“… la fe en el poder es lo opuesto de la fe en la vida.”

http://www.opuslibros.org/libros/arte_amar/capitulo_6.htm

 

 

Mientras que la fe irracional arraiga en la sumisión a un poder que se
considera avasalladoramente poderoso, omnisapiente y omnipotente, y en la
abdicación del poder y la fuerza propios,
la fe racional se
basa
en la
experiencia opuesta. Tenemos fe
en una idea porque es el
resultado de nuestras propias observaciones y nuestro pensamiento. Tenemos fe
en las potencialidades de los demás, en las nuestras y en las de la humanidad,
porque, y sólo en esa medida, hemos experimentado el desarrollo de nuestras
propias potencialidades, la realidad del crecimiento en nosotros mismos, la
fuerza de nuestro propio poder y del amor. La base de la fe racional es la
productividad; vivir de acuerdo con nuestra fe, significa vivir
productivamente.
Se
deduce de ello que la creencia en el poder (en el sentido de dominación) y en
el uso del poder constituye el reverso de la fe. Creer en el poder que existe
es lo mismo que creer en el desarrollo de las potencialidades aún no
realizadas. Es una predicción del futuro basada únicamente en el presente
manifiesto; pero resulta ser un grave error de cálculo, profundamente
irracional en su descuido de las potencialidades y el crecimiento humanos.
No hay una fe racional en el poder. Hay una sumisión a él o, por parte de quienes lo
tienen, el deseo de conservarlo.
Si bien para muchos el
poder es la más real de todas las cosas, la historia del hombre ha demostrado
que es el más inestable de todos los logros humanos.
Debido a que la fe y el poder se excluyen
mutuamente, todos los sistemas religiosos y políticos que se construyeron
originariamente sobre una fe racional, se corrompieron y, eventualmente,
pierden la fuerza que pueda quedarles, si sólo confían en el poder o se alían a
él.

 

Tener fe requiere
coraje, la capacidad de correr un riesgo, la disposición a aceptar incluso el
dolor y la desilusión.
Quien insiste en la seguridad y la tranquilidad como condiciones primarias
de la vida no puede tener fe; quien se encierra en un sistema de defensa, donde
la distancia y la posesión constituyen los medios que dan seguridad, se
convierte en un prisionero.
Ser amado, y amar,
requiere coraje, la valentía de atribuir a ciertos valores fundamental
importancia -y de dar el salto y apostar todo a esos valores-.

 

Ese coraje es muy distinto de la valentía a la que se refirió el famoso
fanfarrón Mussolini cuando utilizó el lema "vivir peligrosamente". Su
tipo de coraje es el coraje del nihilismo. Está arraigado en una actitud
destructiva hacia la vida, en la voluntad de arriesgar la vida porque uno es
incapaz de amarla.
El coraje de la
desesperación es lo contrario del coraje del amor, tal como la fe en el poder
es lo opuesto de la fe en la vida.

 

 

 

* – * – * – * – * –
* – * – * – * – * – * – * – * – * – *

 

 

 

M@rcorajudo;

 

Norwich, U(n)
K(reer);

 

6/6/07

 

 

… studia
humanitatis.

 

 

 


 


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