“¿Por qué? Si yo los conocí de chiquillos…y jugaban futbol…” (1)

Mensajes
sangrientos, levantones, decapitaciones publicitadas vía internet: un
abismo que se halla a flor de piel, y que traza hoy día el telón de
fondo de la vida mexicana. Derivados de procesos célebres, o
construidos alrededor de los personajes más modestos e invisibles del
narcotráfico, los episodios que ofrecemos a continuación cronican
segmentos de una realidad desaforada que aún no llega a escribirse.
Narran momentos de un país cuyas urdimbres secretas se encuentran
sumergidas en el narco.

http://eluniversal.com.mx/graficos/confabulario/julio-21-07.htm

21 de julio de 2007

Mensajes
sangrientos, levantones, decapitaciones publicitadas vía internet: un
abismo que se halla a flor de piel, y que traza hoy día el telón de
fondo de la vida mexicana. Derivados de procesos célebres, o
construidos alrededor de los personajes más modestos e invisibles del
narcotráfico, los episodios que ofrecemos a continuación cronican
segmentos de una realidad desaforada que aún no llega a escribirse.
Narran momentos de un país cuyas urdimbres secretas se encuentran
sumergidas en el narco.

En el narco por:

DAVID APONTE

ALEJANDRO SUVERZA

JUAN VELEDÍAZ

HÉCTOR DE MAULEÓN

***

Sicario de Sinaloa

por DAVID APONTE

La
tambora sinaloense retumbaba en el rancho La Ruana. El cantante se
desgañitaba con “El Alazán y El Rosillo”. Los músicos llevaban horas en
un pequeño escenario. La tuba resoplaba a todo lo que daba aquella
tarde de enero de 1993. Los asistentes bebían tequila, coñac y cerveza
Pacífico. Sin recato alguno inhalaban cocaína. Los invitados parecían
frescos y no daban tregua a los agotados artistas.

—¡Qué
milagro que te dejas ver! —soltó Joaquín El Chapo Guzmán Loera a un
joven fornido de cabello corto, conocido como El Pantoja. El jefe del
cártel de Sinaloa tenía prendida de la cintura a Griselda, una

de sus mujeres, identificada como M2 en la agenda del narcotraficante.

El sicario saludó con una reverencia de cabeza y estrechó la mano de El Chapo.

—Aquí de paso, patrón —respondió meloso.

La
fiesta en La Ruana, un rancho ubicado en el estado de Nayarit, estaba
en su apogeo. Los jefes del cártel de Sinaloa utilizaban aquel predio
para celebrar lejos de los ojos de las autoridades antinarcóticos; más
bien, bajo la protección de la antigua Policía Judicial Federal y de
elementos locales. Era uno de los refugios de Guzmán Loera y Héctor El
Güero Palma Salazar.

—¡Vente
a trabajar conmigo! —ordenó Guzmán Loera, que chocaba su caballito
tequilero con el envase de cerveza color ámbar de su nuevo empleado.

Jesús
Castro Pantoja, desertor del Ejército con grado de subteniente de
infantería, comenzó a hacerse cargo de la seguridad personal del patrón
y de sacar de la jugada a algunos enemigos de la organización, siempre
con una Pietro Beretta 9 milímetros en la cintura. Había abandonado las
Fuerzas Armadas en 1991, y cruzó la frontera sin papeles para irse a
vivir dos años a Estados Unidos con familiares de su mamá. Trabajaba de
albañil cerca del barrio La Villita, en la zona de Chicago, Illinois.
Ahora estaba de vuelta, metido con el grupo que disputaba el territorio
nacional a los hermanos Arellano Félix, del cártel de Tijuana.

Pero 1993 fue un mal año para el cártel de Sinaloa. El desertor del Ejército apenas trabajó seis meses con

El
Chapo, que perdió la protección de la policía federal. La balacera en
el aeropuerto de Guadalajara, donde murió el cardenal Juan Jesús
Posadas Ocampo, la tarde del 24 de mayo de ese año, desató una cacería
nacional e internacional contra el jefe del cártel de Sinaloa.

El Pantoja había recibido órdenes de no acudir a la terminal aérea de la capital de Jalisco aquella tarde de mayo.

