La utopía de la lectura

Juan Domingo Argüelles

La utopía de la lectura

Libro, tú no has podido
empapelarme,
no me llenaste
de tipografía,
de impresiones celestes,
no pudiste
encuadernar mis ojos,
salgo de ti a poblar lar arboledas
con la ronca familia de mi canto,
a trabajar metales encendidos
o a comer carne asada
junto al fuego en los montes.

Pablo Neruda

Debido
a que la mayor parte de los seres humanos nos sentimos inseguros, y no
queremos correr riesgos que impliquen la posibilidad de equivocarnos, a
menudo confiamos nuestra seguridad en las recetas.

Esto
adquiere mucho sentido si pensamos, por ejemplo, en un tratamiento
médico especializado del cual dependa nuestra vida, pero resulta por lo
menos un exceso si lo remitimos al aprendizaje de vivir, el cual exige,
querámoslo o no, el riesgo y aun la necesidad de equivocarnos.

Entre
todo lo que aprendemos, lo que ya no olvidamos jamás es fruto sobre
todo de nuestros errores. En el proceso de todo buen aprendizaje el
principio de intento seguido por error es del todo natural y decisivo.
Por eso resulta absurdo fundamentar nuestra existencia en recetas, y no
dar absolutamente ningún paso si antes no nos lo autoriza un manual.

Al
recibir en 1971 el Premio Nobel de Literatura, en su discurso el gran
poeta chileno Pablo Neruda expresó: “Yo no aprendí en los libros
ninguna receta para la composición de un poema, y no dejaré impreso a
mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas
reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría.”

Blas
Pascal advertía: “No nos contentamos con la vida que tenemos en
nosotros y en nuestro propio ser: queremos vivir en la idea de los
demás, una vida imaginaria, y por ello cultivamos con afán la
apariencia. Trabajamos incesantemente en embellecer y conservar nuestro
ser imaginario y descuidamos el verdadero.”

Por
su parte, el escritor húngaro Stephen Vizinczey diría que no estamos
dispuestos a saltar al vacío si antes no se nos garantiza que caeremos
de pie. Con bastante frecuencia, incluso en tratamientos médicos, lo
que funciona para unos no funciona para otros, o causa tales efectos
colaterales dañinos que más valía no confiar en la receta.

Como
“no sabemos vivir”, queremos que alguien nos diga cómo hacerlo. Por eso
tienen tanto éxito los libros de superación personal, escritos por
autores (algunos de ellos bastante mercenarios) cuya mayor virtud es
saber ofrecer en recetas, y en cápsulas, su conocimiento sobre la vida.
Ese éxito sería seguramente mucho menor si llegáramos a saber (o
siquiera a sospechar) que esos autores pueden tener tantos problemas
irresueltos como cualquiera de nosotros, y que, al igual que cualquiera
de nosotros, pueden no sólo equivocarse sino también contradecirse
gravemente.

Filósofos
que reflexionan brillantemente sobre la justicia, la libertad y la
verdad pueden, en un arranque de imbecilidad o de locura, asesinar a su
esposa. Escritores que creen “sinceramente” en el bien y en la
tolerancia (y que escriben lúcida y apasionadamente sobre estos
tópicos), pueden ser dictadorzuelos y energúmenos en sus hogares, con
su familia y en el radio más cercano de su influencia intelectual.
Poetas que escriben sobre la belleza, la alegría y la elevación de
espíritu, pueden perfectamente vivir en la inmundicia, enfurecidos y
resentidos todo el tiempo, hoscos y sin elevación de espíritu. La
incongruencia es a veces tan grande que podríamos llegar a imaginar el
siguiente absurdo: que los mejores chef del mundo, encargados de crear
y preparar los más exquisitos platillos, se alimenten a su vez, de
manera cotidiana, con los peores guisos, las más repulsivas mezclas
culinarias y las combinaciones menos gastronómicas; en el mejor de los
casos, ahítos de hamburguesas y de todo tipo de comida rápida.


