Herencia Maldita

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Herencia Maldita
Ricardo Ravelo
El Ejército, avasallado (Proceso 1592 / 6 de mayo de 2007)

En
México, el narcotráfico ya rebasó a los poderes que debieron combatirlo
e invadió todos los ámbitos: escuelas, cuerpos policiacos, el campo, la
industria y hasta el Ejército Mexicano, último eslabón de la seguridad
pero al que el presidente Calderón le asignó funciones políticas y
policiacas ajenas a sus atribuciones constitucionales. En Herencia maldita
–libro de Ricardo Ravelo que la editorial Grijalbo pondrá en
circulación esta semana y del cual se ofrece aquí, en adelanto
exclusivo, el capítulo titulado “Calderón ante el narco”– se explica
cómo el narcotráfico logró convertir a los cuerpos policiacos en sus
mejores aliados. Aún más, dice el autor, el florecimiento de los
cárteles no puede explicarse sin el respaldo del poder político.

Atrapado
en medio de dos realidades –la urgencia de legitimarse y el alto índice
de violencia y corrupción por el narcotráfico que le heredó Vicente
Fox–, Felipe Calderón tuvo que apoyarse en el Ejército como no lo ha
hecho ningún otro presidente en la historia reciente del país. Urgido
de la aprobación social, diez días después de haber tomado posesión
Felipe Calderón anunció la puesta en marcha del Operativo Conjunto
Michoacán, que más tarde se extendió, con otros nombres, a toda la
República.

En aras de alcanzar su propósito, el presidente
terminó sometiéndose al poder militar. Esto a pesar de la fuerte
confrontación que brotó entre marinos y militares. Ambos poderes se
empezaron a disputar el control de la política antidrogas. Hubo choques
y disputas. Entre ambas instituciones privó el desacuerdo. El Ejército
se impuso. Fiel a la milicia –su único soporte–, Calderón no sólo se
puso la casaca verde olivo, la señal que marcaba quiénes encabezarían
la lucha antidrogas, sino que les otorgó mayor poder para enfrentar a
la delincuencia organizada (aunque no al narcotráfico, pues el negocio
continúa boyante en toda la República).

Mientras en la
Presidencia de la República y en las secretarías de Gobernación y de la
Defensa Nacional se afinaba la estrategia para el despliegue militar en
varios estados del país, en Michoacán, tierra natal del presidente, se
enseñoreaba la violencia desatada por el narcotráfico. Atractiva para
la mayoría de los cárteles de la droga, esa entidad se convirtió en la
zona más disputada por las organizaciones criminales, después de
Tamaulipas, que es la frontera que mayores facilidades ofrece para el
tráfico de drogas.

A Calderón le tocó gobernar con una
radiografía del narcotráfico modificada y con su estado de origen
convertido en un verdadero rastro, por las matanzas perpetradas por los
barones de la droga. En Michoacán no sólo opera el cártel del Milenio,
encabezado por los hermanos Valencia Cornelio. Atraídos por su posición
geográfica y sus amplias conexiones hacia cualquier punto del país, en
esa entidad confluyen varias fuerzas del narcotráfico provenientes de
Guerrero, Jalisco y Sinaloa. De este último territorio han surgido las
organizaciones criminales que actualmente se disputan el control del
país y sobre todo el de las fronteras, pues saben que el grupo que
domina en esos límites territoriales es el que marca las pautas del
negocio.

Zona de abastecimiento de la droga que arriba de
Colombia, hasta Michoacán quiso extender sus dominios el cártel del
Golfo, con su brazo armado, Los Zetas. Joaquín El Chapo Guzmán, el
llamado capo consentido, también buscó espacio en esa entidad y quiso
más: ocupó Guerrero y Jalisco. También se asentó en Colima, Nuevo León
y penetró fuerte Tamaulipas, donde le declaró la guerra a Osiel
Cárdenas, guerra sin tregua, pues se asegura que El Chapo aún no se
recupera del golpe que Osiel le asestó con el asesinato de Arturo
Guzmán Loera, El Pollo, muerto a balazos en el interior del penal de La
Palma, en diciembre de 2004.

