El control de los medios de comunicación (2)

La cultura disidente A pesar de todo, la
cultura disidente sobrevivió, y ha experimentado un gran crecimiento desde la
década de los sesenta. Al principio su desarrollo era sumamente lento, ya que,
por ejemplo, no hubo protestas contra la guerra de Indochina hasta algunos años
después de que los Estados Unidos empezaran a bombardear Vietnam del Sur. En
los inicios de su andadura era un reducido movimiento contestatario, formado en
su mayor parte por estudiantes y jóvenes en general, pero hacia principios de
los setenta ya había cambiado de forma notable. Habían surgido movimientos
populares importantes: los ecologistas, las feministas, los antinucleares,
etcétera. Por otro lado, en la década de 1980 se produjo una expansión incluso
mayor y que afectó a todos los movimientos de solidaridad, algo realmente nuevo
e importante al menos en la historia de América y quizás en toda la disidencia
mundial. La verdad es que estos eran movimientos que no sólo protestaban sino
que se implicaban a fondo en las vidas de todos aquellos que sufrían por alguna
razón en cualquier parte
del mundo. Y sacaron tan buenas lecciones de todo ello, que
ejercieron un enorme efecto civilizador sobre las tendencias predominantes en
la opinión pública
americana. Y a partir de ahí se marcaron diferencias, de modo que
cualquiera que haya estado involucrado es este tipo de actividades durante
algunos años ha de saberlo perfectamente. Yo mismo soy consciente de que el
tipo de conferencias que doy en la actualidad en las regiones más reaccionarias
del país -la Georgia central, el Kentucky rural- no las podría haber
pronunciado, en el momento culminante del movimiento pacifista, ante una
audiencia formada por los elementos más activos de dicho movimiento. Ahora, en
cambio, en ninguna parte hay ningún problema. La gente puede estar o no de
acuerdo, pero al menos comprende de qué estás hablando y hay una especie de
terreno común en el que es posible cuando menos entenderse.

A pesar de toda la propaganda y de todos
los intentos por controlar el pensamiento y fabricar el consenso, lo anterior
constituye un conjunto de signos de efecto civilizador. Se está adquiriendo una
capacidad y una buena disposición para pensar las cosas con el máximo
detenimiento. Ha crecido el escepticismo acerca
del poder.

Han cambiado muchas actitudes hacia un
buen número de cuestiones, lo que ha convertido todo este asunto en algo lento,
quizá incluso frío, pero perceptible e importante, al margen de si acaba siendo
o no lo bastante rápido
como para influir de manera significativa en los aconteceres del mundo.
Tomemos otro ejemplo: la brecha que se ha abierto en relación con el género. A
principios de la década de 1960 las actitudes de hombres y mujeres eran
aproximadamente las mismas en asuntos
como las
virtudes castrenses, igual que lo eran las inhibiciones enfermizas respecto al
uso de la fuerza militar. Por entonces, nadie, ni hombres ni mujeres, se
resentía a causa de dichas posturas, dado que las respuestas coincidían: todo
el mundo pensaba que la utilización de la violencia para reprimir a la gente de
por ahí estaba justificada. Pero con el tiempo las cosas han cambiado. Aquellas
inhibiciones han experimentado un crecimiento lineal, aunque al mismo tiempo ha
aparecido un desajuste que poco a poco ha llegado a ser sensiblemente
importante y que según los sondeos ha alcanzado el 20%. ¿Qué ha pasado? Pues
que las mujeres han formado un tipo de movimiento popular semi organizado, el
movimiento feminista, que ha ejercido una influencia decisiva, ya que, por un
lado, ha hecho que muchas mujeres se dieran cuenta de que no estaban solas, de
que había otras con quienes compartir las mismas ideas, y, por otro, en la
organización se pueden apuntalar los pensamientos propios y aprender más acerca
de las opiniones e ideas que cada uno tiene. Si bien estos movimientos son en
cierto modo informales, sin carácter militante, basados más bien en una
disposición
del ánimo en favor de las interacciones personales, sus efectos
sociales han sido evidentes. Y este es el peligro de la democracia: si se
pueden crear organizaciones, si la gente no permanece simplemente pegada al
televisor, pueden aparecer estas ideas extravagantes,
como las
inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar. Hay que vencer
estas tentaciones, pero no ha sido todavía posible.

