“¿Por qué? Si yo los conocí de chiquillos…y jugaban futbol…” (2)


… Continua del anterior.

Aparece
en el relato un personaje femenino, Martha de Armas, bailarina cubana
del Tropicana, amiga y compañera inseparable de Amado cuando éste
viajaba a la isla. Esta mujer, según Olvera, es el enlace del capo en
la isla para conseguir casas y voluntarios que quieran trabajar con él.
La historia queda incompleta por derivaciones del testigo que llevan al
jurado a decretar un nuevo receso.

Quirós
se para de su asiento y camina un poco por el pasillo; Acosta se queda
solo, pensativo, mientras escucha a su abogado Manuel Flores
Arcieniega, quien le habla de cerca sin dejar de mover las manos. De
pronto una nube de micrófonos y cámaras se abalanza sobre Quirós.

El
juez llama al orden, y comienza la lectura del testimonio del que fue
director de la Policía Judicial Federal en 1994, Adrián Carrera
Fuentes, procesado por vínculos con el narco, quien aceptó testificar
contra los generales.

—El
7 de abril de 1998 el testigo declaró que cuando se desempeñaba como
jefe de seguridad en el Reclusorio Sur conoció a Amado Carrillo
Fuentes, quien cuando estuvo preso un día le regaló un Rolex de oro. En
1977 conoció a Acosta Chaparro cuando estaba en la DIPD [la Dirección
de Investigación y Prevención contra la Delincuencia que dirigía Arturo
Durazo], pero fue hasta 1988 cuando José de Jesús Mexeiro lo presentó
formalmente con él. En 1993, entre julio y agosto, cuando era director
de aprehensiones de la Judicial Federal, fue invitado por Amado
Carrillo a una cena en el resturante Las Espadas; durante una hora
platicaron y le entregó un portafolio con 100 mil dólares cuando le
pidió su apoyo. En 1994, cuando fue nombrado director de la Judicial
Federal, se reunió de nuevo en una casa del Pedregal con él para
reanudar su petición de apoyo —se escucha en la lectura.

Hojas
adelante aparece la declaración de Michel Roger Batista, ex comandante
de la judicial en Guerrero, quien recuerda que en marzo de 1990
desembarcó una tonelada con 450 kilogramos de cocaína en un puerto de
Baja California Sur, proveniente del puerto de Vacamonte, Panamá: eran
69 bultos que traían escritas las palabras “Quirós Hermosillo”.

29
de octubre de 2002. Como si fuera una señal del apocalipsis mediático
que tiene hoy al Ejército en primera plana de todos los diarios
nacionales, esta mañana aparece por la puerta siete del Campo Militar
el cronista Carlos Monsiváis. Su blanca cabellera despeinada resalta a
la distancia cuando es transportado a 40 kilómetros por hora en la
parte trasera de una Hummer por las limpias avenidas de la base militar
más importante del país.

La
sesión se reanuda con la lectura del testimonio de Paloma Luigi Sterna,
esposa del testigo Rubén Gardea Vara, a quien la fiscalía atribuye la
entrega de una camioneta Suburban blindada, equipos de intercepción
satelital y comunicaciones a Quirós, de parte de Amado Carrillo. Con
estos sistemas los acusados habrían creado una estructura de
“inteligencia” para facilitar el aterrizaje y despegue de aviones que
transportaban droga.

El
secretario del juzgado lee que Quirós, Acosta Chaparro y el célebre
Miguel Nazar Haro, el triunvirato de la guerra sucia, se volvieron a
reunir en 1994 para trabajar juntos en la Coordinadora Nacional de
Seguridad Pública por los secuestros suscitados aquel año. Reclutaron
40 policías que “no estuvieran en activo”, pues sospechaban de ex
policías como los autores.