Ilustraciones de Pablo Pérez

Y
pueden darse, por supuesto, contradicciones mucho más graves y
alarmantes que nos indican que el libro y la lectura no tienen por sí
mismos el poder de salvar a nadie de la barbarie, la perversidad y la
infamia. La historia del hombre tiene documentados múltiples episodios
al respecto. Por eso, con entera razón, Alberto Manguel ha dicho: “No
es que ser lector convierta automáticamente a un personaje en un ser
noble y ejemplar. Al contrario. Sabemos demasiado bien que la historia
abunda en ejemplos de lectores empedernidos que luego, como si nada
hubiesen leído, han sido tiranos, torturadores, criminales. El libro no
es un instrumento moral. El libro no educa, no juzga, no alienta a
tener un buen o mal comportamiento.” En todo caso, el único consuelo
que nos queda, a pesar de esta verdad, es que el libro puede servir
para reforzar nuestros mejores sentimientos, ahí donde por supuesto los
hay, es decir en el espíritu mismo del que lee. Como instrumento, el
libro tiene el uso que el lector le dé.

En
este sentido, el gran poeta y pensador Octavio Paz tampoco se
equivocaba cuando mostraba su pesimismo respecto de las utopías. Que el
libro, por sí mismo como objeto, transforma y mejora a todo el mundo es
una de las grandes utopías culturales que, como toda utopía, también
está teñida de algo de ceguera y de mucha obstinada ingenuidad. Al
pensar en todas las empresas utópicas, siempre desembocando en el mal,
Paz decía: “¿ La Nada es creadora? ¿La negación es hacedora? La
crítica, que limpia las mentes de telarañas y que es guía de la vida
recta, ¿no es la hija de la negación? Es difícil responder a estas
preguntas. No lo es decir que la sombra del mal mancha y anula todas
las construcciones utópicas. El mal no es únicamente una noción
metafísica o religiosa: es una realidad sensible, biológica,
psicológica e histórica. El mal se toca, el mal duele.”

Por
eso hay que tener mucho cuidado en el momento de estar tentados a
afirmar que los libros siempre nos mejoran en lo intelectual y en lo
moral. Más sensato sería concluir, con el escritor británico Somerset
Maugham, que la lectura no da sabiduría al hombre, sino tan sólo
conocimientos, y que éstos son utilizados de acuerdo con la
inteligencia, la moral y la sensibilidad de quien lee. Es por eso que
no debe sorprendernos la gran incongruencia de que ciertos pensadores,
a quienes se les llena la boca y la página con discursos perfectamente
articulados y coherentes contra la vanidad, la soberbia, el abuso del
poder, el afán mercenario y la falta de pulcritud ética, pueden ser
perfectamente unos en el texto y otros muy contrarios en su
comportamiento real; autores de libros, espiritualmente elevados,
pueden ser, en la realidad, todo lo contrario de sus libros; escritores
buenos, malísimas personas. Y así por el estilo, podríamos seguir
poniendo ejemplos, sin olvidarnos desde luego de nosotros mismos,
porque las fallas y contradicciones no sólo tendríamos que buscarlas en
los demás sino también en nosotros. Las posibilidades del ser humano
son infinitas, lo mismo para el bien que para el mal; y el libro, no
debemos olvidarlo nunca, es uno más de los instrumentos del hombre.

SAN LIBRO

Hay
quienes llegan incluso a afirmar que los libros son mejores que la
vida, aunque esta afirmación no pueda ser más tonta, pues sin la vida
no hay libro que valga. Henry Miller se preguntaba, con entera razón:
“¿De qué sirven los libros si no nos hacen volver a la vida; si no
consiguen hacernos beber en ella con más avidez?” Y Pablo Neruda, en su
primera e intensa “Oda al libro” es lo suficientemente inteligente para
saber y decir esta gran verdad: “He aprendido la vida/ de la vida.” El
principio que nos debería llevar a abrir un libro es el dinamizar
nuestra existencia; de modo que, al cerrarlo, tengamos mayores y
mejores razones para vivir, pero no para vivir exclusivamente con el
fin de leer libros, sino con el propósito de que, en nuestra vida, haya
libros que nos hagan más feliz el hecho de vivir.

Hay
creencias místicas sobre la influencia del libro, con un misticismo
extrañamente laico, que se torna casi en esquizofrenia, pues parece
fuera de toda lógica y relativismo inteligente. El libro como
abstracción (“todo libro es bueno”) forma parte de un dogma religioso
del que la sociedad letrada no ha podido desembarazarse en cinco siglos
y medio de imprenta y racionalismo, quizá, en parte, porque el primer
libro que salió de la imprenta de Gutenberg fue la Biblia , impresa
entre 1452 y 1455.