—Me
había dicho que lo acompañarían otras personas. Al poco rato recibí una
llamada telefónica de El Chapo, quien me contó que había habido una
balacera en el aeropuerto y que lo habían tratado de matar los hermanos
Arellano Félix (sus acérrimos enemigos del cártel de Tijuana).

—¿Dónde te encuentras? —interrogó Guzmán Loera a El Pantoja. El Chapo hablaba agitado, angustiado.

—¡En la oficina! ¡Tú ya sabes, patrón! —respondió el sicario desde una casa de seguridad en el área de Zapopan.

El Chapo llegó al lugar en un taxi. Traía la ropa desgarrada y hablaba atropelladamente.

—¡Me
quisieron matar esos hijos de la chingada! ¡Pero estos pendejos mataron
a un curita y se va a armar un pedo mundial! —escupió el
narcotraficante.

Los
agentes de la Procuraduría General de la República detuvieron a Guzmán
Loera el 9 de junio de 1993 en territorio guatemalteco. El entonces
subprocurador federal encargado de la lucha contra el narcotráfico,
Javier Coello Trejo, se adjudicó la captura del jefe del cártel de
Sinaloa.

El
Fiscal de Hierro anunciaba el arresto como todo un acontecimiento y un
avance en las indagatorias del asesinato del arzobispo de Guadalajara.

Providencialmente,
nadie tocó a El Pantoja, que de nueva cuenta se refugió unos meses en
Estados Unidos, una ruta de fuga intermitente en su vida. Él mismo
contó su historia ante los tribunales: el relato de un gatillero que
sirvió a los jefes de una de las organizaciones criminales más
poderosas de la década de los 90 y que estuvo cerca de sus detenciones.
El testimonio aparece en la causa penal 124/2002/VB, iniciada el 21 de
octubre de 2002. Y él, el sicario, el guardaespaldas, salió bien
librado. Curiosamente siempre evadió a los captores de los líderes del
cártel de Sinaloa.

Hacia
finales de 1993, El Pantoja decidió volver a México, cuando su ex jefe
estaba en la prisión de alta seguridad de Almoloya de Juárez, hoy La
Palma, bajo el cargo de tráfico de drogas. El ex militar tenía un
objetivo en su vida: volver a servir a sus jefes. Pronto viajó a
Nayarit para tratar de localizar a El Güero Palma.

—Te vas para Sinaloa. Allá te van a dar instrucciones —ordenó el nuevo líder del grupo criminal.

El
Pantoja tomó una nueva posición en el cártel de Sinaloa como
guardaespaldas de El Güero. Fue la sombra de Héctor por dos años, hasta
que tuvieron un accidente aéreo en Colima.

Jesús
Castro Pantoja viajaba en el Learjet LR-35 matrícula XASWF junto con El
Güero Palma y, además, Jesús Manuel Barraza Grijalba, Manuel González,
Roberto Antonio Navarro, Francisco Javier Benítez Monzón, Bogar Pérez
Padilla, Artemio Álvarez Borges

y Pablo Ruiz Puga: todos integrantes de la escolta personal del narcotraficante.

La
aeronave salió de Ciudad Obregón, Sonora, rumbo a Guadalajara. El
piloto no pudo aterrizar en la capital de Jalisco y tomó hacia Tepic,
Nayarit. Pero el jet tuvo un percance y realizó maniobras en un cerro
aledaño a la ciudad.

—Tropezamos
con unas piedras en el cerro y chocamos. Saqué a El Güero para
salvarlo. Recuerdo que íbamos como 11 personas más. Todos estábamos
heridos y buscábamos salir del lugar. Yo estaba herido de la espalda y
la cabeza; El Güero igual. Pasó una camioneta y nos sacó de ahí —relató
el guardaespaldas.

—Fuimos
rescatados por unos lugareños que nos llevaron a la ciudad. Un señor,
de nombre Manuel Barraza, nos llevó a Guadalajara y nos ocultó en su
casa (en Zapopan) —narró Palma Salazar en su declaración ministerial.
Elementos del Ejército detuvieron al barón de la droga la última semana
de junio de 1995.

—El
señor Palma reconoció como suya la pistola calibre .38 Súper, de cacha
con incrustaciones de diamantes y esmeraldas con figura de palmera,
pero dijo que no sabía nada al respecto de las personas que habitaban
el domicilio, así como de los cartuchos, cocaína, mariguana, alhajas y
dinero en efectivo que se encontraban en la casa —expuso el entonces
procurador general de la República, el panista Antonio Lozano Gracia.