Desfile de enemigos En vez de hablar de
la guerra pasada, hablemos de la guerra que viene, porque a veces es más útil
estar preparado para lo que puede venir que simplemente reaccionar ante lo que
ocurre. En la actualidad se está produciendo en los Estados Unidos -y no es el
primer país en que esto sucede- un proceso muy característico. En el ámbito
interno, hay problemas económicos y sociales crecientes que pueden devenir en
catástrofes, y no parece haber nadie, de entre los que detentan el poder, que
tenga intención alguna de prestarles atención. Si se echa una ojeada a los
programas de las distintas administraciones durante los últimos diez años no se
observa ninguna propuesta seria sobre lo que hay que hacer para resolver los
importantes problemas relativos a la salud, la educación, los que no tienen
hogar, los parados, el índice de criminalidad, la delincuencia creciente que
afecta a amplias capas de la población, las cárceles, el deterioro de los
barrios periféricos, es decir, la colección completa de problemas conocidos.
Todos conocemos la situación, y sabemos que está empeorando. Solo en los dos
años que George Bush estuvo en el poder hubo tres millones más de niños que
cruzaron el umbral de la pobreza, la deuda externa creció progresivamente, los
estándares educativos experimentaron un declive, los salarios reales
retrocedieron al nivel de finales de los años cincuenta para la gran mayoría de
la población, y nadie hizo absolutamente nada para remediarlo. En estas
circunstancias hay que desviar la atención del rebaño desconcertado ya que si
empezara a darse cuenta de lo que ocurre podría no gustarle, porque es quien
recibe directamente las consecuencias de lo anterior. Acaso entretenerles
simplemente con la final de Copa o los culebrones no sean suficientes y haya
que avivar en él el miedo a los enemigos. En los años treinta Hitler difundió
entre los alemanes el miedo a los judíos y a los gitanos: había que machacarles
como forma de autodefensa. Pero nosotros también tenemos nuestros métodos. A lo
largo de la última década, cada año o a lo sumo cada dos, se fabrica algún
monstruo de primera línea del que hay que defenderse. Antes los que estaban más
a mano eran los rusos, de modo que había que estar siempre a punto de
protegerse de ellos. Pero, por desgracia, han perdido atractivo
como enemigo, y
cada vez resulta más difícil utilizarles
como tal, de
modo que hay que hacer que aparezcan otros de nueva estampa. De hecho, la gente
fue bastante injusta al criticar a George Bush por haber sido incapaz de
expresar con claridad hacia dónde estábamos siendo impulsados, ya que hasta
mediados de los años ochenta, cuando andábamos despistados se nos ponía
constantemente el mismo disco: que vienen los rusos. Pero al perderlos
como
encarnación
del lobo feroz hubo que fabricar otros, al igual que hizo el aparato
de relaciones públicas reaganiano en su momento. Y así, precisamente con Bush,
se empezó a utilizar a los terroristas internacionales, a los narcotraficantes,
a los locos caudillos árabes o a Saddam Hussein, el nuevo Hitler que iba a
conquistar el mundo. Han tenido que hacerles aparecer a uno tras otro,
asustando a la población, aterrorizándola, de forma que ha acabado muerta de
miedo y apoyando cualquier iniciativa
del poder. Así
se han podido alcanzar extraordinarias victorias sobre
Granada,
Panamá, o algún otro ejército del Tercer Mundo al que se puede pulverizar antes
de siquiera tomarse la molestia de mirar cuántos son. Esto da un gran alivio,
ya que nos hemos salvado en el último momento.

Tenemos así, pues, uno de los métodos con
el cual se puede evitar que el rebaño desconcertado preste atención a lo que
está sucediendo a su alrededor, y permanezca distraído y controlado. Recordemos
que la operación terrorista internacional más importante llevada a cabo hasta
la fecha ha sido la operación Mongoose, a cargo de la administración Kennedy, a
partir de la cual este tipo de actividades prosiguieron contra
Cuba.
Parece que no ha habido nada que se le pueda comparar ni de lejos, a excepción
quizás de la guerra contra
Nicaragua, si convenimos en denominar aquello también terrorismo. El
Tribunal de La Haya consideró que aquello era algo más que una agresión.

Cuando se trata de construir un monstruo
fantástico siempre se produce una ofensiva ideológica, seguida de campañas para
aniquilarlo. No se puede atacar si el adversario es capaz de defenderse: sería
demasiado peligroso. Pero si se tiene la seguridad de que se le puede vencer,
quizá se le consiga despachar rápido y lanzar así otro suspiro de alivio.