Lo
que Gabriel Zaid ha denominado, atinadamente, las hipótesis beatas
sobre el libro (“no hay libro malo que no contenga algo bueno”, “leer
amplía el horizonte”, “leer ennoblece siempre”, “leer eleva el espíritu
y santifica al hombre”, “no hay nada como plantar un árbol, tener un
hijo y escribir un libro”, etcétera) sigue permeando de modo muy
marcado en una sociedad que suele enorgullecerse de su reputación
científica y aun escéptica. Mas cuando se trata del libro, todo el
mundo tiene una visión abstracta, edificante teñida de sacralidad, y
todo ello a despecho de la incongruencia de un sistema educativo
obsesionado por elevar el nivel de escolarización independientemente de
que se alcance o no el equilibrio emocional o la satisfacción y el
bienestar íntimos de los altamente escolarizados.

Hasta
los políticos, que no suelen leer mucho, o que simplemente no leen, no
pierden una oportunidad de afirmar que el libro es sagrado. Este dogma
culto, esta convicción mística, refuerza lo políticamente correcto.
Nadie espera por supuesto que sean tan torpes o tan brutos o tan malos
políticos para decir lo contrario, aunque nadie, tampoco, espera
razonablemente que los que afirman que el libro ennoblece siempre den
pruebas, siquiera mínimas, en su propia persona, de lo que están
afirmando. Esto es lo malo: que las creencias místicas sobre la cultura
nos vuelven cínicos, pues relevan todo examen, anulan todo análisis,
desechan toda exigencia de prueba, hasta dejarnos únicamente con la
creencia. Tal es la religiosidad del libro que nos impide el debate y
nos deja únicamente con los enunciados de buena intención. Con ironía,
Carlos Monsiváis ha dicho: “Algo se sabe de la trama de Don Quijote , ¿pero quién lo lee? No ciertamente muchísimos funcionarios que presiden los homenajes a Cervantes.”

ESCRIBIR COMO SE VIVE

Si
la contradicción es mala, la incongruencia es peor. No hay sabiduría en
las teorías que jamás encuentran su constatación en la práctica, ni hay
beneficio alguno en los que se asumen como sabios, por el hecho de
desgranar todo el tiempo cientos de teorías que nunca han sido capaces
de llevar a los hechos, entre otras cosas, porque no son otra cosa que
puro humo. Hay gente que se la pasa hilando bellos y etéreos discursos,
sin haber experimentado jamás, en su propia vida, los efectos prácticos
de sus teorías. Desde luego, con el solo hecho de teorizar en el vacío
sienten que mejoran al género humano. Es gente que cree y que quiere
enseñar a los demás a ser mejores y a alcanzar la felicidad y la
satisfacción a través de los consejos, cuando, irónicamente, ella misma
vive infeliz e insatisfecha porque nada hay en su vida cotidiana que se
parezca a la alegría de un logro práctico así sea pequeño o
insignificante.

Y
si las teorías no sirven para vivir mejor, entonces, razonablemente, no
sirven para nada. Si los discursos positivos, que pronunciamos con
fervor, no rigen nuestra propia existencia, la enfermedad se llama
esquizofrenia: decir algo y hacer lo contrario, sin percatarnos del
todo; en el mejor de los casos, engañarse con las propias mentiras, no
darse cuenta de que la virtud y la sabiduría no residen en las palabras
sino en las acciones. Por eso no hay sabios mentecatos y,
esencialmente, descontentos e iracundos con la existencia, pues, como
dijo Heine, “el que en su propia vida fue necio, jamás fue sabio”, lo
cual coincide con la luminosa sentencia que Baltasar Gracián estampa en
la reflexión número dieciséis de su Oráculo manual y arte de prudencia: “Ciencia sin seso, locura doble.”

No
deja de ser desalentador, es cierto, el hecho de que algunas verdades
sobre la influencia de los libros puedan perfectamente equipararse con
el cinismo, como cuando, por ejemplo, autores y lectores asumen que de
lo que se trata es de ser buenos autores, buenos
lectores (lo que esto signifique, técnicamente), al margen de su moral
y de sus costumbres. Por lo menos, es absurdo, pues si leer no sirve en
realidad más que para mejorarnos técnicamente, entonces no
sirve para mucho, y las razones para querer generalizar en los seres
humanos la lectura de libros acaban siendo muy pocas y muy poco
convincentes. Al menos, una cosa es casi segura: ningún libro es mejor
que su autor, porque todo libro refleja las ideas y los sentimientos de
quien lo escribió. Asimismo, por lo general, en cuestión de lectura,
los lectores frecuentan aquellos libros con los que están de acuerdo y
que, de alguna forma, también los reflejan.