Otra
vez, El Pantoja no fue detenido. Salió de un hospital y pasó seis meses
en rehabilitación por una lesión en la columna vertebral. Utilizó la
misma ruta y destino para no dejar rastro: estuvo en Estados Unidos
hasta noviembre de 2000.

El
gatillero volvió a México para casarse el 21 de diciembre de ese año
con Verónica Ávila Fernández y buscar un nuevo puesto en el cártel de
Sinaloa. Después de vivir en Yuriria, Guanajuato, entró en contacto con
Juan Mauro Palomares Melchor, El Acuario, que trabajaba para Arturo
Guzmán Loera, El Pollo, hermano de Joaquín.

Primero
lo incorporaron como mandadero y después como escolta de El Pollo. De
nueva cuenta estaba cerca de los capos del cártel. Pronto se percató de
la nueva estructura. El hermano de El Chapo despachaba todos los días
con Arturo Beltrán Leyva, El Barbas, para ver las rutas y la marcha del
“negocio”.

La
suerte de El Pantoja volvió con la fuga de Joaquín, que evadió de
manera espectacular la prisión de alta seguridad de Puente Grande,
Jalisco, el 19 de enero de 2001. Entonces se dedicó a conseguir casas
de seguridad para El Pollo y El Chapo en distintas entidades del país.
Por supuesto, se encargó además de acercarle mujeres a Joaquín, que las
tenía clasificadas con letras y números, con códigos que sólo conocían
el capo y su esbirro.

Como en ocasiones anteriores, el sicario se enteró de los detalles del arresto de El Pollo, recluido en el penal

de La Palma y asesinado en el interior de la cárcel por gatilleros al servicio del cártel del Golfo.

—Me
percaté de esto allá por La Marquesa, ya que El Chapo me mandó de
avanzada en una camioneta Chevrolet para ver cómo estaban las cosas en
el camino, saliendo cuatro horas antes que ellos. Extremamos las
medidas de seguridad, pero aun así fueron cayendo los demás miembros,
siguiendo El Tío, después René y luego El Pollo. A él lo detuvieron
cuando salió a ver a un abogado y ya nunca regresó. Conforme agarraban
a uno, nos cambiábamos de domicilio —narró El Pantoja en las
diligencias judiciales.

De
hecho, el sicario reveló a los federales los nombres de los encargados
de la seguridad de Guzmán Loera, algunos de ellos ex integrantes de las
Fuerzas Armadas, y puso al descubierto las casas de seguridad en los
estados de México, Morelos, Puebla, Jalisco, Sinaloa y el Distrito
Federal.

El
escolta que fue testigo de la aprehensión de los jefes del cártel de
Sinaloa, que sabía los pormenores de la fuga de El Chapo, fue detenido
en un operativo realizado en Guadalajara, Jalisco, en noviembre de
2001. Su patrón sigue libre.

—¡Vente a trabajar conmigo! —recuerda que le dijo aquella tarde de enero de 1993 en la finca La Ruana.

Aponte. Periodista.

***

Infierno Tepito

por ALEJANDRO SUVERZA

Llevaba
dos días enteros en espera de la muerte. La noche que lo secuestraron
sintió un trapo que le cubrió la cabeza y algo muy sólido en medio de
las costillas que le impidió reaccionar. Su cerebro le mostró en 24
cuadros por segundo imágenes de cuerpos teñidos con sangre. La sospecha
aumentó con las palabras:

—¡Camínale,
o te va a llevar tu pinche madre! —le ordenó alguien mientras le
encajaba lo que parecía ser el cañón de una pistola. Poco antes de que
le encobijaran la cabeza, caminaba entre la acera y los tubos de los
puestos callejeros que durante el día convierten a Tepito en el mercado
fayuquero más antiguo de la ciudad de México. El camino por el que iba
era estrecho, pero Eugenio no presintió nada. No vio ninguna sombra que
lo pusiera en alerta. Quizá porque las cuentas de la venta de cocaína
lo tenían muy ocupado.