Percepción selectiva Esto ha venido
sucediendo desde hace tiempo. En mayo de 1986 se publicaron las memorias
del preso
cubano liberado Armando Valladares, que causaron rápidamente sensación en los
medios de comunicación. Voy a brindarles algunas citas textuales. Los medios
informativos describieron sus revelaciones
como «el relato
definitivo
del inmenso sistema de prisión y tortura con el que Castro castiga y
elimina a la oposición política». Era «una descripción evocadora e inolvidable»
de las «cárceles bestiales, la tortura inhumana [y] el historial de violencia
de estado [bajo] todavía uno de los asesinos de masas de este siglo», del que
nos enteramos, por fin, gracias a este libro, que «ha creado un nuevo
despotismo que ha institucionalizado la tortura como mecanismo de control
social» en el «infierno que era la Cuba en la que [Valladares] vivió». Esto es
lo que apareció en el Washington Post y el New York Times en sucesivas reseñas.
Las atrocidades de Castro -descrito como un «matón dictador»- se revelaron en
este libro de manera tan concluyente que «solo los intelectuales occidentales
fríos e insensatos saldrán en defensa del tirano», según el primero de los
diarios citados. Recordemos que estamos hablando de lo que le ocurrió a un
hombre. Y supongamos que todo lo que se dice en el libro es verdad. No le
hagamos demasiadas preguntas al protagonista de la historia. En una ceremonia
celebrada en la Casa Blanca con motivo del Día de los Derechos Humanos, Ronald
Reagan destacó a Armando Valladares e hizo mención especial de su coraje al
soportar el sadismo
del sangriento dictador cubano. A continuación, se le designó
representante de los Estados Unidos en la Comisión de Derechos Humanos de las
Naciones Unidas. Allí tuvo la oportunidad de prestar notables servicios en la
defensa de los gobiernos de El Salvador y Guatemala en el momento en que
estaban recibiendo acusaciones de cometer atrocidades a tan gran escala que
cualquier vejación que Valladares pudiera haber sufrido tenía que considerarse
forzosamente de mucha menor entidad. Así es
como están las
cosas.

La historia que viene ahora también
ocurría en mayo de 1986, y nos dice mucho acerca de la fabricación
del consenso.
Por entonces, los supervivientes
del Grupo de
Derechos Humanos de
El
Salvador
-sus
líderes habían sido asesinados- fueron detenidos y torturados, incluyendo al
director, Herbert Anaya. Se les encarceló en una prisión llamada La Esperanza,
pero mientras estuvieron en ella continuaron su actividad de defensa de los
derechos humanos, y, dado que eran abogados, siguieron tomando declaraciones
juradas. Había en aquella cárcel 432 presos, de los cuales 430 declararon y
relataron bajo juramento las torturas que habían recibido: aparte de la picana
y otras atrocidades, se incluía el caso de un interrogatorio, y la tortura
consiguiente, dirigido por un oficial
del ejército
de los Estados Unidos de uniforme, al cual se describía con todo detalle. Ese
informe -160 páginas de declaraciones juradas de los presos- constituye un
testimonio extraordinariamente explícito y exhaustivo, acaso único en lo
referente a los pormenores de lo que ocurre en una cámara de tortura. No sin
dificultades se consiguió sacarlo al exterior, junto con una cinta de vídeo que
mostraba a la gente mientras testificaba sobre las torturas, y la Marin County
Interfaith Task Force (Grupo de trabajo multi confesional
Marin County) se
encargó de distribuirlo. Pero la prensa nacional se negó a hacer su cobertura
informativa y las emisoras de televisión rechazaron la emisión
del vídeo.
Creo que
como mucho apareció un artículo en el periódico local de Marin County,
el San Francisco Examiner. Nadie iba a tener interés en aquello. Porque
estábamos en la época en que no eran pocos los intelectuales insensatos y
ligeros de cascos que estaban cantando alabanzas a José Napoleón Duarte y
Ronald Reagan.

Anaya no fue objeto de ningún homenaje.
No hubo lugar para él en el Día de los Derechos Humanos. No fue elegido para
ningún cargo importante. En vez de ello fue liberado en un intercambio de
prisioneros y posteriormente asesinado, al parecer por las fuerzas de seguridad
siempre apoyadas militar y económicamente por los Estados Unidos. Nunca se tuvo
mucha información sobre aquellos hechos: los medios de comunicación no llegaron
en ningún momento a preguntarse si la revelación de las atrocidades que se
denunciaban -en vez de mantenerlas en secreto y silenciarlas- podía haber
salvado su vida.

Todo lo anterior nos enseña mucho acerca del modo de
funcionamiento de un sistema de fabricación de consenso. En comparación con las
revelaciones de Herbert Anaya en
El Salvador, las memorias de Valladares son como una pulga
al lado de un elefante. Pero no podemos ocuparnos de pequeñeces, lo cual nos
conduce hacia la próxima guerra. Creo que cada vez tendremos más noticias sobre
todo esto, hasta que tenga lugar la operación siguiente.