Y
como la doble moral y las incongruencias éticas y políticas son y
siempre han sido abundantes, no se crea que los que dan consejos
enaltecedores siguen los suyos propios con entero celo y absoluta
convicción. El principio de honradez intelectual y moral nos indicaría
que no podemos dar consejos a los demás si nosotros mismos no los
podemos seguir, pero, con cínica esquizofrenia o con pulcra hipocresía,
hasta los corruptos pueden hilar perfectos discursos sobre la probidad
y la honradez, y tener seguidores y admiradores. No tendríamos entonces
por qué sorprendernos de que algunos especialistas del libro y la
lectura no lean o lean tan poco que sea casi como no leer, y que sin
embargo tengan todo el tiempo del mundo para echar rollos tremebundos
sobre la necesidad y la urgencia de leer. Hay gente que está tan
ocupada en el tema de los libros que ya no tiene tiempo para leer nada
que no sea acerca del tema de los libros. En casos peores, los
políticos hablan todo el tiempo de la necesidad de la lectura, sin
ellos realmente ser lectores y sin que les importen en verdad los
libros sino únicamente como tema oportunista de sus discursos. Acerca
de la nobleza del libro y la lectura hay millones de frases y
pensamientos enaltecedores, muchos de ellos acuñados por simples
oportunistas a quienes los libros les importan sólo para su medro o su
negocio.

Asimismo,
las recetas para la promoción y fomento de la lectura son abundantes, y
algunas han ayudado a no pocos lectores, pero otras en cambio son puro
rollo de gente que se dice “profesional” y “experta” en algo nada más
porque se expresa en una jerga que muy pocos entienden y que muchos
están dispuestos a tomar en serio precisamente porque al no entender
creen de veras, con absoluta sinceridad, que aquello es tan elevado que
sólo puede ser entendido por entendidos. Como la gente necesita
recetas, no pocos charlatanes prosperan. En el tema de la lectura no
tendría por qué ser diferente.

Cuando estamos ante un público, en no pocas ocasiones la gente confiada se acerca y nos dice:

–Yo
deseo leer. Pero no sé cómo comenzar. Me encantaría que usted me
pudiese recomendar una lista de lo que debe leerse para empezar. Algo
que sea fácil e interesante.

Mal
cuento. La gente recomienda lo que le place o lo que le conviene, y lo
que le place o le conviene a uno no necesariamente le tiene que placer
o convenir a otro.

En
el fondo, el comportamiento general de la gente respecto de su
desorientación en el mundo del libro, le viene de todas esas falsas
ideas y esas abundantes propagandas que sostienen que, para leer, son
imprescindibles los intermediarios. En realidad no es así. Los
intermediarios entre el libro y los lectores pueden ser sin duda
útiles, pero no son imprescindibles.

A FUERZAS NI EL PRÓLOGO

En su Historia del lápiz,
el poeta y novelista alemán Peter Handke ha expresado: “Lo que uno
puede encontrar en la lectura, eso es la lectura.” Por ello, cuando una
persona tiene la capacidad de descodificar un texto y está en pleno uso
de sus facultades puede intentar leer cualquier libro, y en ese intento
obtener un gran goce o, en su defecto, aburrirse mortalmente.

En
el segundo caso, no hay que angustiarse demasiado ni reprocharse ni
acusarse. Aburrirse con un libro puede ser lo más natural si ese libro
no está entre nuestro interés, y hay millones de libros que no han sido
escritos para nosotros, y eso no es culpa nuestra. No tenemos por qué
autoflagelarnos. Abandonemos el susodicho libro y, si así lo deseamos,
intentémoslo con otro. Es bastante probable que tengamos éxito. Pero
una cosa importante es saber que no tenemos ninguna obligación de
sufrir la lectura de ningún libro, aunque la disciplina así nos lo
exija. La disciplina puede ser una virtud, pero también puede
constituirse en un grave defecto cuando linda con el afán dogmático.
Hay gente que hace cosas con absoluto desplacer nada más porque fue
enseñado a no abandonar la disciplina. Dejemos eso para los militares,
a quienes quizá en la disciplina les vaya la vida, pero no los imitemos
tratándose de libros.