Se
lee la declaración de Acosta del 3 de mayo del 2000, donde dice haber
sido instructor en la brigada de paracaidistas y que por su preparación
en subversión se encargaba de interrogar a los detenidos cuando fue
“asesor” en la Brigada Blanca. A cada momento, en la lectura aparecen
pinceladas sobre su paso como actor de la represión en los sótanos del
régimen. Sobre Quirós, Acosta fue puntual.

—Considero
que existe una relación de amistad y respeto. A pesar de la amistad, no
es frecuente nuestro contacto. Habrán sido unas 10 veces las que hemos
comido o desayunado juntos desde 1967 que lo conozco. Lo considero como
mi hermano mayor —dice.

La
sesión entra en un breve receso mientras el oficial que lee sin parar
desde hace tres horas toma un respiro. Al reanudarse, aparece una
pregunta nodal hecha por el fiscal militar al general Acosta.

—¿Conoce usted al narcotraficante Amado Carrillo Fuentes?

—En
el año de 1994, no recuerdo la fecha con exactitud, me lo presentó
Adrián Carrera Fuentes en el restaurante La Cañada. No me llamó la
atención, fue algo irrelevante, precisamente he tenido como norma de
conducta no involucrarme con personas a las cuales no puedo ayudar, y
menos si me van a causar problemas—. Acosta añade que volvió a ver a
Amado durante un operativo en la zona de Arboledas en aquel año,
durante un despliegue para ubicar una casa donde podría darse el pago y
rescate del banquero Alfredo Harp. Traía credencial de agente de la
Judicial, recuerda, sólo que no supo si era del DF o de la federal.

30
de octubre de 2002. La criminalidad mafiosa, dice el escritor Peter
Robb en su crónica Media noche en Sicilia, siempre ha sido un parásito
del poder político establecido. La frase tiene sentido cuando esta
mañana aparece un personaje ataviado con traje azul, lentes oscuros que
le cubren medio rostro y apoyado en un bastón: es el ex director de la
judicial federal, Adrián Carrera Fuentes.

Hoy
es día de careos. Los reporteros esperan la llegada de algunos
testigos; se dice que Tarín no viene por estar bajo custodia de la
justicia norteamericana, pero estarán otros como el viejo político
priísta Arsenio Farell Cubillas.

La
sesión se reanuda mientras Quirós clava su mirada en el ex comandante
Carrera quien está parado en el centro del auditorio. Se leen sus
declaraciones y se le hacen preguntas sobre si quiere añadir, rechazar
o ratificar lo dicho. Mueve la cabeza como anuencia para que la lectura
continúe.

Reconoce
haber actuado como punto de enlace entre Amado y Acosta, a quienes
reunió en el verano de 1993 en la zona de restaurantes de Chapultepec.
Dice que los dejó que hablaran dentro de un auto Ford Ltd durante tres
horas. Hace un recuento de cómo, cuando fue director de la judicial
federal, recibió regalos del jefe del cártel de Juárez para quien
trabajó como conexión con otros funcionarios de la PGR. Un día Amado le
confió que negociaba con los militares para llegar a un arreglo y poder
transitar con mercancía libremente por el país. Después, el capo le
confió que Quirós era el encargado de entregar el dinero a los
militares con los que pactó.

El
bochorno es evidente entre la audiencia de uniformados y los vestidos
de civil que no ocultan su estupor. La sesión entra en receso ante el
aumento del murmullo. Minutos después se reanuda con Acosta y Carrera
parados, frente a frente a un metro de distancia, en el escenario.

Carrera
como que se tambalea y se tiene que aferrar a su bastón cuando Acosta,
con voz estridente [cualquiera podrá imaginar por qué era el encargado
de los interrogatorios en la Brigada Blanca], le recrimina al viejo
policía todo lo que ha dicho.

—Dos
veces el señor pretendió presentarme a una persona, de la cual ignoraba
su nombre [era Amado Carrillo], y el señor perfectamente bien lo sabe;
además, yo nunca le ofrecí al señor dinero. ¿A honras de qué le tengo
que ofrecer dinero? —preguntó.