Sólo algunas consideraciones sobre lo
último que se ha dicho, si bien al final volveremos sobre ello. Empecemos
recordando el estudio de la Universidad de Massachussets ya mencionado, ya que
llega a conclusiones interesantes. En él se preguntaba a la gente si creía que
los Estados Unidos debían intervenir por la fuerza para impedir la invasión
ilegal de un país soberano o para atajar los abusos cometidos contra los
derechos humanos. En una proporción de dos a uno la respuesta
del público
americano era afirmativa. Había que utilizar la fuerza militar para que se
diera marcha atrás en cualquier caso de invasión o para que se respetaran los
derechos humanos. Pero si los Estados Unidos tuvieran que seguir al pie de la
letra el consejo que se deriva de la citada encuesta, habría que bombardear El
Salvador, Guatemala, Indonesia, Damasco, Tel Aviv, Ciudad del Cabo, Washington,
y una lista interminable de países, ya que todos ellos representan casos
manifiestos, bien de invasión ilegal, bien de violación de derechos humanos. Si
uno conoce los hechos vinculados a estos ejemplos, comprenderá perfectamente
que la agresión y las atrocidades de Saddam Hussein -que tampoco son de
carácter extremo- se incluyen claramente dentro de este abanico de casos. ¿Por
qué, entonces, nadie llega a esta conclusión? La respuesta es que nadie sabe lo
suficiente. En un sistema de propaganda bien engrasado nadie sabrá de qué hablo
cuando hago una lista
como la anterior. Pero si alguien se molesta en examinarla con
cuidado, verá que los ejemplos son totalmente apropiados.

Tomemos uno que, de forma amenazadora,
estuvo a punto de ser percibido durante la guerra del Golfo. En febrero, justo
en la mitad de la campaña de bombardeos, el gobierno del Líbano solicitó a
Israel que observara la resolución 425 del Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas, de marzo de 1978, por la que se le exigía que se retirara inmediata e
incondicionalmente del Líbano. Después de aquella fecha ha habido otras
resoluciones posteriores redactadas en los mismos términos, pero desde luego
Israel no ha acatado ninguna de ellas porque los Estados Unidos dan su
apoyo al mantenimiento de la ocupación. Al mismo tiempo, el sur del Líbano
recibe las embestidas
del terrorismo del estado judío, y no solo brinda espacio para la ubicación de
campos de tortura y aniquilamiento sino que también se utiliza
como base para
atacar a otras partes
del país. Desde 1978, fecha de la resolución citada, el Líbano fue
invadido, la ciudad de Beirut sufrió continuos bombardeos, unas 20.000 personas
murieron -en torno al 80% eran civiles-, se destruyeron hospitales, y la
población tuvo que soportar todo el daño imaginable, incluyendo el robo y el
saqueo. Excelente… los Estados Unidos lo apoyaban. Es solo un ejemplo. La
cuestión está en que no vimos ni oímos nada en los medios de información acerca
de todo ello, ni siquiera una discusión sobre si Israel y los Estados Unidos
deberían cumplir la resolución 425 del Consejo de Seguridad, o cualquiera de
las otras posteriores, del mismo modo que nadie solicitó el bombardeo de Tel
Aviv, a pesar de los principios defendidos por dos tercios de la población.
Porque, después de todo, aquello es una ocupación ilegal de un territorio en el
que se violan los derechos humanos. Solo es un ejemplo, pero los hay incluso
peores. Cuando el ejército de
Indonesia invadió Timor Oriental dejó un rastro de 200.000 cadáveres, cifra
que no parece tener importancia al lado de otros ejemplos. El caso es que
aquella invasión también recibió el apoyo claro y explícito de los Estados
Unidos, que todavía prestan al gobierno indonesio ayuda diplomática y militar.
Y podríamos seguir indefinidamente.

La guerra del Golfo Veamos otro ejemplo
mas reciente. Vamos viendo cómo funciona un sistema de propaganda bien
engrasado. Puede que la gente crea que el uso de la fuerza contra Irak se debe
a que América observa realmente el principio de que hay que hacer frente a las
invasiones de países extranjeros o a las transgresiones de los derechos humanos
por la vía militar, y que no vea, por el contrario, qué pasaría si estos
principios fueran también aplicables a la conducta política de los Estados
Unidos. Estamos antes un éxito espectacular de la propaganda.

Tomemos otro caso. Si se analiza
detenidamente la cobertura periodística de la guerra desde el mes de agosto
(1990), se ve, sorprendentemente, que faltan algunas opiniones de cierta
relevancia. Por ejemplo, existe una oposición democrática iraquí de cierto
prestigio, que, por supuesto, permanece en el exilio dada la quimera de
sobrevivir en Irak. En su mayor parte están en Europa y son banqueros,
ingenieros, arquitectos, gente así, es decir, con cierta elocuencia, opiniones
propias y capacidad y disposición para expresarlas. Pues bien, cuando Saddam
Hussein era todavía el amigo favorito de Bush y un socio comercial
privilegiado, aquellos miembros de la oposición acudieron a Washington, según
las fuentes iraquíes en el exilio, a solicitar algún tipo de apoyo a sus
demandas de constitución de un parlamento democrático en Irak. Y claro, se les
rechazó de
plano, ya que los Estados Unidos no estaban en absoluto interesados en
lo mismo. En los archivos no consta que hubiera ninguna reacción ante aquello.