Ahora
no había espacio para números. Eugenio caminaba por la calle Aztecas
tratando de memorizar vueltas a la izquierda o la derecha. Intentaba
ver algo, tener referencias de hacia dónde era conducido, pero la noche
y los giros que le dieron con la cabeza tapada lo nortearon. Ni
siquiera podía andar a tientas porque sus atacantes no se lo
permitieron, lo manejaban a empujones o a rastras. El tiempo se
eternizó y no supo cuántos minutos pasaron hasta que un tropezón le
hizo pensar que lo empujaban hacia dentro de algo. Lo sintió porque
antes de caer al piso su cabeza se estrelló contra lo que podía ser una
pared. No habían caminado mucho, estaba seguro de estar dentro de una
vecindad.

Todo
eran suposiciones en ese mundo negro y la sensación de que en cualquier
momento le pegarían un tiro de gracia y lo arrojarían como a un perro
muerto a la calle, lo mantuvo con los dientes y el rostro apretados.
Sintió ganas de llorar, pero las ganas fueron interrumpidas cuando le
quitaron el trapo de la cabeza y algo pegajoso comenzó a rodearle el
rostro y el cabello. Intentó ver algo, pero no pudo. Estaba oscuro.
Puntapiés, bofetadas y frases violentas le cayeron encima.

Parecía
una momia. Había quedado envuelto con cinta canela: cabeza, tórax,
manos, piernas y pies. Podía predecir el final. Su memoria había
recuperado en tan pocos instantes la violencia de esos días. Él mismo
había presenciado imágenes similares en contra de sus rivales. Ahora sí
lloraba, pero las lágrimas, que no podían escurrirle, le inundaban los
ojos.

En
cualquier otro momento de la vida, Eugenio hubiera reaccionado con
violencia y medio matado a golpes a los que lo atacaron, pero esta vez
era diferente. Pensó en los crímenes y las ejecuciones en el barrio de
Tepito. La guerra de los cárteles se recrudecía en las calles. Era el
verano de 2003, pero las ejecuciones habían comenzado mucho antes: se
remontaban a 1998, cuando El Tanque, Jorge Reyes Ortiz, un tepiteño,
había sido arrestado una tarde cálida en el callejón de la calle
Tenochtitlán. Lo señalaban como el jefe del cártel de Tepito que se
disputaba la plaza con Fidel Camarillo Salas, alias El Papirrín, a
quien las autoridades acusaban de ser el líder del cártel de la
Morelos.

Los
ejecutados aparecían en Jesús Carranza, en Rivero, con la cinta canela
como elemento principal. Les quitaban la visión, los envolvían y los
ataban de manos y pies dentro de una vecindad; después esperaban a que
llegara la noche para tirarlos en la calle. Otras veces, las balas eran
disparadas desde motonetas. Iban directas a la cara o a la cabeza. Por
lo menos se habían contado casi 30 asesinatos.

Los informes de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal describían y apuntaban hacia

El
Tanque, que estuvo encarcelado por delitos contra la salud y crimen
organizado. Recién había salido de prisión donde, aseguran, dirigía a
distancia el cártel de Tepito. También decían que El Tanque, que no
rebasaba los 30 años, controlaba el narcomenudeo y comandaba una banda
de extorsionadores al estilo del Chicago de los 20. Los expedientes en
los que aparecen testimonios de propietarios de comercios describen que
les cobraban “renta”, una especie de cuota, a cambio de protegerlos
para que no los robaran. Si no pagaban, ellos mismos se encargaban de
efectuar el asalto.

Los
relatos policiacos marcan el jueves 4 de junio de 1998 como el día en
que comenzó la historia inédita en ese barrio por el control de la
venta de droga. La tarde de ese jueves, el Grupo Especial de Reacción
Inmediata visitó una vecindad en el callejón de Tenochtitlán. La orden
era entrar para sacar a rastras a El Tanque. La irrupción policial,
lejos de provocar sorpresa y temor, encontró resistencia, lo que dio
tiempo al perseguido para subir a la azotea. Después se aventó sobre
las lonas de los puestos callejeros y comenzó la huída.