Michoacán –territorio famoso desde
los años ochenta, cuando ocurrió el asesinato de Enrique Camarena
Salazar, el agente de la DEA que fue encontrado muerto en el rancho El
Mostrenco, luego de ser sometido a varias torturas por órdenes de
Rafael Caro Quintero y Miguel Ángel Félix Gallardo, a quienes el agente
antidrogas investigaba en territorio mexicano– es un punto ideal para
la recepción de droga; ésta llega en mayor medida por el puerto de
Lázaro Cárdenas, o bien por carretera, pues tiene diversas arterias que
conectan a la entidad con cualquier punto del país.

Amo y señor
del cártel del Golfo, personaje que emergió de los sótanos de la
Policía Judicial Federal –entre cuyos miembros servía como madrina–,
Osiel Cárdenas surgió en el negocio del narcotráfico al iniciar en
Tamaulipas el gobierno de Tomás Yarrington Ruvalcaba, cuyo sexenio fue
el más firme manto protector del que haya gozado un capo para emprender
la construcción de una organización criminal.

Pieza por pieza,
Osiel construyó el cártel y asumió el liderazgo de lo que más tarde fue
la segunda generación de ese grupo criminal, cuyos orígenes se remontan
a los años treinta y cuarenta, cuando Juan Nepomuceno Guerra sentó las
bases de la mafia en esa región del país. Tiempo después heredó el
poder a su sobrino, Juan García Ábrego –cuya etapa de bonanza se redujo
al sexenio de Carlos Salinas de Gortari– y enseguida surgió el joven
Osiel Cárdenas, quien alcanzó la cúspide con base en traiciones y
muertes.

Salvo por la detención de Cárdenas Guillén y la captura
de otros operadores de menor rango, el cártel del Golfo se mantuvo
intacto en su estructura inicial, reforzada con el soporte armado de
Los Zetas, que sembró miedo en todo el país. Sin embargo, el cártel del
Golfo sufrió una crisis interna por el desgaste natural de sus piezas.
(…) Personajes que fueron pilares del grupo criminal acabaron sumidos
en el deterioro, ya por la droga, ya por las presiones y acometidas de
otras bandas más pujantes que pretendían acomodarse en algún punto de
Tamaulipas o adueñarse del territorio.

El caso Tijuana

La
tercera guerra mundial es la que los países del orbe libran contra el
narcotráfico o cualquier otra modalidad del crimen organizado. Y
algunas naciones, entre ellas México, van perdiendo la batalla, ya por
complicidad, ya por incapacidad. Dotado de poder, sobre todo de poder
corruptor, y con múltiples rostros, el narcotráfico ha taladrado no
sólo la esfera poderosa de la política mexicana, sino que se ha
instalado, sutilmente y en ocasiones con fuerza avasallante, en la
conciencia de la sociedad.

El imaginario colectivo, atraído por
las historias de los narcotraficantes, cree que estos personajes
confabulan en secreto con el poder presidencial, se ponen de acuerdo
para proteger los cargamentos y disponen de todas las facilidades para
no frenar el flujo de droga que debe llegar a Estados Unidos y que
forzosamente tiene que pasar, con seguridad garantizada, por el
territorio nacional.

Multiplicado por todas partes, como un
brote de epidemia, el llamado narcomenudeo es una red que pone trampas
y que atrapa nuevos clientes a cada instante, como se capturan aves en
cualquier sitio público. En la mente humana, con sus recónditos
confines, parece imposible poner freno a la capacidad de imaginar
cuantas formas existen para llevar la droga hasta las manos del
consumidor. Hay tantos vendedores de drogas como espíritus en las capas
celestes. Todos salen a las calles a surtir a sus clientes cautivos,
dependientes, drogadictos atrapados en la contradicción de la vida y de
la muerte. El sufrimiento los desgarra y el drama, con su mejor aliado,
el miedo, mantiene paralizados a miles de jóvenes y niños con el
anestésico que nunca termina de saciarlos. Están atrapados en un
círculo vicioso. Entre los adictos a la cocaína o a cualquier otra
droga, el dolor es aún más profundo porque no hay valor para morir,
pero tampoco para vivir.