A partir de agosto fue un poco más
difícil ignorar la existencia de dicha oposición, ya que cuando de repente se
inició el enfrentamiento con Saddam Hussein después de haber sido su más firme
apoyo durante años, se adquirió también conciencia de que existía un grupo de
demócratas iraquíes que seguramente tenían algo que decir sobre el asunto. Por lo
pronto, los opositores se sentirían muy felices si pudieran ver al dictador
derrocado y encarcelado, ya que había matado a sus hermanos, torturado a sus
hermanas y les había mandado a ellos mismos al exilio. Habían estado luchando
contra aquella tiranía que Ronald Reagan y George Bush habían estado
protegiendo. ¿Por qué no se tenía en cuenta, pues, su opinión? Echemos un
vistazo a los medios de información de ámbito nacional y tratemos de encontrar
algo acerca de la oposición democrática iraquí desde agosto de 1990 hasta marzo
de 1991: ni una línea. Y no es a causa de que dichos resistentes en el exilio
no tengan facilidad de palabra, ya que hacen repetidamente declaraciones,
propuestas, llamamientos y solicitudes, y, si se les observa, se hace difícil
distinguirles de los componentes
del movimiento
pacifista americano. Están contra Saddam Hussein y contra la intervención
bélica en Irak. No quieren ver cómo su país acaba siendo destruido, desean y
son perfectamente conscientes de que es posible una solución pacífica
del conflicto.
Pero parece que esto no es políticamente correcto, por lo que se les ignora por
completo. Así que no oímos ni una palabra acerca de la oposición democrática
iraquí, y si alguien está interesado en saber algo de ellos puede comprar la
prensa alemana o la británica. Tampoco es que allí se les haga mucho caso, pero
los medios de comunicación están menos controlados que los americanos, de modo
que, cuando menos, no se les silencia por completo.

Lo descrito en los párrafos anteriores ha
constituido un logro espectacular de la propaganda. En primer lugar, se ha
conseguido excluir totalmente las voces de los demócratas iraquíes
del escenario
político, y, segundo, nadie se ha dado cuenta, lo cual es todavía más
interesante. Hace falta que la población esté profundamente adoctrinada para
que no haya reparado en que no se está dando cancha a las opiniones de la
oposición iraquí, aunque, caso de haber observado el hecho, si se hubiera
formulado la pregunta ¿por qué?, la respuesta habría sido evidente: porque los
demócratas iraquíes piensan por sí mismos; están de acuerdo con los
presupuestos del movimiento pacifista internacional, y ello les coloca en fuera
de juego.

Veamos ahora las razones que justificaban
la guerra. Los agresores no podían ser recompensados por su acción, sino que
había que detener la agresión mediante el recurso inmediato a la violencia:
esto lo explicaba todo. En esencia, no se expuso ningún otro motivo. Pero, ¿es
posible que sea esta una explicación admisible? ¿Defienden en verdad los
Estados Unidos estos principios: que los agresores no pueden obtener ningún
premio por su agresión y que esta debe ser abortada mediante el uso de la
violencia? No quiero poner a prueba la inteligencia de quien me lea al repasar
los hechos, pero el caso es que un adolescente que simplemente supiera leer y
escribir podría rebatir estos argumentos en dos minutos. Pero nunca nadie lo
hizo. Fijémonos en los medios de comunicación, en los comentaristas y críticos
liberales, en aquellos que declaraban ante el Congreso, y veamos si había
alguien que pusiera en entredicho la suposición de que los Estados Unidos era
fiel de verdad a esos principios. ¿Se han opuesto los Estados Unidos a su
propia agresión a Panamá, y se ha insistido, por ello, en bombardear
Washington?
Cuando se declaró ilegal la invasión de
Namibia por parte de Sudáfrica, ¿impusieron los Estados Unidos sanciones
y embargos de alimentos y medicinas? ¿Declararon la guerra? ¿Bombardearon
Ciudad del Cabo? No, transcurrió un período de veinte años de diplomacia
discreta. Y la verdad es que no fue muy divertido lo que ocurrió durante estos
años, dominados por las administraciones de Reagan y Bush, en los que
aproximadamente un millón y medio de personas fueron muertas a manos de
Sudáfrica en los países limítrofes. Pero olvidemos lo que ocurrió en Sudáfrica
y Namibia: aquello fue algo que no lastimó nuestros espíritus sensibles.
Proseguimos con nuestra diplomacia discreta para acabar concediendo una
generosa recompensa a los agresores. Se les concedió el puerto más importante
de
Namibia y numerosas ventajas que tenían que ver con su propia seguridad
nacional. ¿Dónde está aquel famoso principio que defendemos? De nuevo, es un
juego de niños el demostrar que aquellas no podían ser de ningún modo las razones
para ir a la guerra, precisamente porque nosotros mismos no somos fieles a
estos principios.