Cuando
parecía que el operativo quedaba en el fondo de la frustración, se
escuchó otro lonazo. Un agente especial vestido de negro y con el
rostro encubierto caía entre los puestos y en poco tiempo daba alcance
a su objetivo. Tres meses antes, una noche de marzo en la esquina de
Mineros y Mecánicos, había sido detenido el que con el tiempo se
convertiría en el enemigo número 1 de El Tanque. Su nombre, Fidel
Camarillo Salas, alías El Papirrín, señalado por el dedo de la justicia
como el comandante en jefe del cártel de la Morelos, quien
presuntamente comercializaba más de 10 kilos de cocaína a la semana.

Ambos,
apenas con 27 años de edad, convirtieron al barrio en un lugar
inhóspito en los primeros meses de 1998. Los testimonios después de
aquellas detenciones dejaban al descubierto su rivalidad. Una
declaración aseguraba que con una ráfaga de cuerno de chivo, de AK-47,
El Tanque había matado a El Pantera, hermano de El Papirrín, y este a
su vez asesinó a

El Adancito, considerado el lugarteniente del primero.

La información comenzaba a llegar de primera mano. En junio de 1998, Salvador Trejo Ibarra alias

El
Casablanca, considerado lugarteniente de El tanque, reconocía su
participación en la distribución de droga. La policía lo involucraba
por lo menos en cuatro homicidios. En abril de 2000, un hombre apodado
El Oaxaca aseguró que a la semana vendía por lo menos 10 kilos cocaína
y que 50% de la ganancia era entregada a El Papirrín, quien fue
condenado a 27 años de prisión por homicidio calificado, homicidio
simple y lesiones. A El Tanque no se le pudo procesar como jefe del
cártel de Tepito, pero sí por delitos contra

la salud y portación de arma de uso exclusivo del Ejército.

Cuatro
años después, el 23 de diciembre de 2002, El Tanque volvía a las
calles. Según su expediente salía por “buena conducta y participación
en tareas educativas y laborales”. Pero su salida coincidía con una
nueva ola de ejecuciones. Informes de inteligencia capitalinos
aseguraban que reclutó a más de 30 jóvenes de entre 15 y 17 años y los
armó con pistolas nueve milímetros y subametralladoras Uzi. Describían
que éstos se encargaban de amedrentar, golpear y robar a comerciantes,
presionándolos para pagar una cuota por protección: 10 mil pesos a
propietarios de locales y entre 20 y 50 pesos diarios a los dueños de
puestos semifijos.

Eran
una especie de sicarios, niños que por cinco mil pesos se deshacían de
los personajes incómodos. Un grupo de asesinos que convirtió un espacio
de 67 manzanas, entre la Morelos y el Tepito comercial, en zona de
guerra: de muertos sin cabeza, de envueltos con cinta canela.

Lo
que ocurrió en Tepito durante esos días fue el preludio de lo que en
los próximos años y hasta la fecha se ha convertido el país tras la
guerra entre los cárteles más poderosos, el del Golfo y su grupo de
sicarios Los Zetas, contra el cártel de Sinaloa, de Joaquín Loera El
Chapo Guzmán. Lanzaban cuerpos atados y cegados con cinta canela. La
única diferencia es que ahora, además del cuerpo, aparecen recados
escritos para las próximas víctimas y cabezas en bolsas negras
depositadas en cualquier lugar. Antes, las ejecuciones con los ojos
vendados y el tiro de gracia eran típicas de los estados del norte.
Hoy, la violencia ha bajado hacia Acapulco, el puerto de Veracruz, las
ciudades de Monterrey, Villahermosa, Morelia y hasta Tabasco. Más de
mil 500 ejecuciones en lo que va del año.

En
las calles de Tepito, el gobierno capitalino no vislumbró otra salida
más que expropiar las vecindades como una forma de acabar con la guerra
por la venta de droga. Pero mucho antes que eso ocurriera, Eugenio se
sentía intocable. Contaba con apoyo y protección de algunos jefes de la
policía federal. En el verano de 2003 vendía a la semana más de 15
kilos de cocaína. Por eso, el día que lo secuestraron las cuentas lo
distrajeron a tal grado que ni siquiera tuvo tiempo de sacar su arma
para defenderse a tiros. Su ambición por las ganancias lo tenía como
una momia canela. Lo estaban preparando para la muerte.