Todos los días los adictos mueren un
poco. En las más de 500 colonias populares de Tijuana, Baja California,
no hay forma de matar a la muerte. La vida de los consumidores se apaga
y se enciende según la cantidad de crack o ice (hielo) que consuman.
Cuando fuman o inhalan el estimulante, sobreviene la fantasía, según
dan cuenta los propios adictos. El mundo les parece accesible. Momentos
después, al desaparecer en su cuerpo el efecto, la realidad les pesa
más sobre sus hombros; y de nueva cuenta hay que aligerar la carga.
Entre esa población, quizá la más pobre del estado, falta todo:
alimento, vivienda, ropa, educación, pero no falta la cocaína o
cualquier otra derivación de ese alcaloide. Las formas de conseguir
dinero para abastecerse son variadas; sin embargo, el asalto, el robo,
son las prácticas más socorridas. Desesperados por controlar su
ansiedad, los pobladores adictos, que se calculan en unos 120 mil —la
mayoría niños y adolescentes—, empezaron saquear la infraestructura de
la Comisión Federal de Electricidad y de la Comisión Municipal del
Agua. De noche o de día se les puede ver cortando el cable de cobre
tendido en las calles o bien levantando las alcantarillas, forjadas con
el mismo metal, para llevarlo a vender a las empresas recicladoras. El
dinero obtenido tiene un destino: la compra de drogas. Con base en las
denuncias por esta práctica “carroñera”, como peyorativamente la
denominan, se estima que en los últimos cinco años la CFE ha sufrido la
pérdida de varios kilómetros del tendido eléctrico por el constante
robo de ese material.

Pero en Tijuana el drama por el consumo de
drogas es todavía mayor. Observador pertinaz y crítico, Víctor Clarck
Alfaro, director del Centro Binacional de Derechos Humanos Fronterizos,
no tiene dudas cuando afirma que en esa ciudad fronteriza el
narcotráfico vive su etapa más boyante de la historia reciente.

Con
base en los informes de que dispone y en múltiples análisis de la
realidad social, Clarck explica, por ejemplo, que la razón por la que
el cártel de Tijuana se mantiene en la cúspide y en constante
crecimiento dentro y fuera de México se debe a la histórica lealtad que
mantiene la policía con las cabezas de esa organización criminal.

Desde
hace tres décadas, la policía de Tijuana sirve a los intereses del
narcotráfico. Primero cuidaban las operaciones de los Arellano. Ahora,
con la presencia cada vez más fuerte del cártel de Juárez y de Sinaloa,
los agentes están divididos: unos sirven al grupo local y otros a sus
rivales. Esto trajo como consecuencia los ajustes de cuentas y una
avasallante violencia que actualmente está centrada en los cuerpos de
seguridad, entre cuyos miembros privan el encono y las disputas por el
negocio de la protección.

Sobre los nexos de la policía
municipal de Tijuana hay una historia reveladora. A principios de 2006,
el narcotraficante Iván de Jesús Rodríguez Martínez y su cómplice
Eduardo Moreno Gutiérrez fueron detenidos por el Ejército. Como ocurre
en todo el país, se les acusó de participar en varios secuestros,
“levantones” y desapariciones. En su declaración ministerial
–averiguación previa PGR/SIEDO/UEIS/053/2006– Rodríguez Martínez soltó
la metralla. Dijo: “Que el cártel (se refiere al de Tijuana) tiene
comprados a varios miembros de la Policía Municipal”. Y mencionó
algunos nombres: “Mónica Radilla, los comandantes Abasolo y Moreno” y
otro más, al que sólo identificó con “la clave 0-15”.

Con base
en ese testimonio, la PGR amplió el espectro de la investigación y
detectó que un número mayor de policías estaban al servicio de los
narcotraficantes, entre ellos, Julio César Abasolo Pierce y Mónica
Ramírez. Ella fue jefa del distrito Cerro Colorado de Tijuana. Estuvo
bajo las órdenes de Ernesto Santillana –personaje con una larga y
turbia historia, según se ha documentado públicamente–, exdirector de
Seguridad Pública de Tijuana y actual subprocurador de Justicia en
Nezahualcóyotl, Estado de México, uno de los territorios clave en la
ruta de trasiego que sigue el cártel de la familia Arellano Félix.