Pero nadie lo hizo; esto es lo
importante.
Del mismo modo que nadie se molestó en señalar la conclusión que se
seguía de todo ello: que no había razón alguna para la guerra. Ninguna, al
menos, que un adolescente no analfabeto no pudiera refutar en dos minutos. Y de
nuevo estamos ante el sello característico de una cultura totalitaria. Algo
sobre lo que deberíamos reflexionar ya que es alarmante que nuestro país sea
tan dictatorial que nos pueda llevar a una guerra sin dar ninguna razón de ello
y sin que nadie se entere de los llamamientos del Líbano. Es realmente
chocante.

Justo antes de que empezara el bombardeo,
a mediados de enero, un sondeo llevado a cabo por el Washington Post y la
cadena ABC revelaba un dato interesante. La pregunta formulada era: si Irak
aceptara retirarse de
Kuwait a cambio de que el Consejo de Seguridad estudiara la resolución del conflicto
árabe-israelí, ¿estaría de acuerdo? Y el resultado nos decía que, en una
proporción de dos a uno, la población estaba a favor. Lo mismo sucedía en el
mundo entero, incluyendo a la oposición iraquí, de forma que en el informe
final se reflejaba el dato de que dos tercios de los americanos daban un sí
como respuesta a la pregunta referida. Cabe presumir que cada uno de estos
individuos pensaba que era el único en el mundo en pensar así, ya que desde
luego en la prensa nadie había dicho en ningún momento que aquello pudiera ser
una buena idea. Las órdenes de
Washington habían sido muy claras, es decir, hemos de estar en contra de
cualquier conexión, es decir, de cualquier relación diplomática, por lo que
todo el mundo debía marcar
el
paso
y oponerse a las
soluciones pacíficas que pudieran evitar la guerra. Si intentamos encontrar en
la prensa comentarios o reportajes al respecto, solo descubriremos una columna
de Alex Cockburn en Los Ángeles Times, en la que este se mostraba favorable a
la respuesta mayoritaria de la encuesta.

Seguramente, los que contestaron la
pregunta pensaban estoy solo, pero esto es lo que pienso. De todos modos,
supongamos que hubieran sabido que no estaban solos, que había otros,
como la
oposición democrática iraquí, que pensaban igual. Y supongamos también que
sabían que la pregunta no era una mera hipótesis, sino que, de hecho, Irak
había hecho precisamente la oferta señalada, y que esta había sido dada a
conocer por el alto mando
del ejército americano justo ocho días antes: el día 2 de enero. Se
había difundido la oferta iraquí de retirada total de Kuwait a cambio de que el
Consejo de Seguridad discutiera y resolviera el conflicto árabe-israelí y el de
las armas de destrucción masiva. (Recordemos que los Estados Unidos habían
estado rechazando esta negociación desde mucho antes de la invasión de
Kuwait) Supongamos, asimismo, que la gente sabía que la propuesta estaba
realmente encima de la mesa, que recibía un apoyo generalizado, y que, de
hecho, era algo que cualquier persona racional haría si quisiera la paz, al
igual que hacemos en otros casos, más esporádicos, en que precisamos de verdad
repeler la agresión. Si suponemos que se sabía todo esto, cada uno puede hacer
sus propias conjeturas. Personalmente doy por sentado que los dos tercios
mencionados se habrían convertido, casi con toda probabilidad, en el 98% de la
población. Y aquí tenemos otro éxito de la propaganda. Es casi seguro que no
había ni una sola persona, de las que contestaron la pregunta, que supiera algo
de lo referido en este párrafo porque seguramente pensaba que estaba sola. Por
ello, fue posible seguir adelante con la política belicista sin ninguna
oposición. Hubo mucha discusión, protagonizada por el director de la CIA, entre
otros, acerca de si las sanciones serían eficaces o no. Sin embargo no se
discutía la cuestión más simple: ¿habían funcionado las sanciones hasta aquel
momento? Y la respuesta era que sí, que por lo visto habían dado resultados,
seguramente hacia finales de agosto, y con más probabilidad hacia finales de
diciembre. Es muy difícil pensar en otras razones que justifiquen las
propuestas iraquíes de retirada, autentificadas o, en algunos casos, difundidas
por el Estado Mayor estadounidense, que las consideraba serias y negociables.
Así la pregunta que hay que hacer es: ¿Habían sido eficaces las sanciones?
¿Suponían una salida a la crisis? ¿Se vislumbraba una solución aceptable para
la población en general, la oposición democrática iraquí y el mundo en su
conjunto? Estos temas no se analizaron ya que para un sistema de propaganda
eficaz era decisivo que no aparecieran
como elementos
de discusión, lo cual permitió al presidente
del Comité
Nacional Republicano decir que si hubiera habido un demócrata en el poder,
Kuwait todavía no habría sido liberado. Puede decir esto y ningún
demócrata se levantará y dirá que si hubiera sido presidente habría liberado
Kuwait seis meses antes. Hubo entonces oportunidades que se podían haber
aprovechado para hacer que la liberación se produjera sin que fuera necesaria
la muerte de decenas de miles de personas ni ninguna catástrofe ecológica.
Ningún demócrata dirá esto porque no hubo ningún demócrata que adoptara esta
postura, si acaso con la excepción de Henry González y Barbara Boxer, es decir,
algo tan marginal que se puede considerar prácticamente inexistente.