Afuera,
la vida seguía su rumbo. Fayuca, ropa, comida y cientos de compradores.
Adentro, en un cuartucho de vecindad, de las ahora llamadas viviendas
de renovación habitacional, yacía tirado. Nunca lo dejaron ponerse de
pie. Se habían muerto muchos: algunos los vieron entrar a una vecindad,
pero nunca los vieron salir. Ése sería el destino de Eugenio; sólo
escuchaba voces y pasos. Llevaba dos días sin probar bocado. Los que se
acercaban a él, sólo lo hacían para darle un zape en la cabeza.
Calculaba que habían pasado muchas horas, pero no sabía que la segunda
noche se acercaba. Que acabe como tenga que acabar, se repetía a sí
mismo en los ratos de desesperación.

Lo
que no sabía era que por esos días El Tanque volvía a ser aprehendido.
Era agosto de 2003, habían detenido a El Papis, considerado su
lugarteniente. Con él, habían apresado a El Topo, El Boga, El Pepino,
El Silverio,

El
Said, El Chirris. Ninguno rebasaba los 23 años de edad. También
detuvieron a La Carlota por su presunta participación de una ejecución
en la calle de Jesús Carranza.

Dos
días después de que cayó El Papis, se dictó orden de aprehensión contra
El Tanque por el delito de extorsión a un comerciante.

—¡Ni
madres, a mí no me llevan! —dijo mientras los vecinos comenzaban a
juntarse para hacer resistencia. El apoyo policial llegó pronto y Jorge
Reyes Ortiz comenzaba su camino hacia el Reclusorio Norte.

La
cadena de ejecuciones, sin embargo, terminó modificando el escenario,
porque al cuartucho de la vecindad tepiteña donde permanecía Eugenio
entró alguien diferente. Los pasos no eran los mismos que había
escuchado durante su estancia en ese lugar. Ahora las pisadas eran
suaves, con cadencia. En lugar de juntar más los hombros y sumir la
cabeza como quien espera recibir un golpe, sintió curiosidad y se
mantuvo alerta.

Era una voz de mujer, de una doña, que parecía conocerlo.

—Mira
nada más mijo hasta dónde están las cosas. Ya casi se mataron todos.
¿Por qué? Si yo los conocí de chiquillos cuando eran amigos y jugaban
futbol en el patio de la vecindad —le dijo a manera de reconciliación.

Mientras
comenzaba a reconocer la voz, el cerebro de Eugenio le pasaba estampas
de su historia. Vino a su mente la mujer que en sus días de infancia
les vendía mariguana por puño; la sacaba de una tina de aluminio que
utilizaban para bañar a los niños en una vecindad de la colonia
Morelos. Recordó la vez que estuvieron a punto de matarlo cuando fue a
recoger a la central de abasto un cargamento de cocaína que se
introdujo a la ciudad de México en papayas: cada fruta traía en su
corazón un cuarto de kilo. Se acordó también de cómo la gente para la
que trabajaba le robaba la “mercancía” a los del cártel contrario. Él
no sentía culpa, se consolaba creyendo que era tan sólo un operador.
Poco antes de reaccionar ante la voz pensó en sus amigos y las mamás de
éstos.

—¡Quiero
que se acabe ya esta matazón y quiero que les digas a todos que ya no
hay a nadie a quien matar! —decía con firmeza la voz femenina.

Eugenio
volvía a llorar y cada vez que la señora decía algo respondía con un
“sí jefecita” por el hueco de la cinta canela que alguien le arrancó.

La doña, sin saberlo, ponía fin a una guerra que la policía no había podido controlar.

Esa
noche, Eugenio salía de la vecindad igual que había entrado, con la
cabeza envuelta con un pedazo de trapo o cobija. Le habían quitado la
cinta canela del cuerpo, pero no de las manos. Sintió que lo subían a
un coche, pero en el breve trayecto nadie le habló, ni le pegó en la
cabeza. Un pie lo aventó cuando el automóvil se detuvo. Después quedó
ahí, tirado en la calle como un perro muerto. La vida le sería robada
después, no de un tiro en la cabeza, sino una noche en la que alguien
entró al cuarto donde dormía y lo acuchilló.

Suverza. Periodista.

***

El otoño de los generales

por JUAN VELEDÍAZ

—Le
dimos sus meloncitos para que se calmara —respondió Rafael Caro
Quintero al ex policía militar Gustavo Tarín Chávez cuando cuestionó al
capo sobre si el general Francisco Quirós Hermosillo estaba de acuerdo
en permitir el paso de droga por Sonora.