Meses
previos al escándalo, Mónica Ramírez fue premiada. Por labor impoluta y
su valentía, le otorgaron la medalla al mérito y 25 mil pesos como
estímulo a su trayectoria profesional. Pero pronto vino el revés. La
acusación por sus ligas con el narcotráfico fue contundente y, del
reconocimiento público, la agente fue encarcelada en La Mesa bajo las
acusaciones de narcotráfico y lavado de dinero.

La podredumbre
policiaca continuó saliendo a flote. El conflicto de intereses al
interior de la policía por el negocio de la protección alcanzó su
clímax semanas después, con la desaparición de tres policías y un
civil: el subcomandante Ismael Arellano, el escolta Benjamín Ventura,
Jesús Hernández y Fernando Ávila. Horas después, sus cabezas
aparecieron tiradas en un paraje. Las necropsias revelan que los
agentes primero fueron asesinados y luego, con frialdad criminal, los
degollaron con un cúter. La SIEDO, que sigue este caso, atribuyó las
decapitaciones al narcotraficante Arturo Villarreal, El Nalgón,
lugarteniente de Francisco Javier Arellano Félix, El Tigrillo. Ambos,
ahora, están presos en Estados Unidos.

Grupo hegemónico y
poderoso, el cártel de Tijuana empieza a tener competencia en su
territorio –la ciudad fronteriza– quizá la plaza más sellada por ese
grupo criminal, al grado de haber sido, durante varios años, casi
impenetrable para otros grupos. Clarck Alfaro dice que las acometidas
contra los altos jefes policiacos provienen de los grupos contrarios a
la familia Arellano, como Joaquín El Chapo Guzmán, por citar a uno de
los más importantes capos de México, cuya organización –el cártel de
Sinaloa– supo detectar que en la protección policiaca radica el poder
del cártel de Tijuana y, por esa razón, los altos mandos policiacos
están siendo asesinados.

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. . .

El imaginario colectivo, atraído por
las historias de los narcotraficantes, cree que estos personajes
confabulan en secreto con el poder presidencial, se ponen de acuerdo
para proteger los cargamentos y disponen de todas las facilidades para
no frenar el flujo de droga que debe llegar a Estados Unidos y que
forzosamente tiene que pasar, con seguridad garantizada, por el
territorio nacional.

. . .

No, Ricardo. La Neta, neta del planeta. Tu análisis es prístino. De hecho con tus lecturas me nutro mucho. Pero, ¿es o no cierto que desde el sexenio en que ibamos a entrar al primer mundo siempre, siempre, siempre, se han encontrado ligas de estos capos con LOS PINOS? VAAA, de memoria:

– En el Sexenio de ese otro "peloncito y chaparrillo" (Me mordí la de KISS). Nexos del Padre con los cárteles del Norte, el que nombres.

– ¿El Prigione no le tomó confesión a uno de los cachorros del cártel de BC en la Nunciatura, esa que está cerca del metro Barranca del Muerto?

– Seguramente "El Chueco" que gobernaba Quintana Roo está en el botiquín por nada.

– El Suegro de ese que era "bolerito" en Mexicali, creo, ¿tenía o no nexos con el narcotráfico?

– ¿Apoco no el JACKO tiene vínculos con el cártel de Sinaloa?

– ¿Porqué no pueden entrar el Poblano o el del Grupo Atlacomulco a los EUA?

– ¿Qué no tu mismo publicaste en proceso, que uno de los "pollitos" estaba chupando en la FE de la capital Neolonesa con uno de esos que gustan de apantallar con cadenotas doradas al cuello?

– Y la "cereza del pastel". Ese que es testigo protegido en USA. ¿No declaró bajo juramento que entran como Pedro por su casa a LOS PINOS? Chin, ese no lo postee, ¿o sí? Mmm.

¿Apoco eso es imaginación mi estimado Ricardo? ¡YAAA! No hay peX, eres probablemente ahorita el "experto" en el tema en Mexicalpan, pero hay que ir al mero tuétano, para que la gente despierte. Bueno, es sólo un sueño de la Guajira. Eso está en Venezuela, ¿no? Tache, está en COLOMBIA.



… toma todo, y todo se vale.



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