Los
lectores disciplinados a ultranza son, por lo general, lectores
enfurecidos; que muchas veces leen cosas insípidas y tediosas, entre
imprecaciones y maldiciones, y que al término de su lectura se quejan
amargamente de haber perdido su tiempo, y detestan al autor que les
causó ese daño, pero nunca fueron capaces de arrojar el dicho libro al
cesto de la basura y pasar a otra cosa. Los lectores disciplinados a
ultranza son, por lo general, lectores resentidos, no pocos de ellos
pedantes y hoscos. Se les vuelve un problema de digestión: quién los
manda a comer cosas indigestas; quién los obliga a terminarse un
platillo que, a cada página, es decir a cada bocado, está lleno de
insatisfacción y de asco.

En cuestiones de lectura, como en cualquier otro asunto, hay que cuidar que el término necesidad
no pierda su propósito cordialmente asertivo y que, con obcecada
obstinación y un par de letras menos (una sílaba), se convierta en necedad.
El que es sincero en su placer y en su repugnancia no tendrá jamás este
problema. Se acercará a las cosas por gusto, y las disfrutará si las
encuentra gratas, y se alejará de ellas si le resultan desagradables.
Lo mismo pasa con los lectores respecto de los libros. Y no hay que
dejarse impresionar ni avasallar por los prestigios ni por los cánones.
Que al gran lector que es Harold Bloom le encanten los libros que dice
que le encantan, no quiere decir que todos nos tengamos que parecer a
Harold Bloom y emularlo en sus gustos y satisfacciones. No nos sintamos
cretinos o estúpidos porque un libro o un autor que llenan de éxtasis
al señor Bloom, a nosotros nos dejen fríos, o bien, por el contrario,
porque un libro o un autor que están fuera del canon nos entusiasmen.

Vivimos
una época de amenazas, represiones e imposiciones. No sumemos la
lectura (cuya esencia es la libertad y el placer, independientemente
del conocimiento que con ella se adquiere) a esos apremios
intimidantes. Se habla mucho de la necesidad de generalizar en la
población, nacional y mundial, la lectura de calidad (con toda la
subjetividad y el obvio relativismo que este término contiene según sea
quien lo dice), pero casi siempre con un afán de coerción que busca
imponer un deber en vez de trabajar en mecanismos imaginativos
vinculados al gusto y la libre elección, para despertar una necesidad
placentera. Si hacemos de la lectura un fundamentalismo, transformamos
un placer en una obligación insatisfactoria, dándole un signo
falsamente moral a una abstracción (la lectura) que se torna
hostigamiento y urgencia de religiosidad y catecismo. De tolerantes y
alegres promotores de la lectura nos convertimos en extraños talibanes
de signo contrario: en militantes de la imposición de leer, no porque
sea precisamente un acto feliz (que por supuesto puede serlo), sino
porque lo consideramos un acto “bueno”, una práctica “conveniente”, una
costumbre “recta” y todo lo que suene a cumplimiento y observancia de
mandato profético.

NI MODA NI DEBER

Hoy, en el mundo occidental al menos, el tema de la lectura ha desembocado, lamentablemente, en su vertiente programática del deber ser,
en una especie de “fundamentalismo democrático”, para decirlo con la
más que afortunada frase que utiliza Juan Luis Cebrián al referirse al
“carácter contradictorio, y hasta perverso, de algunos fenómenos de la
democracia moderna”; fenómenos, agregaríamos, que, aunque aleguen
laicismo, están íntimamente vinculados a la religión y, en no menor
grado, al mesianismo, al populismo, al autoritarismo políticos, es
decir al poder intelectual e ideológico que confiere la ascendencia y
aun la fuerza de la ilustración sobre la barbarie, en ese punto donde
se hace más que consciente –evidente e imperativo– que el poder
intelectual (por algo lo es) debe asumir una misión transformadora,
abiertamente afirmativa y positivista, para imponer los beneficios de
esa acción a la sociedad aun en contra de lo que puedan pensar, querer
o desear los potenciales beneficiarios. Salvarlos de su “falta de
razón” es una de las acciones más decididas de esta misión apostólica
que no puede verse a sí misma sino como benigna.