—Al
menos fueron 50 mil dólares en 1983 cuando el general era comandante de
la cuarta zona militar en Hermosillo —lee en voz alta el secretario del
juzgado militar dejando pasmado al auditorio que escucha este
testimonio.

Quirós
Hermosillo —fundador de la temible Brigada Blanca, ese cuerpo
paramilitar creado en 1976 para exterminar la guerrilla urbana; quien
por sus servicios al régimen priísta escaló a partir de ese año y en
tiempo récord los principales grados del Ejército y en menos de un
sexenio, el de José López Portillo, pasó de coronel a general de
división— esta mañana escucha, sentado en la primera fila de la sala
del Consejo de Guerra del Campo Militar Número Uno, la lectura de las
declaraciones de Tarín, ex colaborador suyo convertido en testigo en su
contra, mientras con una mano ajusta en el oído izquierdo su aparato
para la sordera.

El
divisionario viste su metro ochenta de estatura con el uniforme de gala
azul oscuro del Ejército. Es un hombre calvo de 67 años que todavía
conserva algo de aquel oficial de infantería que escoltó al general
Charles de Gaulle en 1964, durante su visita a México. Su aspecto —duro
e inexpresivo— denota al jefe que comandó a la Policía Militar en la
década de los 70. Pero esta mañana muestra un rostro compungido, sus
facciones se contraen, su mirada azul es vidriosa, roja de exasperación
ante los episodios que se van desgranando como partes informativos
sobre su relación con los barones de la droga, cuando era comandante
militar en varias partes de la República y funcionario de primer nivel
en la secretaría de Defensa.

—Que
ya no le jalen tanto al gatillo; le traigo un saludo de mi general y
compadre Francisco Quirós Hermosillo —exclamó un día a principios de
1994 Juan José Esparragoza Moreno, El Azul, uno de los líderes del
cártel de Juárez, cuando llegó a una reunión con su jefe Amado Carrillo
Fuentes y hacía referencia al clima de violencia suscitada en aquellos
meses.

—Es
cierto —dijo Amado—. Me consta que ya tienen muchos años de compadres
—se escucha en el auditorio. Al paso de las páginas del expediente,
Tarín —el hombre que colaboró desde los años 70 en diferentes
encomiendas con Quirós y quien a partir de 1999 se convirtió en testigo
protegido de la PGR al ser indiciado dentro del “Maxiproceso”, como se
le conoce al juicio contra civiles y militares acusados de tener
vínculos con Carrillo Fuentes— desnuda ante oficiales y jefes de alta
graduación presentes en la sala a uno de los generales que marcaron una
época en el Ejército mexicano: la etapa de la represión y desaparición
de guerrilleros.

Pero
este día Quirós no está solo; junto a él está sentado su coacusado, un
general brigadier, quizá el boina verde más famoso en la historia del
Ejército, llamado Mario Arturo Acosta Chaparro Escapite. Ambos son los
actores centrales de la corte marcial, integrada por cinco generales de
división sentados frente a una larga mesa que cubre el escenario,
quienes los juzgarán por sus presuntas relaciones con el narco, en lo
que se considera un juicio inédito en la historia moderna del país.
Quizá por ello el auditorio semicircular está a reventar: hay
periodistas nacionales y extranjeros junto a militares en retiro
vestidos de civil y otros con uniforme aún en activo.

Acosta
Chaparro es un hombre robusto de 60 años que peina canas. Su metro 82
viste el uniforme de gala con la insignia de paracaidista en el pecho,
pues ése es su origen, el célebre cuerpo de fusileros paracaidistas, la
unidad militar de élite que en los años 60 y 70 participó en las
principales operaciones de control social, como las manifestaciones
estudiantiles de 1968. De voz más gruesa, el brigadier da su nombre
completo y permanece de pie con la mirada firme puesta en dirección al
estrado, donde el secretario continúa la lectura del informe de Tarín.