—Pues
yo no recuerdo, señor, ha pasado mucho tiempo y no sabría contestar la
pregunta del señor general —responde Carrera con voz baja e insegura.
Las contradicciones y vaguedades en las respuestas del ex funcionario
de la PGR exasperan al juez, quien lo conmina a que sus dichos sean
acordes con la realidad.

—Por
el tiempo tan considerable que ha pasado, no puedo hacer precisiones;
no miento ni trato de sorprender, hay cosas que no me constan, pero no
puedo dar testimonios que sean satisfactorios para ustedes —dice sin
soltar el bastón sobre el que se apoya.

Parece
que Acosta se lo quiere comer, sus ojos saltones denotan esa rabia de
quien se siente traicionado, herido en ese pacto de silencio que regula
los códigos no escritos entre policías.

Arsenio
Farrell es el siguiente testigo interrogado por el fiscal militar.
Contradice la hipótesis de que Acosta y Quirós utilizaron su cargo para
crear una infraestructura de inteligencia para apoyar a Carrillo.
También objeta que ambos militares, como se dijo, intervinieron en las
investigaciones del secuestro de Harp.

31
de octubre de 2002. El juicio ya es memorable para los medios de
comunicación por las evasivas, contradicciones y falta de sustento en
la mayoría de las declaraciones. Este día es el turno de los abogados
defensores y quien se lleva la mañana es el teniente Carlos Fernández
Pérez, que una a una refuta con argumentos que tienen al auditorio en
un mutis perpetuo las acusaciones contra el general Quirós.

Critica
la calidad moral de Tarín, resalta su perfil psicológico de “mitómano
consagrado” y se cuestiona cómo el jurado puede avalar dichos de
testigos que ya están muertos como Jaime Olvera y Tomás Colsa.

Le
sigue en la exposición el defensor de Acosta, Mariano Flores Arciniega,
quien centra su defensa en la autoridad de los llamados testigos
protegidos. Su intervención es discreta, pues antes el general ha sido
vehemente para refutar cada punto en su contra.

1
de noviembre de 2002. La hojas secas regadas sobre el pasto y el frío
matutino recuerdan que el otoño está en su apogeo. Hoy se dictará
sentencia y la asistencia es mayor que en días pasados. Hacen su
aparición en el auditorio militares que marcaron época dentro del
Ejército, como el general Salvador Rangel Medina, comandante en
Guerrero en los años 70 quien, apoyado en un bastón y en compañía de su
hija, entra a darle su respaldo a Acosta Chaparrro. Por ahí se ve al
viejo divisionario Juan Poblano Silva, mencionado en el libro Deep
Cover como protector del narco en el sexenio de De la Madrid. Están
varios amigos de Quirós de su generación del Colegio Militar en los
años 50; la mayoría no fueron tan famosos como él pero echan de menos
al más célebre y cercano al acusado, nada menos que el ex secretario de
Defensa Enrique Cervantes Aguirre, su compadre, quien nada hizo para
apoyarlo en los años de encierro.

En
su última intervención antes del veredicto, Quirós toma la palabra y a
propósito recuerda su origen de artillero, arma a la que perteneció
hasta principios de los 60 cuando pasó a la infantería. Asegura que su
persona y trayectoria fue sometida a un “ablandamiento artillero en los
medios de comunicación”.

—Al
parecer somos los “narcotraficantes desconocidos” a estas fechas —dice
en alusión a los 14 mil detenidos por delitos contra la salud en el
sexenio de Ernesto Zedillo, pues sólo un testigo los ha identificado.

—Tengo
dos años, dos meses y un día detenido en esta prisión por un delito
que, reitero, no cometí. Tengo 792 días aquí. Manifiesto que la
publicidad que se le dio a nuestra captura fue como la de un logro más
de la lucha contra el narcotráfico —dice antes de repasar los dichos
que a su juicio muestran la ilegalidad del juicio.