Como
bien lo ha señalado Hans Magnus Enzensberger, vivimos también una época
de modas y modelos que se han convertido en dogmas casi sagrados; un
tiempo en el que los charlatanes apocalípticos y los profetas
mesiánicos de la salvación (incluidos los evangelistas de la nueva
ciencia y las teotecnologías) ya no son capaces siquiera de distinguir
sus propias contradicciones; ésas que, con cada visión del futuro, nos
prometen inminentes catástrofes si no adoptamos ciertos modelos, pero
que siguen tan campantes, y despreocupados, mientras puedan vender el
humo de sus cabezas. Pero ya el escritor y sociólogo italiano Franco
Ferrarotti nos ha advertido, lúcidamente, que “dar prioridad al
discurso tecnológico, como es tan frecuente hoy desde los poderes
político, social, económico, educativo y cultural, carece de sentido
favorable para el mejor desarrollo humano y al mismo tiempo está lleno
de peligros, pues transforma los valores instrumentales en valores
finales y hace convivir progreso material con barbarie interior”.

Esto
mismo está sucediendo, en muchos aspectos, con el fenómeno del libro y
de la lectura. Por ello, deberíamos hacer un poco de caso al sabio
consejo del ensayista y promotor español Juan Mata: “Debes mantenerte a
salvo de la burocracia de numerosos profesionales del libro
(permanentemente quejosos, incansablemente irritados), del prosaísmo de
tantos expertos en las claves de la lectura (a los que, sin embargo,
resulta difícil descubrirles una palabra de emoción, un suspiro, una
pizca de júbilo), de la algarabía de los animosos apologistas de la
lectura que recorren las escuelas, los institutos y las bibliotecas
(cuya liviandad e irreflexión hacen que la lectura parezca un pueril
pasatiempo) y de la desgana de demasiados pedagogos (que han hecho de
los libros una materia hosca y extenuante)”. En otras palabras, tener
cuidado con todos aquellos que han hecho del libro y de la lectura no
su alegría sino su “tema”, su “patrimonio intelectual” (para dar clases
aburridas y escribir otros libros, igualmente aburridos y soporíferos)
o su derecho de marca, puesto que son expertos y especialistas en
asuntos que, según dejan saber, sólo ellos verdaderamente comprenden.

Copiar
e imitar modelos sin conocer nuestra propia realidad es una de las
mayores insensateces en cualquier terreno, pero muy especialmente en
los ámbitos de la cultura, incluido el que tiene que ver con el libro,
por más que, en sus Aforismos sobre el arte de saber vivir,
Arthur Schopenhauer nos haya dicho la siguiente meridiana verdad: “No
debe tomarse a nadie como modelo de lo que uno hace o deja de hacer,
pues la situación, las circunstancias, las relaciones, no son nunca las
mismas para todos, y también porque la diferencia de los caracteres
otorga a las cosas rasgos muy diferentes; de ahí que Duo cum faciunt idem, non est idem.” O, dicho en buen cristiano: “cuando dos hacen lo mismo, nunca es lo mismo”.

GOZO X OBLIGACIÓN = HASTÍO

Para
quienes viven este mundo con una mentalidad tecnocrática y
autosatisfecha hay un desdén absoluto por lo que no conocen, y no creen
en nada que no tenga que ver con sus manuales teoréticos; no les
importa saber cómo es la realidad; su utopía es que la realidad, sea
cual fuere, se adapte y se acomode a sus teorías. Pero quien ignora la
realidad, lo ignora todo, por mucho que frecuente las hipótesis. No
basta con leer en los libros; hay que leer en la realidad. Y, como
dijera Fernando Savater, el verdadero afán liberador de la lectura es
leer para reflexionar y entender mejor lo que somos, no quedarnos en la
superficie de la letra impresa que es letra muerta mientras no
integremos la experiencia de leer al mundo que nos circunda, siempre
imperfecto, siempre sorpresivo y cambiante, pleno de espontaneidad y
voluntad, resistente a la coacción y a la infalibilidad, como la vida
misma.