Acosta
era jefe del “grupo exterior” de la DFS (Dirección Federal de
Seguridad, la policía política del régimen hasta 1985), y era el
encargado de los interrogatorios cuando estuvo adscrito a partir de
1976 a la Brigada Blanca; antes, en 1970, tomó el curso de fuerzas
especiales en Fort Bragg, Carolina del Norte, y regresó de Estados
Unidos para incorporarse a la brigada de fusileros paracaidistas.

Sobre
Quirós y Acosta, Tarín dice que a partir de 1994, cuando fueron
comisionados a la Coordinadora Nacional de Seguridad Pública creada a
raíz de los secuestros de los empresarios Alfredo Harp y Ángel Lozada,
trataron de conformar una red de inteligencia que operaría desde la
ciudad de México, para apoyar las actividades de Amado Carrillo
Fuentes, El Señor de los Cielos.

—Cómo
estás hijito —le decía Amado a Acosta Chaparro cuando hablaban por “el
esqueleto”, la línea telefónica directa entre ambos.

—Acabo
de hablar con su patrón —comentaba Amado a Tarín luego de colgar el
auricular. Ambos habrán conversado de esa forma, añade en su
testimonio, unas 12 ó 15 ocasiones mientras Acosta estuvo en la
Coordinadora.

—Una
ocasión —continúa la lectura en el auditorio— Amado envió 50 fusiles
AK-47, 30 pistolas, 20 radios, 10 mil cartuchos y una Suburban por
medio de Acosta Chaparro a Rubén Figueroa Alcocer [ex gobernador de
Guerrero], los cuales se los quedó, no entregó nada. Mucho después
entregó la Suburban, que era modelo 93 ó 94—. Al oír esta parte, Acosta
mueve la cabeza como si negara lo leído.

—Vicente
Carrillo Fuentes le envió 50 mil dólares a Quirós Hermosillo cuando
traficaba con cocaína por la ruta de Nogales, me contó una ocasión
Carlos Pulido, quien le daba ese dinero a Rubén Gardea Vara, que a su
vez se lo entregaba al general. Fueron al menos dos pagos por esa
cantidad —dice Tarín.

Quirós
no era el único. El testigo protegido recuerda que Amado repartió
regalos y miles de dólares entre comandantes militares y navales.

—El
general Arrieta [Ramón Arrieta Hurtado], quien fue comandante de la
quinta zona militar en Chihuahua, también recibió dinero, una camioneta
Dodge Ram blanca modelo 1985 y un Ford Gran Marquis; y el general
Badillo Trueba, quien estaba de comandante en la 10 zona militar en
Durango también recibió regalos de Amado Carrillo. A los comandantes
militares en Mazatlán, Los Mochis, Ciudad Obregón, Guaymas, Gómez
Palacio y Tepic, Nayarit, los tenía comprados Amado —dice en la lectura
el secretario. Y prosigue.

—Los
buques camaroneros arribaban con cocaína a las Islas Marías y de ahí en
avión a Parral, Chihuahua. También el comandante de la zona naval
militar participaba —en este momento los comentarios entre los
asistentes suben de intensidad, el ruido en la sala rompe el pesado
ambiente que se respira a estas alturas de la lectura. El presidente
del consejo de guerra, el general Tomás Ángeles Dauahare, decreta un
receso poco antes del medio día.

El
estupor permea a los asistentes. Nunca había sido involucrada tal
cantidad de militares en la protección de un narco, quizá por ello los
comentarios cuestionan la salud mental del multicitado y ausente
Gustavo Tarín Chávez, el testigo “estelar” de la PGR para armar la
acusación. Pero en el juicio hay 19 testigos más.

Cuando
minutos después se reanuda la sesión, el juez, coronel Domingo Sosa
Muñoz, ordena se dé lectura al testimonio de Jaime Olvera Olvera, ex
policía judicial, viejo conocido de los acusados.

—Cada
semana iba a Cuernavaca acompañado de Vicente Carrillo Leyva a la
hacienda que tenían en Morelos. En una ocasión, en el año de 1996, ahí
se entrevistaron hasta la una de la mañana Amado con Quirós y Acosta
Chaparro —dice el secretario en la lectura.

—En
abril de aquel año le dijo Amado a Vicente que se pusiera de acuerdo
con [Carlos] Colín Padilla para darle un auto al güerito [Quirós]. En
julio de 1996 le entregaron un Mercedes Benz azul —añade.

… Continua en el siguiente post.

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