Cuando
Acosta toma la palabra deja sobre su asiento un rosario y un librito
con la imagen de San Judas Tadeo, no ha dejado de leerlo mientras su
coacusado habla. Dice que la fiscalía militar no ha presentado una sola
prueba en su contra y, por el contrario, su defensa ha acreditado su
inocencia. Recuerda que Adrián Carrera no pudo sostenerse en sus
dichos.

—El
señor fiscal habla de probidad y honradez de los testigos protegidos:
es un insulto al instituto armado, es un insulto al consejo de guerra y
es un insulto a todos los miembros del Ejército —clama con ese tono de
voz metálico que rebota en las paredes. Más adelante, luego de refutar
la supuesta cercanía con El Señor de los Cielos, el brigadier
concluye—: Ratifico mis servicios prestados al Ejército y a la patria.

A
partir del mediodía, los integrantes del consejo de guerra se encierran
para deliberar en secreto. Tardan más de cinco horas y al caer la tarde
aparecen en el estrado para leer el veredicto. El juez llama por su
nombre y grado a cada uno de los acusados y les hace saber la pena.

Acosta
Chaparro es sentenciado a 15 años de prisión por ser culpable de
narcotráfico y cohecho. Se le destituye del grado de general brigadier
y se le condena a no usar uniforme e insignias. Quirós Hermosillo
escucha el resolutivo que lo sentencia a 16 años de prisión por los
mismos delitos y queda inhabilitado para ostentarse como general de
división, usar las insignias y uniforme. Todos los asistentes en
posición de firmes escuchan la voz del juez.

—Comandante
de guardia, escolte a los prisioneros—. Acosta agacha la cabeza, Quirós
está a punto de estallar. Se rompen filas y un viejo general que
conoció a Acosta desde los años 70 exclama: —No puedo creer cómo
alguien con fama de cabrón dentro del Ejército casi se quiebra—. Uno de
sus interlocutores dice sobre él ante varios reporteros: —Quienes lo
conocemos sabíamos que estaba quebrado.

Posdata

El
19 de noviembre del 2006 Quirós Hermosillo falleció en una cama del
Hospital Central Militar tras padecer una larga agonía por cáncer.
Durante el velatorio llegó su compadre Cervantes Aguirre, quien de
inmediato fue “invitado a retirarse” por la hija del general.

Acosta
Chaparro ganó un amparo contra la sentencia por narcotráfico y dejó la
prisión militar el jueves 28 de junio de 2007. Los crímenes que se le
imputan por la guerra sucia quedaron sin efecto por desvanecimiento de
pruebas ante la justicia castrense. En la justicia civil hasta el
verano de este año no había sido encausado.

Veledíaz. Periodista.

***

De “avestruz”

por HÉCTOR DE MAULEÓN

Nadie
sabe dónde está. Trabajaba como diseñador gráfico en una empresa de
Mexicali que hacía gafetes de identidad. No ganaba siquiera para
rentarse un departamento: seguía viviendo en la casa de sus padres. Lo
llamaban Félix.

En
1997, sus jefes le encargaron un juego de identificaciones que serían
usadas durante una convención de miembros de corredores de inmuebles.
Las estaba diseñando cuando un cliente apareció en la empresa con
intención de hacer un pedido de gafetes para una firma publicitaria. El
cliente iba acompañado por un colombiano. Un hombre que hablaba
demasiado alto,

y al que por eso apodaban El Gritón.

“Me dan ganas de decirle que se salga del taller”,

le dijo Félix a un compañero. “No me puedo concentrar con este ruido”.

El compañero respondió en voz baja: “Cálmate, porque éste es de cuidado”.