La
lectura de libros como un hábito, como una costumbre cotidiana y
saludable para todos, en todo el mundo, es una noble utopía o un
generoso equívoco producto del optimismo. Como toda utopía, transita
por un camino de buena intención empedrado de no pocos equívocos. Es
como la utopía de que todos seamos ricos, buenos, sensibles,
inteligentes, sensatos, solidarios, probos, etcétera, en una búsqueda
del bien absoluto, de lo positivo social, económico, filosófico y
moral. Pero leer libros –lo hemos dicho también en otras páginas– aun
en el caso de que siempre fuese una costumbre positiva, no
le interesa a todo el mundo, y es esto lo que no se atreven a decir y a
reconocer las instancias que masifican, con misticismo laico, las
campañas y programas de lectura que, a cada momento, abonan esa utopía
que de ser ecuménica se torna política.

La
equidad no debería tender a que todos seamos iguales (en una
uniformidad imposible que se supone benéfica y que, por lo mismo,
tiende a la imposición), sino a que todos tengamos las mismas
oportunidades y que luego cada quien decida qué es lo que más desea
hacer: incluso no leer, o bien no leer de acuerdo con los cánones y los
índices (también canónicos) que tanto nos atormentan. Los gobiernos de
todo signo ideológico prometen cualquier tipo de utopía aun a sabiendas
de que, por definición, las utopías son irrealizables. Las “mayorías”,
el “pueblo”, la “masa” y todas esas abstracciones que justifican los
discursos de los políticos, fluyen y ascienden, indefectiblemente, en
la cima de las estadísticas. Por eso no le faltaba razón a Jean
Baudrillard, cuando en su libro A la sombra de las mayorías silenciosas,
expresa que “todo el montón confuso de lo social gira en torno a ese
referente esponjoso, a esa realidad opaca y translúcida a la vez, a esa
nada: las masas”, y que “esa bola de cristal de las estadísticas, está
‘atravesada por corrientes y flujos’, a imagen de la materia y de los
elementos naturales y es así al menos como nos las representan”.
Monsiváis añadiría: “Ahora, y no sólo entre políticos, las frases que
dan relieve a discursos y conversaciones ya no provienen de la
intención metafórica sino de las encuestas y las estadísticas. […]
Los números no son poéticos pero su retórica se impone al ser objetos
de la religiosidad contemporánea.”

Los
discursos sobre la lectura de libros y la lectura en general deberían
excluir, sensatamente, esta declaración utópica e ideológica que está
estrechamente vinculada no sólo al valor positivo de la formación
clásica, sino también, hoy al menos, al sesgo demagógico del poder
político. Leer no es una religión, por más que lo parezca cuando el
hecho de repartir libros tenga la apariencia de distribuir hostias en
una suerte de eucaristía extrañamente “laica”. Casi nadie plantea que
todos seamos afectos consuetudinarios al futbol y, sin embargo, el
futbol, sin campañas similares a las de la lectura, es casi una
religión planetaria.

Por
lo demás, las libertades del lector y las del no lector deben estar
fuera de toda duda. Son irrenunciables, democráticamente, humanamente,
más allá de ideales ilustrados asumidos como dogmas. Enzensberger
vuelve a tener razón cuando advierte que nadie puede arrebatar al
lector la libertad de darle a un libro el uso que, soberanamente, le
venga en gana, incluida por supuesto la facultad de deshacerse de él si
así le place.

Leer,
sin imperativos, debe plantearse con sensatez y con realismo y no con
esas veleidades coercitivas y desaforadas que quieren hacer del placer
de leer una funesta obligación universal. Leer atados al potro del
deber es una de las estrategias más disparatadas que se puedan imaginar
para promover y fomentar la lectura; en otras palabras, transformar un
gozo en una obligación a lo único que nos puede conducir es al hastío
y, muy probablemente, a la frigidez. Desafortunadamente, casi todos los
discursos modernos y contemporáneos sobre la lectura, en sus vertientes
programáticas gubernamentales, en casi todo el mundo, tienden a lo
mismo, con el agravante institucional de la obvia e indispensable
necesidad (y necedad) de establecer y medir indicadores equívocos,
pues, para justificar la inversión y los presupuestos económicos en
cultura, hacen cuantitativo lo cualitativo y convierten los índices de
lectura en una superstición científica. Resulta obvio que cuando se
trata de hacer, a toda costa, palpable lo intangible, alguna que otra
aberración se puede cometer.

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