Cuando los misiles Scud cayeron sobre Israel no hubo ningún editorial de prensa que mostrara su satisfacción
por ello. Y otra vez estamos ante un hecho interesante que nos indica cómo
funciona un buen sistema de propaganda, ya que podríamos preguntar ¿y por qué
no? Después de todo, los argumentos de Saddam Hussein eran tan válidos
como los de
George Bush: ¿cuáles eran, al fin y al cabo? Tomemos el ejemplo del Líbano.
Saddam Hussein dice que rechaza que
Israel se anexione el sur del país, de
la misma forma que reprueba la ocupación israelí de
los Altos del Golán
sirios y de Jerusalén Este, tal
como ha declarado repetidamente por unanimidad el Consejo de Seguridad
de las Naciones Unidas. Pero para el dirigente iraquí son inadmisibles la
anexión y la agresión.
Israel ha ocupado el sur del Líbano desde 1978 en clara violación de las
resoluciones
del Consejo de Seguridad, que se niega a aceptar, y desde entonces
hasta el día de hoy ha invadido todo el país y todavía lo bombardea a voluntad.
Es inaceptable. Es posible que Saddam Hussein haya leído los informes de
Amnistía Internacional sobre las atrocidades cometidas por el ejército israelí
en la Cisjordania ocupada y en la franja de
Gaza. Por ello,
su corazón sufre. No puede soportarlo. Por otro lado, las sanciones no pueden
mostrar su eficacia porque los Estados Unidos vetan su aplicación, y las
negociaciones siguen bloqueadas. ¿Qué queda, aparte de la fuerza? Ha estado
esperando durante años: trece en el caso del Líbano; veinte en el de los
territorios ocupados.

Este argumento nos suena. La única
diferencia entre este y el que hemos oído en alguna otra ocasión está en que
Saddam Hussein podía decir, sin temor a equivocarse, que las sanciones y las
negociaciones no se pueden poner en práctica porque los Estados Unidos lo
impiden. George Bush no podía decir lo mismo, dado que, en su caso, las
sanciones parece que sí funcionaron, por lo que cabía pensar que las
negociaciones también darían resultado: en vez de ello, el presidente americano
las rechazó de
plano, diciendo de manera explícita que en ningún momento iba a haber
negociación alguna. ¿Alguien vio que en la prensa hubiera comentarios que
señalaran la importancia de todo esto? No, ¿por qué?, es una trivialidad. Es
algo que, de nuevo, un adolescente que sepa las cuatro reglas puede resolver en
un minuto. Pero nadie, ni comentaristas ni editorialistas, llamaron la atención
sobre ello. Nuevamente se pone de relieve, los signos de una cultura
totalitaria bien llevada, y demuestra que la fabricación
del consenso
sí funciona.

Solo otro comentario sobre esto último.
Podríamos poner muchos ejemplos a medida que fuéramos hablando. Admitamos, de
momento, que efectivamente Saddam Hussein es un monstruo que quiere conquistar
el mundo -creencia ampliamente generalizada en los Estados Unidos-. No es de
extrañar, ya que la gente experimentó cómo una y otra vez le martilleaban el
cerebro con lo mismo: está a punto de quedarse con todo; ahora es el momento de
pararle los pies. Pero, ¿cómo pudo Saddam Hussein llegar a ser tan poderoso?
Irak es un país
del Tercer Mundo, pequeño, sin infraestructura industrial. Libró
durante ocho años una guerra terrible contra Irán, país que en la fase
posrevolucionaria había visto diezmado su cuerpo de oficiales y la mayor parte
de su fuerza militar. Irak, por su lado, había recibido una pequeña ayuda en
esa guerra, al ser apoyado por la Unión Soviética, los Estados Unidos, Europa,
los países árabes más importantes y las monarquías petroleras del Golfo. Y, aun
así, no pudo derrotar a Irán. Pero, de repente, es un país preparado para
conquistar el mundo. ¿Hubo alguien que destacara este hecho? La clave
del asunto
está en que era un país
del Tercer Mundo y su ejército estaba formado por campesinos, y en
que –
como ahora se reconoce- hubo una enorme desinformación acerca de las
fortificaciones, de las armas químicas, etc.; ¿hubo alguien que hiciera mención
de todo aquello? No, no hubo nadie. Típico.