El Gritón no oyó la conversación, pero le llamó

la atención el trabajo que el diseñador estaba haciendo. “Qué bonitos gafetes”. Antes de irse, le pidió

el número de su celular. “Puede haber por ahí un encarguito”.

Le
llamó esa misma tarde para pedirle una cita. Félix tuvo desconfianza.
Pero andaba corto de dinero, y terminó por citar al colombiano para las
diez de la noche, frente a las oficinas de la policía judicial del
estado. “Pensé que si era de cuidado, yo podía estar protegido en ese
sitio”, diría después.

El Gritón lo aguardaba en una camioneta Dodge

de
color azul, con techo y cofre de color plata. No se anduvo con rodeos:
mostró un gafete de la policía judicial del estado y le preguntó si se
sentía capaz de falsificarlo. “La paga es buena”.

Félix
se amedrentó, rechazó el encargo y se fue a su casa. Pero había
cometido el error de entregar su número telefónico. El Gritón lo buscó
insistentemente, lo acosó durante un mes, hasta que el diseñador se
sintió asustado. Para quitárselo de encima, le dijo que la computadora
con la que podía hacer el trabajo no era suya, sino de la empresa, y
que además se trataba de una máquina muy lenta. El Gritón se exasperó:

“No
me andes con pendejadas. La gente a la que le interesa el trabajo tiene
mucho dinero y no se anda fijando en esas cosas. Investiga cuánto
cuesta la computadora. Te llamó más tarde”.

Félix
sintió que tiraba al vacío. En internet encontró una Pentium con
digitalizador óptico, cuyo precio era de cinco mil dólares. Pensó que
una suma tan alta desanimaría a El Gritón, pero se equivocó. Esa misma
tarde, éste le llevó el dinero al taller. “Pura moneda americana”.

La
máquina fue comprada en Estados Unidos. Félix sufrió con una infinidad
de detalles técnicos, pero al fin pudo instalarla. “Hazme una prueba

—dijo El Gritón—. Saca un gafete”.

“Aquí no”, le respondió el diseñador. “No quiero involucrar en esto a la empresa”.

El colombiano decidió llevarlo a una casa de la colonia Virreyes. “Me van a matar por traerte aquí”,

le dijo. La casa estaba vacía. Había pocos muebles

y
un hombre con aspecto de policía al que llamaban Lalo. Ahí, el
colombiano le entregó un gafete y una credencial de la judicial. “Ponte
a trabajar”, le ordenó.

El diseñador se tardó dos días. Pero logró imitar los documentos “hasta en el color”.

“¡Quedaron al chingadazo!”, dijo el otro muy contento.

Al
día siguiente le llevó veinticinco fotografías. “Son para pegarlas en
las credenciales. Tú inventa los nombres, menos en ésta, que tiene que
ir a nombre de Juan Carlos Ramos”.

Félix miró la foto. Había un hombre robusto, moreno, de bigote ralo.

El Gritón le pagó mil 200 dólares.

“¿Ya ves qué fácil?”.

Cuando
Félix se despidió, alegando que debía volver a su trabajo, el
colombiano sonrió: “¿Cuál trabajo? ¿No te das cuenta dónde te has
metido? Estas gentes son muy pesadas. Ya no te puedes salir. Incluso ya
no vas a poder seguir trabajando en la misma empresa”.

El falsificador del cártel

Comenzaba
1998. Una noche en que Félix conversaba con amigos frente a la casa de
sus padres, una Suburban negra se aproximó por la calle. “Sube. Te
quiere conocer el patrón”.

Había
pasado un año desde la falsificación de las credenciales. De vez en
cuando, El Gritón le daba a regañadientes unos cuántos dólares, “para
gastos”. Pero a Félix no le alcanzaban ni para activar su celular.
Menos, para reparar su viejo Thunderbird, que se había quedado tirado
desde hacía tiempo.

