“…No sabía qué era, pero sí cómo se siente…”.

De ahí en delante buscó muchas veces la puerta en la plaza sin hallar rastro. Hasta que desistió. Comenzó otra búsqueda, la del deseo sin luz ni sombra que le manifestó el viento al apagar las velas. No sabía qué era, pero sí cómo se siente.

http://www.jornada.unam.mx/2007/07/16/index.php?section=opinion&article=a12a1cul

Hermann Bellinghausen

Entrada al suelo

La sensación era más fuerte que ella. Por una razón oculta (se le escapaba y no le hacía maldita gracia) se sabía diferente. Cuántos dirían que qué padre, qué original o admirable. Como si fuera privilegio. Vaya fardo. Además, siempre hay épocas en que una quiere ser como las demás, usar esas ropas a la moda que reclaman una corporalidad equis, "perfecta" según quién. Y llevar una agenda glamorosa, divertida. Fingir felicidad sin remordimientos, allí donde las oportunidades caen solas, por dinero y apellido. Viajes, novios, estudios en las mejores escuelas aunque luego se casen de inmediato y tiren el título a la basura. Reinitas.

A ella nada de eso le pasaba en realidad por la mente. Superados los ratos de falsa envidia encontraba detestable la existencia hueca de los fresas. Y sin embargo sentirse afuera, abajo, no vista, le cagaba la madre. Desde pequeña se forjó un mundo en resistencia a la hostilidad reinante. La llevaban una sensibilidad melancólica pero terca y una inteligencia que llegaba a ser insoportable. Además, esas inteligencias, en mujer, espantan a los fresas.

¿En qué consiste ser friqui? Una categoría con doble filo: los otros dictaminan/discriminan quién es friqui, y una misma se declara friqui y qué. "Eso he de ser", suponía ella. Y más al concluir que los que se le acercaban, condicípulos, vecinos, personas surgidas de la nada, eran raritos. "Imán de friquis" se decía. Al menos le daba un cierto sentido de pertenencia.

Su etapa oscura no la adscribió a ninguna banda o determinada esquina del centro donde se mostraran los darketos disponibles y desafiantes. Luego le dio por buscar a Dios, y lo encontró cantando. Trataba de alcanzar lo convencional sin desearlo. Continuamente la vida le recordaba que es una lucha por conseguir trabajo, aportar dinero, prepararse, cumplir las misiones que ser diferente le había revelado por el revés del espejo, siendo casi niña. Ser útil para algo bueno. ¿Idealismo? ¿Juvenil? Chance. Y qué. Si esos idealismo se traicionaran con menos frecuencia el mundo sería un lugar mejor. No iba a darse por vencida.

Dotada de ojos hondos y hermosos, la fuerza que transmitían no era cosa suya sino de quienes fueran capaces de sostenerle la mirada, tan abierta que veía de más, y le provocaba sentimientos perturbadores. Como esa vez.

En los bordes de la plaza de la ciudad, monumento a la megalomanía de los amos que reinaban a perpetuidad, un día caminaba ella con un libro entre las manos cuando tropezó con una entrada al suelo. Una puerta como de pared, con perilla y todo pero al ras. Y quien la usó olvidó cerrarla.

Se acuclilla para mirar. Tiniebla. Toca con los nudillos, dice "ey" varias veces. Extiende la mano. Sus dedos, salientes del deshilachado guante que termina en el primer nudillo, palpan en firme, como si el piso se esquinara para adentro.

Cruzó el umbral. El suelo vertical sostuvo que ella virara también 90 grados. La oscuridad no era total. De alguna parte llegaban resplandores que hacían transitable la penumbra. Avanzó al frente (que en el sentido de la plaza equivalía a ir abajo; adentro más bien). Un rasgueo le alcanzó el oído, primero como rumor, luego discernible. Las cuerdas de una guitarra sonaban como alambres tensos, más metal que melodía. "Una canción de fierro", pensó.

Conforme caminaba se sumergía en una vaga luminosidad roja, amniótica. El pasadizo vertical desembocó en un recinto circular y abovedado. Al centro, un hombre pulsaba una guitarra refulgente en forma de flecha. Fantochona la lira. Lo rodeaban boludas botellas de chianti vacías, cada una taponada con una vela encendida. El tipo miraba sólo a la guitarra, si es que acaso tenía abiertos los párpados. No había cómo saberlo, una larga cabellera opaca le ocultaba el rostro. De pronto, ella descifró palabras que no le parecieron humanas sino cantadas por el instrumento. De calidad metálica pero intelegibles: "Feliz con lo que tienes que ser feliz con lo que tienes que ser feliz con lo que tienes que ser feliz con lo que tienes que ser". ¿O era la voz del hombre, desgarrada en lámina de lata?

Un fuerte viento le asaltó la espalda y apagó de un tirón el círculo de velas. Si fuera su pastel de cumpleaños, tendría derecho a un deseo. En cierto modo, lo pidió. El guitarrista había desaparecido. Al menos ya no hubo señas de su presencia. Persistía un resplandor mínimo, sanguíneo. Silencio. Regresó sobre sus pasos. El día en la plaza la cegó. Dio vuelta en 90 grados y se alejó, perpleja. Oyó atrás que cerraban la puerta con fuerza. No volteó.

De ahí en delante buscó muchas veces la puerta en la plaza sin hallar rastro. Hasta que desistió. Comenzó otra búsqueda, la del deseo sin luz ni sombra que le manifestó el viento al apagar las velas. No sabía qué era, pero sí cómo se siente.

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