Fíjense que todo ocurrió exactamente un
año después de que se hiciera lo mismo con Manuel Noriega. Este, si vamos a
eso, era un gángster de tres al cuarto, comparado con los amigos de Bush, sean
Saddam Hussein o los dirigentes chinos, o con Bush mismo. Un desalmado de baja
estofa que no alcanzaba los estándares internacionales que a otros colegas les
daban una aureola de atracción. Aun así, se le convirtió en una bestia de
exageradas proporciones que en su calidad de líder de los narcotraficantes nos
iba a destruir a todos. Había que actuar con rapidez y aplastarle, matando a un
par de cientos, quizás a un par de miles, de personas. Devolver el poder a la
minúscula oligarquía blanca -en torno al 8% de la población- y hacer que el
ejército estadounidense controlara todos los niveles
del sistema
político. Y había que hacer todo esto porque, después de todo, o nos protegíamos
a nosotros mismos, o el monstruo nos iba a devorar. Pues bien, un año después
se hizo lo mismo con Saddam Hussein. ¿Alguien dijo algo? ¿Alguien escribió algo
respecto a lo que pasaba y por qué? Habrá que buscar y mirar con mucha atención
para encontrar alguna palabra al respecto.

Démonos cuenta de que todo esto no es tan
distinto de lo que hacía la Comisión Creel cuando convirtió a una población
pacífica en una masa histérica y delirante que quería matar a todos los
alemanes para protegerse a sí misma de aquellos bárbaros que descuartizaban a
los niños belgas. Quizás en la actualidad las técnicas son más sofisticadas,
por la televisión y las grandes inversiones económicas, pero en el fondo viene
a ser lo mismo de siempre.

Creo que la cuestión central, volviendo a
mi comentario original, no es simplemente la manipulación informativa, sino
algo de dimensiones mucho mayores. Se trata de si queremos vivir en una
sociedad libre o bajo lo que viene a ser una forma de totalitarismo auto
impuesto, en el que el rebaño desconcertado se encuentra, además, marginado,
dirigido, amedrentado, sometido a la repetición inconsciente de eslóganes
patrióticos, e imbuido de un temor reverencial hacia el líder que le salva de
la destrucción, mientras que las masas que han alcanzado un nivel cultural
superior marchan a toque de corneta repitiendo aquellos mismos eslóganes que,
dentro del propio país, acaban degradados. Parece que la única alternativa esté
en servir a un estado mercenario ejecutor, con la esperanza añadida que otros
vayan a pagarnos el favor de que les estemos destrozando el mundo. Estas son
las opciones a las que hay que hacer frente. Y la respuesta a estas cuestiones
está en gran medida en manos de gente
como ustedes y
yo.

Noam
Chomsky

Pensador, escritor y activista
estadounidense. Profesor de Lingüística en la Universidad de Massachussets.
Fundador de la Gramática Generativa Transformacional, que es un sistema
original para abordar el análisis lingüístico y que ha revolucionado la
lingüística. Autor de La segunda guerra fría (1984), La quinta libertad (1988),
El miedo a la democracia (1992), El Nuevo orden mundial (y el viejo) (1996),

M@rcontrolado,

Norwich, G(ran)
B(roadcasting),

27/3/07

P.D. Bien, parece que el “tonito” chacotero sigue sin
gustar. ¡Chales! Anyway, no lo lean nomás, de veX en cuando me voy a echar un
“gustito” para “consumo” personal.

P.D.jeroglífica. A los Champoliones (criptógrafos, pues).
Nel, no va por ahí. No es que por serendipity (chiripa, en traducción libre para los que no
entienden el lenguaje del Chespiro) uno se tope con artículos “chiros”; se hurga
en la memoria, locos. A ver, ¿qué van a tener en común estas fuentes? “Mis
valedores al poder” de Mojarro, una escena de la película “Principio y Fin”, un
artículo del Guardian que habla de lo Raunchy, la canci
ón “An
Englishman in
New York" de Sting. Es para un escrito que "pretende" halagar a la "Mujer Maravilla". Niet,
compas. La memoria puede ser cañona si se sabe
como
utilizarla, pero peor, puede ser realmente peligrosa si se conectan las dos
neuronas motoras que quedan, y que el alcohol no ha logrado destruir. Period.

P.D.yummi. Mmmmm.

P.D.olvidadiza. ¿Qué les estaba diciendo?

P.D.Canina. Raro que recuerde mis "sueños", pero acabo de tener uno en que unos perros se daban un verdadero festín con otros. ¡Aggghhh! Hasta sentí MELLO. Y luego había uno medio wilo (eso significa algo así como renguito, allá en Chilpo, en Tampico es una "Prosti", o una "singer" también) que le pegaba bien al balón con la "zurda". ¡Chanclas! Le voy a tener que bajar al Prozac, ¿o el toloache? Mmmmm.

… la
colina del PERRO.

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