La
Suburban lo condujo esa noche al fraccionamiento Las Fuentes, hasta una
calle solitaria en la que había varios vehículos con el motor
encendido. Dentro de una camioneta Lobo, se hallaba el patrón. Éste se
presentó:

“Gilberto Higuera Guerrero”.

Era el sujeto cuya fotografía había puesto a nombre de Juan Carlos Ramos. Su cabeza tenía precio. Le apodaban El Gilillo.

Félix
subió a la camioneta. El patrón le ofreció un cigarro y le dijo la
razón por la que lo andaban buscando: la fecha de las credenciales
había expirado, era necesario hacer un juego nuevo. Sólo que no iba a
ser tan fácil como la primera vez: para evitar falsificaciones, la
Procuraduría acababa de poner un holograma en las credenciales de los
agentes.

“¿Lo puedes copiar?”.

“Sí —dijo Félix—. Pero tienen que comprar otro equipo”.

El Gilillo reclamó:

“Ya te hemos dado mucho dinero, pero dice El Gritón que pides más y no quieres trabajar”.

Félix
supo en ese instante que El Gritón se estaba quedando con la paga, pero
guardó silencio. Se puso a temblar cuando el patrón le dijo:

“Ya hasta te íbamos a levantar”.

“La computadora que tengo no puede hacer hologramas. Hace falta un equipo más potente”, tartamudeó el diseñador.

El
Gilillo le ordenó que lo buscara, y le entregó un rollo de billetes
verdes. Dos mil 500 dólares, “para gastos”. Le ordenó también:

“Activa tu celular, y repara tu vehículo”.

Luego, el convoy se alejó.

Los
hologramas podían hacerse en serigrafía, con una impresora de resina
térmica que costaba 15 mil dólares. Félix se lo informó a uno de los
ayudantes del patrón. Una hora después de la llamada, le llevaron a su
casa una bolsa con dinero, y le ordenaron que rentara un departamento
para instalar el equipo, un sitio donde pudiera trabajar sin que nadie
lo viera.

Encontró
un buen lugar en alguna de las unidades del Infonavit. La reproducción
del holograma no fue nada sencilla, pero al fin pudo preparar 30 juegos
de gafetes y credenciales, entre las que estaba “la del mero jefe”: el
hermano de El Gilillo, Ismael Higuera Guerrero, alias El Mayel, cabeza
del brazo armado y uno de los operadores más violentos del cártel de
los Arellano Félix.

El
diseñador recibió siete mil dólares por el trabajo. Los derrochó en
pocas semanas en la intensa noche mexicalense, y no volvió a ver a
nadie hasta que la fecha de las credenciales expiró nuevamente.

En
diciembre de 1998, el propio Gilillo fue a buscarlo al departamento.
Félix había comprado una cámara Casio para poder tomar las fotos él
mismo. “Quería que todas tuvieran el mismo formato”. Pero el grupo que
había que retratar no estaba completo, “algunos andaban trabajando en
Tijuana y Ensenada”. Le dijo Gilberto: “Voy a mandar por ti mañana para
que tomes las fotos que faltan”.

Al
día siguiente, a las dos de la tarde, un hombre silencioso lo recogió
en una pick up. Cambiaron de vehículo en un entronque. Luego, con el
acelerador a fondo, se trasladaron a Tijuana. Cuando aparecieron las
primeras casas de la ciudad, el hombre informó por radio: “Ya traigo al
fotógrafo”. Le contestaron: “Súbelo, pero ‘de avestruz’”. El hombre le
pidió que se tumbara en el piso, y no alzara la cabeza hasta que se lo
ordenaran.

