cabo en la
Universidad de Massachussets sobre las diferentes actitudes ante la crisis
del Golfo
Pérsico, y que se centraba en las opiniones que se manifestaban mientras se
veía la televisión. Una de las preguntas de dicho estudio era: ¿Cuantas
víctimas vietnamitas calcula usted que hubo durante la guerra
del Vietnam? La respuesta promedio que se daba era en torno a 100.000,
mientras que las cifras oficiales hablan de dos millones, y las reales
probablemente sean de tres o cuatro millones. Los responsables
del estudio
formulaban a continuación una pregunta muy oportuna: ¿Qué pensaríamos de la
cultura política alemana si cuando se le preguntara a la gente cuantos judíos
murieron en el Holocausto la respuesta fuera unos 300.000? La pregunta quedaba
sin respuesta, pero podemos tratar de encontrarla. ¿Qué nos dice todo esto
sobre nuestra cultura? Pues bastante: es preciso vencer las inhibiciones enfermizas
respecto al uso de la fuerza militar y a otras desviaciones democráticas. Y en
este caso dio resultados satisfactorios y demostró ser cierto en todos los
terrenos posibles: tanto si elegimos Próximo Oriente, el terrorismo
internacional o Centroamérica. El cuadro
del mundo que
se presenta a la gente no tiene la más mínima relación con la realidad, ya que
la verdad sobre cada asunto queda enterrada bajo montañas de mentiras. Se ha
alcanzado un éxito extraordinario en el sentido de disuadir las amenazas
democráticas, y lo realmente interesante es que ello se ha producido en
condiciones de libertad. No es
como en un estado totalitario, donde todo se hace por la fuerza. Esos
logros son un fruto conseguido sin violar la libertad. Por ello, si queremos
entender y conocer nuestra sociedad, tenemos que pensar en todo esto, en estos
hechos que son importantes para todos aquellos que se interesan y preocupan por
el tipo de sociedad en el que viven.

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