Félix
obedeció. Tal vez por primera vez se vio a sí mismo metido hasta el
cuello en la delincuencia organizada. Iba tumbado en el piso de una
camioneta, mientras los otros cruzaban claves extrañas. Al fin, se oyó
una puerta eléctrica que se abría; bajó del auto y avanzó por el jardín
de una casa “de tipo griego, en desniveles”. En la sala aguardaban dos
hombres de saco y corbata. Los retrató. Nunca supo quiénes eran. [Pero
en esos años, en Tijuana, no había más ley que la de Ramón y Benjamín
Arellano Félix. “Súbelo, pero ‘de avestruz’, habían dicho a través del
radio. Félix comprendería después que “subir” era la palabra que se
usaba cuando alguien iba a encontrarse con los jefes máximos.]

Así
que al terminar la sesión “lo bajaron”, otra vez “de avestruz”. Pensó
que lo llevaban a Mexicali, pero la camioneta tomó el camino de
Ensenada. Félix fue introducido en una casa que tenía piso de mármol
verde y carecía de muebles. Sólo había un televisor de pantalla grande,
rifles de asalto y varias mochilas. Ahí estaba Ismael Higuera Guerrero,
El Mayel, acompañado por un sujeto apodado El 85, y por otro al que le
faltaban tres dedos y le decían El Quemado. Al poco llegaron Gilberto y
su antiguo conocido, El Ronco. Les tomó las fotos mientras ellos
conversaban: hablaban de los Arellano Félix, de un hombre al que tenían
castigado en un lugar llamado “la casita”, y al que El Mayel decía que
había llegado la hora de perdonar. “Levántenle el castigo”, ordenó.
Hablaban también de embarques y desembarques, de un grupo de federales
al que apodaban Los Felicianos, y que colaboraban con ellos,
brindándoles protección. Todo lo hicieron como si Félix no estuviera
presente. Regresó a Mexicali con el bolsillo retacado de dólares, y la
impresión de que “ya me tenían confianza”, de que al paso del tiempo se
iba convirtiendo en uno de ellos.

Fue así como el narco lo devoró, como se convirtió en el falsificador oficial del cártel.

En
la madrugada del 4 de mayo de 2000, la policía recibió una llamada
anónima: unos hombres disparaban al aire y escandalizaban en una casa
cercana a la Universidad Autónoma de Baja California. Un grupo de élite
se trasladó al inmueble y fue recibido a tiros. Se trataba, sin
embargo, de disparos inútiles: los agresores se hallaban totalmente
alcoholizados. Fueron sometidos con facilidad. Sólo uno siguió
disparando desde la parte alta de la casa. Uno de sus cómplices le dijo
por radio: “Ya estamos dados, date tu también”. Era El Mayel.

Se dice que pocos minutos después de la detención, timbró el celular del capo. Un militar contestó la llamada.

—Como hombres —le dijeron—, ¿lo tienen vivo o muerto?

—Vivo —respondió el militar.

—Entonces, como hombres, ¿cuánto para que lo entreguen, como se encuentre?

El
militar colgó. Cuando la niebla provocada por las granadas de humo
empezó a disolverse, el grupo de élite decomisó dólares, joyas, armas…
y varias credenciales de la policía judicial del estado.

La
suerte de Félix había quedado echada. Lo agarraron en el departamento
que había rentado en el Infonavit, y en el que estaba viviendo desde
hacía dos años. El Thunderbird había vuelto a descomponerse. La policía
aseguró la Pentium, la cámara Casio y varios juegos de fotos. Las
pruebas de las credenciales falsas salían por racimos de los cajones.
Aunque Félix decía que lo había hecho todo por miedo, que era una
víctima más de la ley de la plata o el plomo, le fincaron acusaciones
por falsificación de documentos públicos y asociación delictuosa. Eso,
para abrir boca.

Llegó
a la representación social desencajado y tembloroso, pidiendo que lo
volvieran testigo protegido. Lo llamaron “Félix”. Pero tenía poco qué
aportar. Su nombre habría de perderse entre la montaña de fojas que
forman el proceso contra el operador más sanguinario y violento del
cártel de los Arellano Félix.

De Mauleón. Su libro más reciente es Como nada en el mundo (Planeta, 2006).

  

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